Las encuestas revelan un dato inquietante: el sur peruano aún no ha elegido candidato. Pero el problema va más allá de la indecisión. En realidad, el país entero parece tener la cabeza en cualquier lugar menos en las elecciones. La campaña no seduce ni moviliza. Los punteros permanecen estancados en porcentajes raquíticos. Y no es porque falten nombres –la oferta es amplia–, sino porque ninguno ha logrado traducir su propuesta en una promesa política verosímil para el sur.
No se trata de ausencia de opciones: López Chau, Lescano, Sánchez, Atencio y otros están lejos de encarnar figuras capaces de condensar expectativas antisistema o de tensionar el orden existente. Frente a ellos, el electorado sureño parece esperar, casi con una docilidad estratégica: observa, mide, pero no se compromete.
Este votante ya no espera redenciones épicas ni refundaciones abstractas. Tampoco se reconoce en la retórica progresista urbana ni en el inmovilismo tecnocrático. Busca, más bien, a alguien que no tema proponer y que no recule ante la primera presión del establishment. El episodio de López Chau es ilustrativo. Bastó que se le acusara de querer “apropiarse” de las reservas para que retrocediera rápidamente, confirmando que en el Perú el consenso macroeconómico sigue siendo prácticamente intocable. Humala solo reculó para ganar la segunda vuelta, avalado por Vargas Llosa; no antes. A muchos candidatos se les olvida que, para ganar una elección, primero hay que llegar a la segunda vuelta.
La ausencia de un candidato competitivo en el sur no es un accidente. Este electorado ha perdido la confianza en que las elecciones puedan cambiar efectivamente su vida. Eligieron a Humala y luego a Castillo, pero ninguno de esos gobiernos logró transformar de manera sustantiva la relación entre el Estado y el ciudadano.
Pese a ello, una parte de la izquierda asume que esos votos le pertenecerán por inercia y trata de replicar territorialmente la fórmula de Castillo. Es la falacia de creer que el sur “es de izquierda”, olvidando trayectorias políticas diversas: desde el Frenatraca y la Democracia Cristiana hasta el apoyo a PPK. El sur no vota por etiquetas, vota por promesas creíbles de reconocimiento y cambio.
Tal vez, entonces, la desconexión electoral del sur sea el síntoma de algo más grave. Aquí conviene recordar la advertencia de Adam Przeworski: la democracia empieza a degradarse no cuando se pierden elecciones, sino cuando las elecciones dejan de importar. Cuando el ciudadano percibe que el resultado no altera trayectorias, no corrige abusos ni modifica su relación con el Estado, el voto pierde sentido práctico. En ese punto, la creencia en la democracia comienza a erosionarse.
Eso es lo que empieza a emerger en el sur. Que gane quien gane, la experiencia cotidiana seguirá siendo la misma. En ese contexto, la indecisión no es apatía, sino es el síntoma de un país en modo desafección. El problema no es solo que el elector sureño no haya encontrado candidato, sino que el sistema político no ha sido capaz de producir uno que importe.
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