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Neymar y las humanidades, por Luis Millones

“Luego de perder un año en mi vano intento futbolístico, declaré que no estudiaría Derecho ni Medicina, sino algo que sonaba vago e impreciso, y por supuesto sin porvenir: humanidades”.

Luis Millones Antropólogo

Neymar

(Ilustración: Giovanni Tazza)

"El pase de Neymar del Barcelona al PSG, que ha exasperado a los catalanes y que costará 222 millones de euros, está haciendo pensar al delantero cómo invertir los millones que ganará". (Ilustración: Giovanni Tazza)

Siendo muy joven intenté ser futbolista profesional. Había nacido el mismo año que Edson Arantes do Nascimento, el más grande jugador de mi tiempo, cuyo apelativo ‘Pelé’ era bastante conocido cuando a los 18 años ya integraba la selección más poderosa del mundo. En mis sueños veía la imagen del Volkswagen que le habían regalado, entre miles de otros premios, aun cuando a su edad, en esa época, no podía obtener el permiso para conducirlo.

Fracasé, a pesar de que alcancé a probarme en un equipo profesional. Luego de perder un año en mi vano intento futbolístico, y ante el desprecio de mi padre, declaré que no estudiaría Derecho ni Medicina, sino algo que sonaba vago e impreciso y, por supuesto, sin porvenir: humanidades.

Tras leer las noticias de los últimos días, debo concluir que mi viejo tenía razón. El pase de Neymar del Barcelona al PSG, que ha exasperado a los catalanes y que costará 222 millones de euros solo para cubrir la cláusula de rescisión, está haciendo pensar al delantero (o mejor dicho a su representante) cómo invertir los millones que ganará con el cambio de equipo, antes de que arruine sus capacidades por la edad o por una vida desarreglada.

En realidad, no tendríamos que ir muy lejos. Los jugadores extranjeros que llegan al Perú, así como los titulares de nuestra Primera profesional, tienen sueldos impensables para un profesor universitario, por más que algunos ya sean futbolistas tan gastados en el oficio que difícilmente conseguirían un salario decoroso en su país de origen (ni ahora, ni mucho antes, cuando se ilusionaban con ser exportados a Europa).

Que el juego de contratos y pases en Europa tiene características de corrupción es sabido. El presidente de la Federación Española de Fútbol dejó el mes pasado su cargo tras haber sido detenido con serias acusaciones, lo que nos da una pauta de que estos negocios tampoco son muy transparentes.

Volvamos a las humanidades. Los cursos que podría haber enseñado, luego de acabar los ahora casi inexistentes Estudios Generales, no solo son escasos en la universidad peruana, sino que van desapareciendo desde los años escolares: filosofía, literatura, historia, etc. No es ninguna noticia que para los organismos que rigen la educación son innecesarios. En muchos casos, estos cursos se encuentran subsumidos por algo que se llama ‘comunicaciones’, que resulta imposible de describir en su contenido concreto.

No es este ningún reclamo en busca de volver al pasado. Es el resultado de mi experiencia cotidiana dando clases o conferencias en universidades limeñas. Si menciono a cualquier clásico literario (Miguel de Cervantes, Dante Alighieri, etc.), histórico (Garcilaso de la Vega, Bartolomé de las Casas, etc.) o filosófico (Aristóteles, Platón, etc.), lo que recibo de mi sorprendida audiencia son miradas de extrañeza o alguna respuesta disparatada. Es una prueba más, que se repite a la mención de autores modernos como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa o José María Arguedas. Para los estudiantes solo son nombres que alguna vez escucharon, sin que nadie les dijese por qué se les mencionaba.

Algo está muy mal en los planes de estudio, porque la debilidad de la educación universitaria nace de una pobre educación primaria y secundaria. Sé por muchos de mis ex alumnos, que ahora son docentes, sobre la insistencia participativa y el equipo pedagógico que existe en algunos colegios, pero son siderales las distancias económicas que separan a las instituciones que pueden insistir en esos temas de las muchas más que no pueden hacerlo.

Por encima de eso, es el contenido de las materias lo que las nivela en deficiencia. He escuchado el descontento de los profesores, que ahora transmito, pensando en las incertidumbres y reflexiones que despertaron las Fiestas Patrias. ¿Cómo aferrarse a un patriotismo ciego sin reflexionar que la dirigencia y oficiales de las tropas “liberadoras” eran en su mayoría argentinos y chilenos en un primer momento y colombianos y venezolanos en la fase final? ¿Vale la pena conversar sobre eso con los estudiantes? ¿No es verdad que la frase “por la voluntad general de los pueblos” suena algo irreal si pensamos en las poblaciones indígenas que en 1821 eran más numerosas que los españoles y sus descendientes que poblaban el país?

¿No es extraño que en 1810 Argentina y México proclamaran su independencia mientras que en 1811 en Lircay (Huancavelica) un líder mesiánico conocido como Illapa o Santiago Apóstol, que nunca fue capturado, anunciaba el fin de los colonizadores, el regreso del bienestar indígena y la impotencia del virrey para detenerlo?

Algo habrá que hacer con la educación y la cultura. Y no me refiero a los magros premios que otorgan las entidades públicas o privadas, o las Palmas Magisteriales, con esos S/1.500 mensuales que harían reír a un suplente del Sport Boys, que ahora juega en Segunda División.
Por lo demás, aun siendo un aficionado irreductible, no puedo dejar de recordarle a mis lectores que el “equipo de todos los peruanos”, habiendo obtenido malos resultados en la mayoría de partidos preliminares, no podrá clasificarse para el campeonato mundial que se avecina (situación que se repite desde hace muchos años). Y que las esperanzas de que el actual entrenador lleve a nuestra oncena a ese torneo son ya una apuesta imposible, que todavía se apoya en jugadores acabados y en jóvenes que empiezan. En todo caso, el técnico de la selección ha tenido la oportunidad de viajar por Europa y gozar de un sueldo y prestigio imposibles de obtener leyendo, investigando o enseñando humanidades.

Quizá mi padre tenía razón, me equivoqué en la carrera profesional que debí seguir. Pero al menos tengo un maltratado Volkswagen, que tardíamente puedo comparar con el que recibió Pelé a los 18 años.

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