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De patriota a traidor, por Carlos Contreras Carranza

“Terribles dilemas asaltaron a los peruanos durante el tiempo revuelto de nuestra independencia”.

Carlos Contreras Carranza Historiador y profesor de la PUCP

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“Mañana, 15 de abril, se cumplirá un aniversario más de una de las ejecuciones más controvertidas de la historia judicial peruana”. (Foto: Giovanni Tazza)

Mañana, 15 de abril, se cumplirá un aniversario más de una de las ejecuciones más controvertidas de la historia judicial peruana. La polémica nació del carácter político que tuvo el juicio, en el contexto de nuestra independencia, y con el hecho de que el reo ejecutado en la Plaza de Armas de Lima fuese una figura notable de la aristocracia limeña, como fue el conde de San Donás, don Juan de Berindoaga.

Este fue un criollo nacido en Lima. Tenía 36 años cuando José de San Martín desembarcó en Paracas para encender la pradera. Se había formado en el Convictorio de San Carlos, que Toribio Rodríguez de Mendoza convirtió en un foco de ideas renovadoras, en sintonía con el Siglo de las Luces. Se graduó de abogado, pero paralelamente obtuvo el grado de coronel de milicias en el ejército virreinal. Ganado por las ideas libertarias, fue uno de los muchos oficiales criollos que se pasaron al ejército sanmartiniano (como La Mar, Gamarra, Castilla y tantos otros). San Martín lo ascendió a general de brigada y durante el gobierno del marqués de Torre Tagle fue ministro de Guerra, Relaciones Exteriores y, por algún tiempo, de Hacienda. Era uno de los funcionarios más versátiles y mejor preparados con que el Estado Peruano podía contar en ese momento crucial.

Su suerte cambiaría de plano con la llegada del segundo libertador que desembarcó en nuestras playas, el caraqueño Simón Bolívar. Urgido por ganar tiempo para organizar el ejército que habría de lograr los triunfos de Junín y Ayacucho, Torre Tagle, siguiendo instrucciones de Bolívar, le encargó la delicada misión de negociar con los realistas. Debía procurar conocer sus planes, retardarlos si era posible, y deslizar entre ellos falsas noticias acerca de la realidad del lado patriota. Reunido en Jauja con los generales del virrey La Serna, Berindoaga pactó una tregua mientras se concretaba un plan consistente en montar un gobierno autónomo en el Perú, pero ligado a la corona española. Un esquema de monarquía constitucional basado en las conversaciones que San Martín y La Serna entablaron en Punchauca.

A partir de ese momento los hechos se vuelven confusos. ¿Llegó Berindoaga a convencerse de la bondad de este plan, al tiempo que se desengañaba del proyecto bolivariano? ¿Cayó en una celada montada por el libertador caraqueño para deshacerse de Torre Tagle y la aristocracia limeña de la que siempre desconfió profundamente? ¿O fue producto su caída de un encadenamiento fortuito de circunstancias que transmitieron a Bolívar la equivocada idea de una traición de su parte? El hecho es que el entrampamiento del proyecto libertador tras la partida de San Martín, y el estilo dictatorial y jacobino de Bolívar, cuyo recelo de la nobleza local se hizo pronto evidente, convencieron a muchos de esta clase de que mejor era reconciliarse con los españoles, sobre la base de un gobierno local con mayores libertades, antes que caer bajo lo que consideraron una nueva y probablemente más dura tiranía.

La sublevación de los soldados rioplatenses a cargo del fuerte del Callao dio motivo a que los realistas recuperasen esta fortaleza y retomasen Lima por unas semanas en el inicio de 1824. Bolívar se refugió en Pativilca, donde para mayor infortunio cayó seriamente enfermo. La independencia parecía a punto de naufragar. Torre Tagle consideró el momento propicio para avanzar en sus planes de ‘antes los españoles que Bolívar’. Cuando los patriotas retomaron la capital, Torre Tagle y Berindoaga corrieron a refugiarse al Real Felipe, al mando de Rodil. Ahí moriría el primero, de escorbuto. Antes de correr la misma suerte, Berindoaga escapó una noche del Callao. Abordó un bote con el que esperaba llegar, con la ayuda de dos pescadores, hasta un barco comandado por su amigo, el marino chileno Manuel Blanco Encalada. El bote se extravió y fue interceptado por una cañonera de guardia, que lo entregó a las autoridades.

Preso en una celda de la Inquisición, fue juzgado por traición a la patria, acusado de haber revelado información al enemigo y haber publicado en la prensa realista furibundos artículos contra Bolívar. A las 11 de la mañana fue colgado en la horca junto con José Terón, un mensajero de la correspondencia con los realistas, que en esta fúnebre ceremonia hizo el papel de Barrabás. Para mayor escarnio, los cadáveres quedaron exhibidos a la luz pública hasta la hora del anochecer. La ciudad, que días antes clamó por un acto de clemencia al que Bolívar se negó, quedó aterrada.

Los historiadores peruanos, como Riva-Agüero, Vargas Ugarte y Basadre, han juzgado con dureza lo que consideraron una muestra innecesaria de firmeza en la causa patriota, cuando los realistas ya habían sido derrotados y Rodil había rendido el fuerte del Callao. Basadre consideró que con la ejecución del conde de San Donás, Bolívar lanzó una sentencia contra toda la aristocracia peruana que hasta el último momento vaciló en la lucha contra los españoles. Distinto es el parecer del historiador y jurista Luis A. Eguiguren, quien, en un libro publicado en 1953, consideró que, aunque drástica, se trató de una medida necesaria en una coyuntura dramática en la que se decidía la suerte de un continente. Reflexionó acerca del hecho de que los historiadores suelen ser hombres vinculados a la aristocracia y transmiten en sus relatos una visión apegada a los intereses y la sensibilidad de esta clase.

Al día siguiente de la ejecución, el libertador ofreció una cena a la que invitó a selectos personajes de la ciudad. El historiador Mariano Paz Soldán refirió que algunos sobrevivientes de ese convite le contaron que, al terminar las libaciones, Bolívar se dirigió a su edecán: “Lo veo triste esta noche, ¿será porque la aristocracia hizo ayer mala cara en la plaza”. “No, su excelencia” –le contestó aquel–, “ahora somos todos iguales ante la ley”.

Terribles dilemas asaltaron a los peruanos durante el tiempo revuelto de nuestra independencia, como lo demuestran las vacilaciones de hombres como Berindoaga. ¿Merecieron su condena el conde y el mensajero? ¿Fue todo al final una cuestión de clase, en la que los condes y marqueses, animados inicialmente por un proyecto libertario más moderado como el de San Martín, cambiaron de parecer ante la cruda realidad de la dictadura bolivariana? ¿Fue esta necesaria para poder vencer a los realistas? Las vísperas del bicentenario parecen una buena ocasión para plantearnos estas preguntas.

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