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La metamorfosis de la desigualdad bajo la República, por Carlos Contreras Carranza

“Los negros siguieron siendo esclavos hasta 1854, y los indios no pudieron votar en las elecciones hasta casi el día de ayer: 1979”.

Carlos Contreras Carranza Historiador y profesor de la PUCP

La metamorfosis de la desigualdad bajo la República

"Cuando nació la república existían diversas clases de desigualdad entre los peruanos". (Ilustración: Rolando Pinillos)

Igualdad fue una de las promesas de la vida republicana en la hora de la independencia. Dos siglos atrás la tarea en este campo era inmensa, y probablemente fue la constatación y el sufrimiento de esa enorme desigualdad lo que lanzó a muchos, aunque fuese en la penúltima hora, a la lucha por algo que sonaba bonito, como la palabra ‘libertad’. Soñaban que, bajo un régimen republicano libre del imperio borbón, podría conquistarse alguna igualdad. ¿Pecaron de ingenuos? Ad portas del bicentenario, ¿fue la independencia, para la mayor parte, una cruda estafa, como alguna vez declaró amargamente el historiador Pablo Macera?

Cuando nació la república existían diversas clases de desigualdad entre los peruanos. Eran de tal calibre que, para referirse a la población, rara vez se hablaba de “peruanos”, o para el caso, de arequipeños, trujillanos o tarmeños. Se hablaba de “indios”, “negros” o “españoles”, al punto que en uno de sus primeros decretos el general San Martín exhortó a las autoridades a desterrar los términos de indios o indígenas y a usar el de peruanos, para aludir a esta clase. Mi abuela paterna aparece en su partida de bautizo, registrada en Arequipa en las postrimerías del siglo XIX, como de “raza peruana”; una muestra de que casi un siglo después la recomendación de nuestro libertador seguía siendo aplicada, nunca mejor dicho, al pie de la letra. Y es que según el color o, como se decía por entonces, la raza de las personas, se desprendían sus derechos políticos, sus posibilidades sociales y sus facultades económicas.

A lo largo de la historia de la república, dicha situación fue cambiando al ritmo con el que las mulas ascendían con su carga a cuestas por la empinada cordillera. Los negros siguieron siendo esclavos hasta 1854, y los indios no pudieron votar en las elecciones hasta casi el día de ayer: 1979 (cierto que no por indios, sino por analfabetos). Concedamos que no era fácil para una sociedad erigida sobre el principio ordenador de las jerarquías raciales hacer una transición rápida a un orden nuevo, en el que la población se clasificase de una forma distinta. Pero ese fue el reto de 1821.

En esto de las diferencias entre la población, suele suceder que la igualdad que se conquista en el ámbito legal resulta “compensada” con una mayor desigualdad en el de las relaciones sociales reales. El noble francés Alexis de Tocqueville resaltaba, por ejemplo, en su descripción de Estados Unidos del siglo XIX, que en aquellos estados donde las leyes eran duras contra los esclavos negros, las costumbres de la sociedad con ellos se dulcificaban, mientras que en los estados donde las leyes eran laxas, el trato cotidiano se endurecía. Algo de esto ocurrió en el Perú. Conforme avanzó la vida republicana, indios, negros y mestizos fueron conquistando posiciones que antes les estuvieron vedadas. En el siglo XIX fue el caso de la milicia (donde la apertura ocurrió incluso antes, bajo los Borbones), los empleos públicos, los puestos de autoridades locales y las dignidades eclesiásticas de más bajo rango. En el siglo XX, siempre de manera lenta y progresiva, vino el turno de la escuela, la judicatura, el colegio, la universidad, los cargos congresales y las embajadas. No han llegado todavía a alcanzar la proporción que les correspondería en virtud de su peso demográfico, además de que en esa ascensión al mundo que antes fue monopolio de los hombres blancos, la vieja élite los recibió con recelo, presta a denunciar sus manos largas con los negocios.

La desigualdad que, por compensación, se cobró la vindicta fue la de tipo territorial. La independencia coincidió con la apertura de las economías al comercio, de modo que conforme avanzó el siglo XIX una parte cada vez mayor de la riqueza producida en el mundo dejó de ser consumida por sus productores, para pasar a ser intercambiada con pueblos ubicados en otros países y, a menudo, en otros continentes. Las posibilidades de integrarse a este movimiento dependieron mucho de la geografía y de las vías de comunicación. Los pueblos de lo que pasó a llamarse “el interior” quedaron fatalmente aislados, y tanto más si los gobiernos no invirtieron en redes de telegrafía, ferrocarriles, canalización de ríos y apertura de caminos que redujeran la distancia a los mercados.

La desigualdad dejó de tener un signo racial para adoptar uno geográfico y residencial. Tu fuerza política, tu respetabilidad social y tus facultades económicas ya no dependen tanto de tu color, como de si vives en la capital de la república, alguna otra ciudad del interior o en un remoto caserío del más allá. Hasta cierto punto se trata de un fenómeno universal, acentuado en el Perú por lo accidentado de la geografía y la herencia de discriminación racial del pasado. Más que de reducción de la desigualdad, tendríamos que hablar, por ello, de su metamorfosis a lo largo de la historia de la república.

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