La denuncia por presunto abuso sexual en Montevideo contra tres jugadores de Alianza Lima ha mostrado, una vez más, que nunca faltan las declaraciones de algunos periodistas y aficionados que minimizan los hechos bajo una retórica de comprensión y pecado. Esta agresión muestra un patrón similar a lo que la socióloga Nancy Nason-Clark, directora del Departamento de Sociología de la Universidad de New Brunswick, en Canadá, denomina “silenciamiento institucional”. La autora, especializada en sensibilizar a líderes espirituales que justifican la violencia contra las mujeres bajo argumentos de fe, identifica que estas instituciones y sus seguidores a menudo priorizan la protección de sus dirigentes por encima de las víctimas.
Cuando el periodista Pedro García pide “no crucificar” a los jugadores o apela a entender sus “errores humanos”, está replicando lo que la autora llama la “sacralización del agresor”, es decir, un equipo de fútbol es un templo sagrado y los jugadores son los pastores que, por ser humanos, cometen pecados. En la mente del devoto hincha futbolero, la denuncia de la mujer se percibe no como un grito de justicia, sino como una herejía que amenaza la estabilidad del culto, es decir, de la camiseta.
La teoría de Nason-Clark se conecta con la defensa de algunos seguidores y cronistas del balompié en la confusión entre pecado y delito. La explicación de la autora es simple: instituciones tradicionalmente masculinas –sirva de ejemplo el fútbol– rebajan el abuso a un “pecado sexual”. Como pecado, asumimos que puede solucionarse con arrepentimiento y un par de padrenuestros. Tratar una acusación de abuso sexual grupal como una juerga que se salió de control no es nuevo. Basta recordar la manada de San Borja y los cuestionamientos a la víctima por su gusto por la vida social. O la reincorporación de jugadores sentenciados en el extranjero por violentar a su pareja, aludiendo a que se trata de asuntos privados. Los ataques se tratan como errores subsanables cuando el agresor es un jugador estrella, bajo el mismo argumento de los feligreses que justifican el comportamiento de un sacerdote depravado.
Comprendo que un domingo de fútbol y canchita es reconfortante y necesario para sobrevivir a un Perú que nos da más penas que alegrías, y es motivo de unión en momentos de desesperanza, pero justificar agresiones que destrozan vidas perpetúa la impunidad y la humillación de las víctimas que se atreven a denunciar.
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