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La miel y el ácido, por Santiago Roncagliolo

“El grupo de candidatos que se medirán en la ceremonia de este domingo parece tan polarizado como una campaña electoral”.

Tazza

“¿Queremos que el arte endulce como la miel o corroa como el ácido?” (Ilustración: Giovanni Tazza)

La ceremonia de los Óscar que se celebra este domingo reeditará un debate que lleva siglos entre nosotros: ¿el arte debe gustarnos o provocarnos?

Ya en el siglo XIX, los impresionistas escandalizaron al pintar el mundo a su manera, en contra de la demanda del mercado. En el siglo XX, surrealistas se dividieron entre reflejar la realidad social o crear arte por el arte. Este mismo año, para la ceremonia de los premios Goya al cine español, los políticos de extrema derecha exigieron a sus guionistas más gestas guerreras del viejo imperio. En respuesta, una cineasta les recomendó a ellos ver más historias sobre gitanas lesbianas.

Y es que, ¿debe el creador complacer al público o incomodarlo? ¿Admiramos más el gran espectáculo que impresiona a nuestros sentidos o esa historia arriesgada y más difícil? ¿Queremos que el arte endulce como la miel o corroa como el ácido?

En casi un siglo de historia, el Óscar ha tendido más a la miel: superproducciones como “Chicago”, “Gladiator” o “Titanic” daban de vez en cuando paso a una sorpresa de cine independiente (“The Artist”) o a un asomo de denuncia (“Slumdog Millionaire”). Pero ese mundo está acabado. Uno de sus símbolos, Harvey Weinstein, enfrenta juicios por violación. El presidente de Estados Unidos es sospechoso de cosas peores. Y Hollywood se siente más combativo que nunca.

Sin embargo, el espíritu militante es cosa de artistas. A los contadores de los estudios no les hace tanta gracia. Y una parte de la industria, escandalizada ante tanto mexicano con Óscar, tiene ganas de recordar quién paga las facturas aquí.

Para complacer a esa parte, el año pasado la Academia propuso crear una categoría especial de películas populares. Un Óscar que puedan ganar los ‘Avengers’ y las comedias románticas de Jennifer Aniston. Al fin y al cabo, razonaban los departamentos de finanzas, ¿qué padre lleva a toda su familia a ver “Moonlight”? Previsiblemente, se produjo una polémica bastante brutal.

El debate amenazaba con convertir la gala en una pelea sobre el barro, y el polémico premio se canceló. O más bien, se modificó. Ahora el cine comercial, en vez de tener su propia categoría, va directamente a la de mejor película.

Y así hemos llegado a la que quizá sea la primera lista de nominados sin un solo largometraje de nazis, ese tema confortable que ponía de acuerdo a todo el mundo. Al contrario, el grupo de candidatos que se medirán en la ceremonia de este domingo parece tan polarizado como una campaña electoral. Por el sector conservador, “Bohemian Rapsody”, la película con la que lloramos porque nos sabemos todas las canciones. Y “La última canción”, melodrama con country y superestrellas. Por el sector radical, “Infiltrado en KKK”, con aparición estelar de Donald Trump, y “El vicio del poder”, un retrato nada complaciente del vicepresidente de George W. Bush.

Sin duda el discurso social va ganando: otras dos películas trataban la discriminación racial, “Roma” y “Green Book”, y quizá tres con “Black Panther”. Pero estas dos últimas también pueden ser vistas como variantes políticamente correctas de fórmulas comerciales probadas. Solo “La favorita” escapa a la polarización. Esa comedia histórica ácida, lésbica y rabiosamente irreverente, es el último vestigio del premio que a veces se entregaba a cintas poco comerciales simplemente porque eran bellas y originales.

El mundo se está volviendo blanco o negro: debemos escoger derecha o izquierda. Trump o Maduro. Bolsonaro o Lula. Y el cine no escapa a este proceso. A este paso, pronto tendremos que optar también entre block-busters de acción y realismo soviético, sin término medio.

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