(Ilustración: Giovanni Tazza)
(Ilustración: Giovanni Tazza)
Alexander Huerta-Mercado

Antropólogo, PUCP

La última vez que compartí oficina en la Universidad Católica lo hice con Martín Benavides, al que recordaba como un destacado estudiante de sociología y cuyas investigaciones giraban en torno a la educación, los jóvenes, el racismo y la infancia. También recordaba haberlo visto como un audaz arquero del equipo de los sociólogos.
Pero sobre todo recordaba que, en los difíciles años 90, cuando con mucha pasión Aldo Panfichi había promovido desde la sociología la necesidad de comprender el deporte como uno de los ángulos para entender la , Martín se había volcado al desafío de entender cómo una parte del entorno institucional de un popular equipo de fútbol había construido una tradición en torno a la idea de “familia” y cómo esta complicidad generaba una serie de relaciones que vinculaban a distintos grupos sociales en torno a ideales vinculados a la hermandad, el barrio y la historia común. Hoy les comparto a mis alumnos en clases esta perspectiva y, entre todos, la comparamos con otros aspectos de la sociedad peruana donde, en mayor o menor medida, las relaciones de “familia” o “amistad” interactúan con las relaciones laborales formales. En algunos casos, esta interacción se desarrolla con un éxito inusitado cuando, por ejemplo, promueve acciones emprendedoras como las de las empresas familiares o, en el otro lado, puede desembocar también en resultados desastrosos, como cuando impone cadenas de favores o una hermandad mafiosa dentro del Estado, como las que se instalaron dentro de nuestro Poder Judicial recientemente.

Cuando Martín llegó a la oficina, yo venía asesorando a un grupo de estudiantes que corrían contra el tiempo para terminar sus tesis de licenciatura, y que conformaban algo parecido a una hermandad. Cuando Martín no estaba, ocupábamos su espacio, por lo que era frecuente que entrara y nos encontrase tomando toda la oficina, hasta su escritorio, al más puro modo de una invasión. En más de una ocasión, él me comentaba con una sonrisa amable que no tenía problema en que trabajáramos en su escritorio mientras no estaba, pero que, por favor, no usáramos su computadora (creíamos que nunca nos descubriría) y no dejásemos restos de comida (felizmente me lo decía sonriendo). Fue una invitación a ser más formales y a darnos cuenta de que la era un proceso en el que caíamos alegre y frecuentemente, sin cuestionarnos y, peor aun, sin darnos cuenta de las consecuencias.

Con el tiempo, dejamos de verlo en la oficina y lo comenzamos a ver en la televisión como superintendente de la Sunedu. Pensé entonces que, además de estudiar y enseñar la realidad social peruana, él había decidido intervenir en ella, comprándose el problema y juntándose con un grupo audaz que trataba de enfrentarse contra nuestro terco desorden institucional. Las decisiones difíciles que ha tomado deben de haberle costado mucho, pero lo veo siempre conciliando y dialogando, proponiendo soluciones y pacificando el panorama, y también –cómo no– ganándose pleitos y enemistades.

A lo lejos, lo veo como el sociólogo que se reencontró con lo que siempre había estudiado: la informalidad campeante en una sociedad que se hace llamar moderna, donde se supone que estábamos insertos dentro de estructuras formales, organizadas, sostenibles y reglamentadas, pero que, en realidad, se halla salpicada de relaciones fraternales de parentesco y de amistad que, en lugar de construir una sociedad cálida y fraterna, provocan un cortocircuito de , que lentifica procesos, genera descontento y atrasa el desarrollo. Los mismos problemas que vemos en el día a día en sectores como salud los veía Martín en la informalidad de muchas universidades locales y, de alguna u otra forma, también en su compañero antropólogo invasor de oficina que sembraba el caos en su espacio.

Desde la antropología, recuerdo haber descubierto, bajo la guía del maestro Juan Ossio, cómo las sociedades se estructuran en torno al parentesco y cómo el ser humano había ideado reglas de alianza a través de figuras –por ejemplo, el matrimonio– o de descendencia que garantizaran el traspaso de tierras a la siguiente generación y el cuidado de niños y ancianos. El parentesco como sistema es tan matemáticamente eficiente que, en el caso de las culturas andinas, ha sobrevivido a la conquista y se ha adaptado a nuevas formas foráneas de relaciones, absorbiendo figuras como el compadrazgo y la elección de padrinos. Sin embargo, algo gracioso ha pasado en nuestro camino a la modernización. En un sistema estatal de legitimidad democrática, donde los puestos se consiguen por concurso y mérito y donde los parentescos –en teoría– deberían limitarse al plano doméstico, el protagonismo público de las relaciones de amistad y compadrazgo parece seguir vigente. A su vez, se generan relaciones informales que banalizan cualquier tipo de control y que permiten la convivencia permanente de un sistema formal con constantes terminaciones informales que generan tensiones laborales, desaniman postulaciones, inciden en la calidad de los servicios y se asientan como una cultura de la llamada argolla y de los ‘hermanitos’.

Si la Revolución Francesa convirtió a Occidente en un conjunto de individuos, en esta parte del mundo todavía nos resistimos a dejar la comunidad y a individualizarnos. En el Perú, resulta difícil sustraerse del grupo. Así, lo que tradicionalmente debería ser un valor, en una lógica moderna deviene corrupción. Creo que deberíamos mantener nuestro espíritu de cuerpo para nuestra solidaridad y nuestro amor incondicional, pero no para el organigrama público y privado.

Nos hemos mudado de edificio en la universidad y, mientras escribo estas líneas, ya no comparto oficina con Martín. Sin embargo, extraño mucho lo que aprendí de él, principalmente en el valor de ser más formal, puesto que la informalidad, pese a su encanto y fluidez, genera varios conflictos al no permitir el flujo de los sistemas. No creo que la formalidad nos haga perder la calidez, tal y como veo que no la han perdido aquellos que hemos visto decididos a comprarse el pleito y afrontar los problemas, poniendo orden en la casa, desde la política, el sistema de justicia, el deporte o, como Martín y sus compañeros de batalla, la educación universitaria.