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Cómo oponerse a Trump, por Ignazio De Ferrari

“Las marchas contra la nueva administración parecen indicar que los defensores de las sociedades abiertas salen del letargo”.

Ignazio De Ferrari Politólogo, Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

Cómo oponerse a Trump, por Ignazio De Ferrari

Cómo oponerse a Trump, por Ignazio De Ferrari

La historia universal contiene ejemplos de regímenes políticos aparentemente estables que sucumben más o menos de la noche a la mañana. Una de las tragedias de nuestros tiempos es lo fácil que hemos olvidado esa lección. En las últimas siete décadas, a medida que los horrores de la Segunda Guerra Mundial se hacían cada vez más lejanos, dimos por sentado que las democracias occidentales de Norteamérica y Europa mantendrían siempre su brújula liberal. Sin embargo, una democracia liberal por más robusta y consolidada que parezca no dura necesariamente para siempre. Cuando las repúblicas colapsan, es por lo general por su incapacidad de aplacar sus demonios internos.

Por estas horas, la mayor amenaza a los valores liberales sobre los que se sustenta la democracia estadounidense viene de su propia entraña. Se llama Donald J. Trump. La velocidad y determinación con la que el flamante presidente ha anunciado la construcción del muro en la frontera con México, prohibido el ingreso al país a ciudadanos de siete estados musulmanes y despedido a la fiscal general Sally Yates por oponerse a esa medida –aparentemente inconstitucional– indican que la suya es una apuesta a fondo.

Frente al desembarco de Trump, uno de los mayores riesgos es pensar que las instituciones estadounidenses, por sí solas, pueden contener los arrebatos del nuevo presidente. Si bien los padres fundadores diseñaron una constitución en la que la elección por separado del presidente y el Parlamento debía garantizar la independencia y el equilibrio de poderes, la coyuntura actual no es favorable. Además de la presidencia, el Partido Republicano controla las dos cámaras del Congreso y muy probablemente obtendrá una mayoría en la Corte Suprema. Como explica el politólogo Daron Acemoglu, Estados Unidos vive una época de polarización extrema entre republicanos y demócratas en la que es difícil imaginar que congresistas republicanos se desvíen de la línea planteada por Trump.

¿Cómo debe entonces forjarse la oposición a Trump? El primer paso consiste en reconocer que las viejas rivalidades políticas entre centroizquierda y centroderecha han sido reemplazadas por la división sistema vs. antisistema. Esto no significa que se abandonen ejes de discusión clásicos como más o menos redistribución, o más o menos mercado. Por el contrario, dado el apoyo que recogen los nuevos populistas en los sectores trabajadores, es más necesario que nunca un nuevo consenso alrededor de un sistema económico más igualitario. Ese consenso debe instalarse cuanto antes entre las fuerzas prosistema. En los últimos días, Oxfam ha dado a conocer una estadística intolerable: las ocho personas más ricas de la Tierra controlan tanta riqueza como los 3.600 millones más pobres.

Un acuerdo político en torno a la igualdad podría constituir la base de un programa electoral que permita al Partido Demócrata en Estados Unidos y a las fuerzas prosistema en Europa recuperar la iniciativa política. Este año, tres países centrales en Europa 

–Alemania, Francia y Holanda– acuden a las urnas y en los tres el populismo derechista llega envalentonado. Una derrota de los populismos daría nuevos aires al proyecto comunitario y ayudaría a deslegitimar el ‘trumpismo’ como fenómeno político. Si en Estados Unidos los demócratas logran recuperar dos escaños en el Senado en las legislativas del 2018, podrían bloquear muchas de las iniciativas presidenciales. 

Más allá de las elecciones –un terreno ciertamente incierto– es difícil imaginar una oposición efectiva a Trump sin la participación activa de la prensa. Los medios de comunicación independientes tienen el deber de reportar cada ataque de Trump al orden liberal diciendo las cosas por su nombre, sin presentar una visión edulcorada de los acontecimientos y sin falsas pretensiones de neutralidad. Eso es lo políticamente correcto en estas circunstancias. Además, es indispensable que la prensa tome con más cuidado que nunca las fuentes oficiales. ¿Se puede confiar en un presidente que miente sobre algo tan burdo como el número de personas que acudieron a su inauguración?

Finalmente está la sociedad civil, el verdadero protagonista de la vida democrática. Las marchas contra las políticas migratorias de la nueva administración y contra la misoginia del presidente parecen indicar que los defensores de las sociedades abiertas salen del letargo. Se trata de una gran noticia porque, como sugiere Acemoglu, ante la debilidad de las instituciones en presentar una oposición más efectiva, es la sociedad civil el último gran recurso. Si el sistema no colapsa antes, una de las pocas buenas noticias de la presidencia de Trump podría terminar siendo el retorno de una ciudadanía activa y organizada.

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