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Escudos humanos, por Elda Cantú

“Bien harían líderes religiosos en otras partes del continente en arriesgar sus privilegios para proteger y defender a quienes sufren de abuso, maltrato e injusticia”.

Elda Cantú Internacionalista y periodista

Nicaragua

“Cuando un grupo antimotines empezó a utilizar bombas lacrimógenas y escopetas de balines en Juigalpa, un puñado de sacerdotes franciscanos se interpuso entre policías y manifestantes”. (Foto: Reuters)

reuters

En los últimos tres meses de protestas contra el gobierno de Daniel Ortega, más de 300 personas han muerto en Nicaragua. Una de ellas fue Teyler Lorío, un bebe de 14 meses. Su papá lo llevaba en brazos a casa de su abuela cuando lo alcanzó una bala perdida. Una bala perdida es un eufemismo que busca atribuir una muerte al mero azar. Una vida perdida a causa de la ley de la gravedad, no de la represión, la intimidación o el caos.

La buena salud de las democracias, en realidad, no se mide en sufragios, referendos y curules. Una buena forma de evaluarlas es observando la capacidad de canalizar de manera pacífica y constructiva el descontento ciudadano. Estas situaciones de desequilibrio y crisis suponen una oportunidad para que distintos actores recojan y capitalicen ese reclamo insatisfecho cuando los servidores públicos se rehúsan a cumplir con su trabajo.

En Nicaragua el fastidio contra el gobierno –el régimen de Ortega tiene ya más de diez años en el poder y ahora incluye a su esposa como vicepresidenta– ha llegado a la calle; y en la calle, los nicaragüenses encontraron la sordera de quien va armado con porra y pistola. En la mesa de diálogo los nicaragüenses encontraron arenas movedizas y parálisis. Y en algunos sectores de la Iglesia Católica, los nicaragüenses encontraron protección y aliados.

Dos días después de que el nuevo nuncio apostólico llegara al país, policías y paramilitares armados asediaban el barrio de Monimbó, en Masaya. Monseñor Báez, obispo auxiliar de Managua, se llevó a los recién llegados enfundados en sotanas blancas a recorrer aquel barrio. El trayecto fue transmitido en vivo en el canal católico de televisión. Ese día ahí no corrió sangre. Cuando un grupo antimotines empezó a utilizar bombas lacrimógenas y escopetas de balines en Juigalpa, un puñado de sacerdotes franciscanos se interpuso entre policías y manifestantes. Cuando los estudiantes universitarios se atrincheraron en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, el cardenal de Managua envió una comitiva de sacerdotes a mediar; uno de ellos consiguió que tres estudiantes detenidos fueran liberados. Cuando la violencia arreciaba en la ciudad de Sébaco, el obispo Rolando Álvarez organizó a los sacerdotes para llevar al Santísimo en procesión por las mismas calles donde civiles, policías y paramilitares caían heridos.

El último reporte del Pew Research Center sobre religión y vida pública ha encontrado que existe una tendencia mundial al desapego religioso. En Latinoamérica esta tendencia es mucho más acusada, sobre todo en lo que se refiere a la asistencia a servicios religiosos. Aunque todavía el 87% de latinoamericanos de entre 18 y 39 años dice estar afiliado a una religión, solo el 38% acude a la iglesia con frecuencia. El informe subraya que nuestra región presenta una gran disparidad: mientras en Honduras el 90% de las personas reporta que la religión es “muy importante” en sus vidas, en Uruguay solo el 29% siente lo mismo. Las cifras de afiliación, culto y oración diaria siguen un patrón similar a la baja.

La creciente irrelevancia de la Iglesia –como de los partidos políticos, la prensa, los sindicatos y otros actores tradicionales– invita a reflexionar en torno al compromiso social que sirve al bien común, y a la relación que existe entre ese bien común y los valores que la población percibe son defendidos por las instituciones religiosas. Todo parece sugerir que en Nicaragua existe algo de claridad al respecto y bien harían líderes religiosos en otras partes del continente en arriesgar sus privilegios para proteger y defender a quienes sufren de abuso, maltrato e injusticia.

“Mi marido y yo estamos considerando seriamente volver a ir a misa”, bromeaba por WhatsApp hace unas semanas una colega avecindada en Managua. Con las calles bloqueadas y las actividades académicas suspendidas, pasa horas escuchando los balazos que vuelan por encima de su cabeza. Que las balas perdidas no cobren más vidas inocentes no debería ser un asunto que se deja en manos de la providencia.

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