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Mujeres tras las rejas, por Daniela Meneses

“La CIDH, en su informe sobre la prisión preventiva publicado en el 2017, ha sido clara en alertar que en general las mujeres que están en la cárcel se encuentran en una situación especial de riesgo”.

Daniela Meneses Periodista y abogada

Prisión preventiva

“Hagamos, pues, el ejercicio de siempre recordar que diferentes medidas, en este caso la prisión, no afectan igual a mujeres y a hombres”. 

Desde hace un tiempo, y ahora que políticos y empresarios de alto perfil se están viendo afectados por ella, la aplicación de la prisión preventiva está bajo los reflectores. Más allá de las cuestionables intenciones de algunos de los críticos, lo cierto es que vale la pena utilizar este momento para poner nuestra atención en un grupo específico de afectados que suelen ser olvidados: las mujeres. La CIDH, en su informe sobre la prisión preventiva publicado en el 2017, ha sido clara en alertar que en general las mujeres que están en la cárcel se encuentran en una situación especial de riesgo.

Hay una explicación (aunque no una justificación) para que se piense en general en hombres cuando hablamos de población penitenciaria: son la gran mayoría. Según cifras de “The Economist” en un artículo del 2017, menos del 10% de presos en el mundo son mujeres. En Latinoamérica la cifra es más pequeña aun: 5%. Y en el Perú es de poco menos de 6%; es decir, alrededor de 5.000 personas. Según la ONU, los sistemas penitenciarios han sido, pues, históricamente diseñados para los hombres: “Desde la arquitectura de las prisiones, los procedimientos de seguridad, las instalaciones para la salud, el contacto familiar, el trabajo y el entrenamiento”. Con eso en mente es que en el 2010 la Asamblea General suscribió las reglas de Bangkok, una normativa para atender las necesidades especiales de las mujeres en la cárcel.

Un artículo publicado por la coordinadora del área de seguridad ciudadana y justicia del Banco Interamericano de Desarrollo, Nathalie Alvarado, presenta varias características de las mujeres encarceladas en nuestra región, que incluyen que ellas suelen haber sido apresadas por delitos menores (relacionados con las drogas o el robo, por ejemplo) y que es más probable que estén en prisión sin condena (70% están en la cárcel bajo esta figura, cuando 40% es la cifra de presos sin condena en general). Lo que más las distingue, sin embargo, está relacionado con la biología: ellas tienen otras necesidades de salud (por ejemplo, necesitan un ginecólogo) y muchas veces son madres (más de 7 de cada 10 presas en la región tienen hijos).

En esa línea, en su informe sobre prisión preventiva, la CIDH ha advertido que a lo que se enfrentan las mujeres recluidas en prisiones es a vivir en una infraestructura inadecuada, donde probablemente no cuentan con tratamiento médico específico para su género, y donde corren el riesgo de ser sometidas a abuso sexual por parte del personal penitenciario. Enfocándose también en los niños, ha señalado que solo alrededor del 10% se queda a cargo de su padre cuando su madre va a prisión. En cambio, cuando es el padre quien está en la cárcel los niños suelen seguir bajo el cuidado de la madre.

¿Cuál es la situación de las mujeres en prisión en el Perú? La buena noticia es que contamos con información relativamente reciente; la no tan buena es la que esta nos revela. En diciembre del año pasado, la Defensoría del Pueblo publicó un informe con los resultados de la supervisión de 54 de los 69 establecimientos penitenciarios en el país. Sostuvo en ese documento que las necesidades de las mujeres han sido usualmente invisibilizadas, “lo que ha generado la vulneración de sus distintos derechos fundamentales”.

¿Qué problemas en concreto destaca la defensoría? Primero, que exceptuando un caso, las cárceles no cuentan con personal médico para tratar temas específicos de las mujeres (como ginecólogos y obstetras), por lo que los controles periódicos de las mujeres embarazadas se realizan en centros externos, “lo que las obliga a someterse a trámites engorrosos”. En términos de los niños que viven en las prisiones, también encontró que no existen condiciones adecuadas de alojamiento: hay deficientes ambientes de recreo, no suele haber espacios diferenciados para dormir y ningún penal tiene un pediatra. Por otro lado, las mujeres no tienen las mismas posibilidades de estudiar y trabajar (y los talleres laborales suelen orientarse a una visión estereotipada del rol de la mujer en la sociedad). Finalmente, en la práctica es más difícil para las mujeres acceder a las visitas íntimas. Esto, que tendría que ver con la idea de que hay que prevenir embarazos, transgrede “sus derechos sexuales y reproductivos, el libre desarrollo de la personalidad, la no discriminación, entre otros derechos fundamentales”.

Hagamos, pues, el ejercicio de siempre recordar que diferentes medidas, en este caso la prisión, no afectan igual a mujeres y a hombres.

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