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La mejor esperanza, por Gonzalo Portocarrero

“El nuevo Perú, formado por las migraciones, no ha hecho suya la sensación de impotencia y baja autoestima”.

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“Esta disposición ha sido muy bien captada por el presidente Vizcarra y representa, eso creo, nuestra mejor esperanza”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

La esperanza, decía el filósofo judío-luso-holandés Baruch Spinoza, es uno de esos estados de ánimo volubles que proviene de la sensación de que algo bueno va a pasar. Entonces, la esperanza se alterna con el miedo a que nuestra ilusión no se realice. Cuando el miedo desaparece la esperanza se convierte en un sentimiento de seguridad en torno a que ocurrirá lo deseado. En cambio, si se desvanece la esperanza, lo que queda es la sensación de un inminente desastre que se materializará en poco tiempo, aunque no sepamos exactamente cuándo. El optimista vive bajo la expectativa de que su esperanza se convierta en realidad. Y el pesimista siente que el desastre, temido y añorado, está por alcanzarlo. Con esta última afirmación, que el infortunio puede ser temido y añorado a la vez, salimos del marco de Spinoza, pues estamos incorporando el tema de la ambigüedad. Sí se puede sentir, al mismo tiempo, temor por el mal que viene pero deseos por que ocurra de una vez, como si quisiéramos saldar una deuda que nos agobia.

En nuestra historia hemos tenido de todo. Quizá el ejemplo más destacado de un pensador optimista sea José Faustino Sánchez Carrión, quien, en los albores de la emancipación, no se cansó de predicar que el Perú debería ser una república, pues cualquier otro régimen nos llevaría de vuelta a algún tipo de coloniaje. En el Perú, solía decir, competimos en servilismo, en ser relleno de algún estómago real. Con el predominio de esta mentalidad resulta imposible defendernos, “el fusil se nos cae de las manos”, de manera que la resistencia tiende a ser dispersa e indecisa. Por lo resuelto de sus opiniones Sánchez Carrión se ganó el odio de muchos en el mundo criollo, gente que no quería arriesgar, que trataba de jugar a ganador. O gente que, temerosa de las sublevaciones indígenas, no creyeran viable una autonomía criolla, pues no sería más que un breve intervalo en el camino hacia, horror de horrores, un despotismo indígena en la línea de lo intentado por Túpac Amaru. Sea como fuere, el Perú logró su independencia, y el pesimismo de los intelectuales criollos fue cediendo el paso a la ambición de poder de los caudillos militares. Se instaló en las mentalidades colectivas la idea –optimista– de que el Perú era un país irredento que aguardaba su configuración definitiva de manos de algún caudillo excepcional. Pero también influyó mucho el pesimismo de las élites criollas que no veían forma de salir del laberinto de las guerras civiles entre los caudillos militares.

Mucho de la opinión pública limeña pensó que el conflicto con Chile era inevitable, pero que podría ganarse por ser el Perú un país mucho más grande. Este buen ánimo comenzó a decaer con la pérdida del Huáscar y las derrotas sucesivas en el sur del Perú. Pese a todo, sin embargo, el Perú no se rindió y continuó luchando contra las tropas chilenas en las batallas de Chorrillos y Miraflores. Y luego la resistencia se prolongó en la sierra central, con la llamada Campaña de la Breña, encabezada por Cáceres. Pese a estos esfuerzos el Perú tuvo que capitular, instaurándose en el país un ánimo pesimista y un temple autoritario. La reconstrucción solo podía provenir del orden social, la disciplina y la inversión extranjera, decía el presidente Cáceres en 1888.

Sea como fuere, la asociación entre el autoritarismo y el ánimo pesimista ha sido una realidad que se proyectó en la idea de un país que difícilmente podía liberarse de sus fracasos y que estaba llamado a ser muy poca cosa por la presencia abrumadora de la sangre y cultura indígena tan mayoritarias en nuestro país. Seríamos solo una nación de segunda clase, un país “jodido”, avergonzado de sí mismo.

Todo esto ha comenzado a revertirse. El nuevo Perú, formado por las migraciones, no ha hecho suya la sensación de impotencia y baja autoestima, que tanto marcó a nuestro país. Y aunque el deseo ferviente de progreso pueda asociarse con la transgresión como ocurre con el fujimorismo, no deja de haber un sano realismo en el pueblo peruano que lo lleva a sentir que la lucha contra la corrupción, y por la democracia, es el único camino para salir adelante. Esta disposición ha sido muy bien captada por el presidente Vizcarra y representa, eso creo, nuestra mejor esperanza.

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