"Que ninguno de los dos postulantes presidenciales se sienta fijo en el sillón presidencial es una buena noticia, porque los obliga, inevitablemente, a competir". (Foto: Hugo Pérez / @photo.gec)
"Que ninguno de los dos postulantes presidenciales se sienta fijo en el sillón presidencial es una buena noticia, porque los obliga, inevitablemente, a competir". (Foto: Hugo Pérez / @photo.gec)
Andrés Calderón

Profesor universitario. Analista político

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“Oye, no critiques a , ¿acaso quieres que gane el comunismo?”. “Tanto cuestionas a , ¿por qué mejor no llamas a votar por el de una vez?”.

Normalmente ignoro los alaridos de barra brava que encuentro en redes sociales, invitándome “cortésmente” a alentar a un político o a denostar a otro. Pero, en los últimos días, consignas similares a las que inician este artículo encuentran espacio en mis bandejas de entrada, provenientes de algunos extraviados amigos, familiares y conocidos, que no saben que respeto demasiado esta columna, así como los espacios de opinión pública que me brindan como para confundir el análisis político y mediático con el hinchaje.

Sirvan estas admoniciones para hacer una reflexión sobre la racionalidad de la estrategia que me proponen, que podría denominarse la del “tuerto voluntario”, que solo divisa los yerros de un candidato, pero no ve los de su contrincante.

En primer lugar, parece un poco pretencioso creer que los gazapos políticos pasan desapercibidos solo porque unas cuantas voces no los señalan. Con la cantidad de medios de comunicación existentes y, sobre todo, con el acceso a la información que las redes sociales permiten a millones de personas, es muy sencillo enterarse de un acontecimiento de relevancia. Por el contrario, como advertíamos la semana pasada, esta suerte de ceguera voluntaria y selectiva podría ser contraproducente. El doble rasero se hace evidente y termina por deslegitimar al crítico interesado.

Por otro lado, soslayar las faltas de un candidato no debe ser una alternativa muy conveniente para el 80% de peruanos que no marcó la ‘K’ ni el ‘lápiz’ en primera vuelta. Suena bastante más lógico que Castillo y Fujimori dediquen esfuerzos para convencer a esa gran parte del electorado, en lugar de pedirle a este último que trague sapos, sin nada a cambio.

Si miramos los sondeos publicados la semana pasada, entre un tercio y un quinto de la población aún no se inclina por ninguna de las dos candidaturas en liza. A estas cifras, hay que sumarle los “votos blandos”, es decir, aquellos que tienden a acercarse más a Castillo o Fujimori pero que no están completamente resueltos a votar por uno de ellos. Según Datum, los “votos duros” de Castillo y Fujimori no superan el 74% y 67%, respectivamente. En otras palabras, los indecisos de hoy seguramente decidirán la presidencia el próximo 6 de junio.

Que ninguno de los dos pretendientes se sienta fijo en el sillón presidencial es una buena noticia, porque los obliga, inevitablemente, a competir.

Por todo lo anterior, está bien que se conmine a los postulantes a firmar compromisos de respeto al Estado de derecho, porque este, lamentablemente, está lejos de estar garantizado. Por supuesto, que tiene sentido pedirles a las organizaciones políticas que formen alianzas (y no solo endosos genéricos), porque se necesita una vigilancia externa para reducir la suspicacia. Obviamente, se debe requerir deslindes con dictadores tanto como se debe demandar el repudio de los “aliados” que arengan la muerte y el odio hacia otros peruanos.

Y claro que hay que criticar a los dos candidatos, aun cuando tengamos más simpatía (o menos antipatía) por uno de ellos, porque esa es la única arma que nos queda para procurar un gobierno democrático. Un mandato de representatividad que deben empezar a ganar con sus acciones antes de acudir a las urnas. Así, si triunfa nuestro candidato predilecto, este será un poco mejor que el día anterior, y si prevalece el opuesto, probablemente será un poco menos malo que lo que vaticinábamos.

Resulta irónico quejarse de la mediocridad de la oferta electoral, y resignarnos a consumir el primer plato que nos ponen en la mesa.