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Minería: ¿lo pequeño es hermoso?
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En el año que comienza, la minería será uno de los ejes del debate en este sufrido país. El significado que ha cobrado en la economía y la política la minería informal e ilegal, y sobre todo la violencia y los abusos con que esta se desenvuelve, a falta de autoridad, ameritan que su tratamiento sea uno de los temas de discusión en los medios de prensa y los pódcasts de las redes. Si de veras queremos evitar una nueva prórroga del Reinfo, una de las primeras tareas de la nueva representación nacional tendría que ser la elaboración de la nueva ley de administración de la minería artesanal y de pequeña escala.
Expertos en el tema minero han adelantado ya que, aunque referida al sector de la minería comunal y de pequeña escala, la nueva ley terminará involucrando al conjunto de la minería. El nuestro es un país de tradición minera, por lo que cargamos una nutrida experiencia histórica en legislación y gobierno de la minería. Hemos operado con empresas grandes y pequeñas, nacionales y extranjeras, estatales y privadas. Hemos probado de todo.
El virreinato fue la época de la pequeña empresa. El Gobierno Español proclamó que toda la riqueza del subsuelo pertenecía al rey, pero que este concedería a sus vasallos el derecho de explotarla, siempre que tributasen a su hacienda una quinta parte de lo que extrajesen. Este tributo fue reducido desde 1736 a la mitad: a un 10%. Una rebaja audaz, que probó ser acertada, puesto que a partir de entonces la producción minera repuntó como nunca. Desde aquellos días, concesión del Estado y tributación al tesoro fueron en nuestros códigos las piezas maestras para el ordenamiento de a quién se permite el trabajo minero.
Los virreyes no querían tener al frente a grandes empresarios cuyo poder económico desafiase su autoridad. Con este propósito, y para facilitar ocupaciones para los colonos españoles que, al olor de la riqueza americana, comenzaban a llegar más de la cuenta, se limitó el tamaño de las pertenencias mineras, a la vez que el Estado controló el acceso a los insumos claves para la producción: mercurio, pólvora y trabajadores. La empresa minera promedio en vísperas de la independencia tenía solo 12 operarios y pocos de sus conductores podían pasar por acaudalados.
Después de la independencia, el Estado dejó de proveer los insumos a los mineros, bajo la idea de que esa mano invisible llamada mercado, de la que hablaban los economistas ingleses, haría el trabajo. Lo que no terminaba de suceder u ocurría a un ritmo demasiado lento. Por ello, tras la tragedia de la guerra del salitre, el nuevo Estado republicano, liberado de las pulsiones xenofóbicas del pasado, abrió nuestra minería a la inversión foránea. Vino así la era de la gran empresa extranjera, que traía su propio capital y tecnología. La gran empresa extranjera tenía sus cosas buenas: conseguía producciones enormes, que elevaban las exportaciones y permitían el comercio de retorno, que acercaba a los peruanos elementos de la modernidad, como libros, relojes, herramientas, modas. Construía ferrocarriles, centrales de energía y, cuando los gobiernos se lo proponían, pagaba impuestos. También daba buenos empleos, aunque pocos. Lo malo era que tendía a llevarse las ganancias a su país de origen y utilizaba tecnología que no compraba insumos nacionales.
En el último tercio del siglo pasado, vino el reemplazo de la gran empresa extranjera por la gran empresa estatal, de la que Petro-Perú es su última representante. Esta aspiraba a mantener todo lo bueno de la empresa extranjera, evitando la sangría de las ganancias hacia otras latitudes. Pero visto lo ocurrido con estas empresas, parece que el modelo no funcionó. Volvimos así al formato de la gran empresa privada. El desafío ahora, sin embargo, es cómo hacer para que esta conviva cooperativamente con los pequeños mineros artesanales en una coyuntura de precios desbocados, como el del oro.

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