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Mi familia y Trump, por Javier Díaz-Albertini

“Donald Trump ha logrado personalizar las posiciones políticas, algo que siempre ocurre cuando hay extremismo”.

Javier Díaz-Albertini Sociólogo y profesor de la Universidad de Lima

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"Tiene razón mi madre de 91 años de ponerle el mote de ‘Trompeta’, haciendo referencia a cuando este instrumento es mal tocado". (Ilustración: Víctor Aguilar)

Acabo de regresar de un viaje a Estados Unidos donde fui a visitar a una parte considerable de mis familiares (madre, hermanos, cuñados, primos, sobrinos, etc.). Hace varias décadas, el destino –léase crisis políticas y económicas– los llevó a emigrar y hacer sus vidas en el país del norte. Todos se casaron con estadounidenses y ahora manejan el inglés mejor que el castellano. En términos políticos e ideológicos, hay de todo en mi familia a lo largo y ancho del espectro, de izquierda a derecha, de conservador a libertario, de demócrata a republicano.

A diferencia de otras reuniones familiares del pasado, en las cuales siempre había momentos de acalorados debates y discusiones, esta vez noté un acuerdo implícito de no hablar mucho de cuestiones políticas. Y no era porque se hubieran alcanzado consensos o resuelto los asuntos que siempre encendían chispas y disputas. Por el contrario, al conversar por separado con algunos familiares observé que las divergencias seguían vigentes o habían aumentado en temas como la inmigración ilegal, la violencia y la posesión de armas, el aborto, la gratuidad de la enseñanza y de los servicios de salud, los gastos y el intervencionismo militar y el lobbismo de los grupos económicos. ¿Qué había cambiado entonces? Pues que ahora lo político está emponzoñado por la presencia del Donald.

Comencemos con un familiar que votó por Donald Trump. Uno de mis cuñados es orgulloso propietario de un pequeño arsenal de armas de fuego. Me mostró las pistolas y los rifles que guardaba en una gran caja fuerte, algunas de ellas con significado histórico o coleccionista. Varias veces me insistió en cuánto cuidado tenía al portar armas y cómo solo la utilizaba para el tiro al blanco. Un poco más tarde, esa misma mañana, ocurrió la matanza en el Walmart de El Paso, Texas, en el cual casi todas las 22 víctimas eran de origen hispano. El asesino –un supremacista blanco– repetía en un manifiesto publicado antes de la masacre algunas de las teorías de conspiración antiinmigración que tantas veces ha propagado irresponsablemente el actual presidente de Estados Unidos. Mi cuñado me comentó que se repetía la historia de un joven harto y desencantado (‘disenfranchised’) de clase media que no podía contener o canalizar su rabia. Yo le pregunté si el discurso de odio de Trump tenía importante efecto en la forma como se canalizaba la ira y frustración. Me respondió que su voto había sido anti-Clinton y que no iba a defender al actual mandatario.

Dos familiares que no votaron por Trump enfatizaron el grave daño que estaba infligiendo en el debate político por su renuencia a utilizar responsablemente el liderazgo más visible e importante de la nación. Me decían que era un hecho que el país siempre había tenido grupos extremistas de derecha y que estos habían aumentado su poder en los últimos años. Pero, históricamente, el jefe del Ejecutivo siempre mantenía una distancia prudente de estos movimientos. Ello servía, además, para consolidar la posición presidencial en el centro político, ubicación favorecida por la mayoría de los estadounidenses. Trump, en cambio, se ha apropiado de la derecha, resignificándola con su irresponsable extremismo. Por ejemplo, aquellos republicanos que no comulgan con sus posiciones maniqueas del mundo son acusados de ser RINO, acrónimo en inglés de “republicano solo de nombre”. Asimismo, con facilidad etiqueta a muchos de los demócratas como radicales, comportamiento que cierra el diálogo y alimenta la peor radicalidad posible: la del odio irracional.

Donald Trump ha logrado personalizar las posiciones políticas, algo que siempre ocurre cuando hay extremismo: “Estás con o en contra de mí”. Lástima que ocurra en momentos históricos en los cuales el diálogo es de suma urgencia e importancia. En el fondo, creo que mi familia ha optado dejar la discusión política para evitar hablar sobre el Donald. Como personas inteligentes y con educación superior, les da vergüenza ajena su verborrea y poses histriónicas. Tiene razón mi madre de 91 años de ponerle el mote de ‘Trompeta’, haciendo referencia a cuando este instrumento es mal tocado: es ruidoso y desagradable. Desafortunadamente, también es peligroso.

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