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El niño bañado en petróleo, por Santiago Roncagliolo

"En nuestro país, y en muchos otros, los conflictos entre poblaciones y empresas por la extracción de recursos naturales han padecido una óptica informativa muy polarizada".

Editorial: Cruda negligencia

Tú te crees ecologista porque solo comes verduritas. Pero para cultivar tus verduritas, han sido erradicadas las especies que habitaban esos campos. Así que financias el exterminio de animales aunque no te los comas. Tú te crees muy progre con tu comida orgánica: tu bulgur y tus galletas de espelta. Pero esa comida hípster aumenta el precio de los vegetales, contribuyendo a la desigualdad alimentaria, y por lo tanto, al hambre en el mundo.

Se ha vuelto muy difícil ser bueno.

Y se ha vuelto especialmente difícil ser ecologista, porque las almas nobles que queremos salvar el planeta solemos vivir en las ciudades, y no tenemos la más mínima idea de los retos del medio ambiente. Entendemos vagamente que está mal echar mercurio a un río, pero no son nuestros hijos los que se envenenan con un pescado. Nos horrorizamos con el calentamiento global en abstracto, pero no sufrimos las pulmonías producidas por el cambio de temperaturas.

El periodismo debería servir para contarnos esas cosas y hacernos conscientes de lo que ocurre en verdad más allá de eslóganes y clichés. Lamentablemente, para un periodista, escribir un reportaje sobre conflictos ecológicos puede implicar días de viaje lejos de núcleos urbanos, lo cual cuesta dinero y no necesariamente atrae suficientes lectores. Incluso los libros se suelen dedicar a los poderosos, a los íconos individuales: Fujimori, Alan García, Abimael. En cambio, las pequeñas vidas, generalmente rurales, de quienes sufren a esos personajes, o al sistema político y económico en general, suelen resultar invisibles para los autores. Y por lo tanto, para los demás ciudadanos.

El libro de Joseph Zárate, “Guerras del interior”, es un esfuerzo por llenar ese vacío: reportajes escritos con emoción no exenta de rigor sobre tres protagonistas: un asesinado por los traficantes de madera, una mujer en pie de guerra contra una transnacional minera y un niño afectado por un derrame de petróleo. Esos personajes no luchan por la ecología, ni contra el capital internacional, ni repiten ninguna consigna. Solo intentan sobrevivir.

En nuestro país, y en muchos otros, los conflictos entre poblaciones y empresas por la extracción de recursos naturales han padecido una óptica informativa muy polarizada. Desde un extremo y otro del espectro ideológico, columnistas y políticos nos obligan a tomar partido por el “progreso” –es decir, por las grandes empresas– o por “el pueblo” –es decir, contra ellas–. Siguiendo esa tradición, “Guerras del interior” corría el riesgo de ser un panfleto, un acto de propaganda exaltada muy bien intencionado pero con poca credibilidad.

Zárate sortea el reto con gran habilidad, sin tratar de vendernos ninguna tesis. Por supuesto, empatiza con sus personajes, porque quiere recuperar la dimensión humana que necesita este debate. Pero no se limita a reproducir sin más el discurso de las víctimas. También investiga las sospechas contra ellos. Incluye números, leyes y casos internacionales con fría precisión. Y como corresponde a un periodista, recoge la versión de las empresas. Si esa versión está concentrada en Lima, si sus portavoces no conocen los problemas de los que hablan, no es culpa del autor. Zárate desafía a las empresas con las armas del periodismo más serio. Y por eso, su denuncia resulta mucho más contundente que la de cualquier activista febril.

Hay libros bellos. Y libros muy buenos. Pero hay algunos –no tantos– que pueden considerarse importantes. Que nos aportan elementos cruciales para discutir temas fundamentales. Que nos ayudan a afrontar esas discusiones con altura y seriedad. “Guerras del interior”, sin duda, es uno de esos libros, y nos recuerda para qué sirve el periodismo.

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