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No hay gobierno heroico, por Federico Salazar

“Los héroes de la democracia han decepcionado tanto como los héroes de la autocracia”.

Federico Salazar Periodista

Jorge Barata

Jorge Barata se encargó de dirigir y administrar la comisión de delitos de Odebrecht en el Perú”. (Foto: AFP).

AFP

El ‘club de la construcción’ es la última muestra de la bancarrota mercantilista. La economía mercantilista se basa no en la producción de riqueza sino en la transferencia de rentas. Eso hacía este ‘club’ de constructoras, según ratificación que encontramos en las últimas declaraciones de Jorge Barata.

Una lista de constructoras prime se repartían las licitaciones de las grandes obras viales del Perú. Todas licitaban, pero entre ellas escogían quién iba a ganar. Y hacían turnos para ser, cada una, ganadora en su momento.

Para cumplir sus objetivos sobornaban a funcionarios a través de ‘bolsas’. Las administraban como la famosa ‘gerencia de coimas’ de Odebrecht. Las empresas mencionadas en Curitiba son: Graña y Montero, Obrainsa, Cosapi, ICCGSA, Casa, Hidalgo e Hidalgo y las brasileñas OAS, Andrade Gutierrez y Queiroz Galvao.

Jorge Barata se encargó de dirigir y administrar la comisión de delitos de Odebrecht en el Perú. Sostiene que le consta el funcionamiento de este cártel coimero entre el 2001 y el 2012.

Otros testimonios hablan de 1996 como año inicial de este sistema de corrupción, según informe de Rodrigo Cruz (El Comercio, 27/4/19). Las fechas no son casuales: tanto 2001 como 1996 son años de cambio drástico de forma de gobierno.

El año 2001 el país dejó de lado el gobierno autocrático y optó por Alejandro Toledo. Ya sabemos de qué calaña es Toledo. Buscó la presidencia para buscar la coima. Habrá que revisar quiénes fueron sus ministros del sector, sus viceministros y funcionarios.

El año 1996 es el año de la ratificación del poder político de Alberto Fujimori. El año anterior, después de haber realizado el golpe institucional del 5 de abril de 1992, Fujimori ganó con un contundente 64,4% de los votos válidos, frente a un 21,5%, de Pérez de Cuéllar.

El problema en ambos casos fue el apoyo mayoritario y rabiosamente militante. El poder que eso otorga en el Perú es excesivo y ese exceso promueve la corrupción.

Nuestro Estado carece de sistemas de vigilancia y control de la gestión pública. Este ‘club de la construcción’ prosperó en torno a la asignación de obras públicas viales.

Provías Nacional, que data del 2002, es un proyecto especial que maneja asignaciones presupuestales de hasta S/7 mil millones. El Ministerio del Interior gastará este año S/10 mil millones. El presupuesto del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables es de poco más de la décima parte de lo que maneja Provías.

Los empresarios que temen a la competencia buscan la colusión. Los empresarios que viven de la asignación de rentas promueven la coima. Nadie vigila ni nadie ve, por la opacidad de normas, de los procesos, de las autorizaciones sin fin.

El ‘club de la construcción’ tenía infiltrado el proyecto Provías. A través de lobbistas, compraba a funcionarios y armaba licitaciones a medida y conforme su rol de turnos.

Las administraciones actuales de las empresas involucradas han dado una mala respuesta. “No tenemos conocimiento, pero colaboraremos con las investigaciones” han dicho, más o menos, las que han hablado.

La respuesta correcta es: haremos todos los esfuerzos por detectar a los que cometieron delito usando el nombre de la empresa. Frente al delito no se puede ser pasivo (“colaboraremos”); se debe ser determinado y taxativo (“buscaremos hasta encontrar”).

Las revelaciones sobre este cártel de la coima son muy importantes. Deben servir para revisar exhaustivamente nuestro sistema de asignación presupuestal, nuestro sistema de responsabilidad penal en cuanto a manejo de dineros públicos.

Tenemos, además y sobre todo, que cambiar nuestra actitud electoral. Nunca más deberíamos votar con demasiado entusiasmo por ningún futuro gobernante. Deberíamos votar siempre de manera condicional y crítica.

Los héroes de la democracia han decepcionado tanto como los héroes de la autocracia. Tenemos que descartar a los héroes, tenemos que dejar de buscar salvadores mesiánicos.

No hay gobierno heroico. Los que viven de él no son santos, sean políticos, burócratas o empresarios.

Solo podemos confiar en las limitaciones al poder, en los frenos institucionales, en los sistemas de transparencia. Y en una sana, exhaustiva y sistemática desconfianza.

Tenemos que hacer nuestro ‘club de los desconfiados’.

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