"Lo cierto es que su gobierno se ha convertido en una amenaza directa e inminente contra la continuidad de la democracia" (Ilustración: Giovanni Tazza).
"Lo cierto es que su gobierno se ha convertido en una amenaza directa e inminente contra la continuidad de la democracia" (Ilustración: Giovanni Tazza).
Carlos Basombrío Iglesias

Analista político y experto en temas de seguridad

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Tuve el discutible privilegio, en mi condición de ministro del Interior, de tener que lidiar con la violentísima huelga que lideró en el 2017. Fui inmediatamente alertado por todas las organizaciones de inteligencia sobre la naturaleza del movimiento que encabezaba. En resumen, era el líder de la unificación de dos facciones de Movadef para una huelga que tenía como principal objetivo desplazar al Sutep, dirigido por el “caviar” Patria Roja, como organismo representativo de los maestros, y, complementariamente, oponerse a las evaluaciones para mejorar la calidad de la educación y generar meritocracia en la carrera magisterial.

Lo denuncié en el Congreso usando información y documentación reunida en sucesivos gobiernos para protegernos de cualquier intento de retorno de la organización más cruel y sanguinaria en la historia de América Latina. Aun así, el fujimorismo y sus aliados optaron por respaldar a Castillo, boicoteando la posición del gobierno de no dialogar con alguien vinculado a Sendero Luminoso.

Con lo inaceptable de lo anterior, lo que ha hecho el presidente Castillo en su primera semana en el poder es superlativamente más grave.

Poner de presidente del Consejo de Ministros a un personaje con una vinculación emocional probada con Sendero Luminoso (“¿Qué tienen contra los senderistas?”, reclama), una investigación abierta por apología del terrorismo y un pedido reciente de la Dircote para que la fiscalía lo investigue también por pertenencia a la organización terrorista, es más que demasiado. Con ello han cruzado un puente que no tiene vuelta atrás.

Pero no es lo único. Habría que sumarle las múltiples otras perlas que adornan al primer ministro y a sus ministros, y que aumentan con cada nuevo nombramiento. Es un hecho inédito que, salvo el ministro de Educación, ninguno otro reúna a la vez prestigio, idoneidad y dignidad para el cargo; y, aún en este caso, carezca de experiencia de gestión.

La conmoción nacional por los acontecimientos es plenamente justificada. Hay gente de buena voluntad que cree que esto es solo un grave error político, que se puede rectificar y volver a empezar.

No es así. Es más bien la confirmación de las peores sospechas sobre quien hoy nos gobierna. Este Gabinete ofende la memoria de los 70.000 muertos consecuencia de la unilateral “guerra popular” que Abimael Guzmán y sus secuaces lanzaron contra la recién restablecida democracia. Y, nunca olvidemos, la inmensa mayoría de las víctimas fueron los más pobres de las regiones de los Andes y la Amazonía que supuestamente ellos reivindican.

¿Jugó Castillo con la credibilidad de los peruanos en la segunda vuelta y en la “tercera” hasta que llegó su nombramiento? ¿Es un rehén de Cerrón y por motivos que aún no conocemos tiene que hacer lo que él quiere? ¿Es una persona débil que no ha sabido ceder a presiones? ¿Es nuestro presidente tan iluso de pensar que poniendo un Gabinete así puede fortalecerse en el cargo?

Quizás un poco de todas las anteriores. Pero lo cierto es que su gobierno se ha convertido en una amenaza directa e inminente contra la continuidad de la democracia. El problema ya no es de gobernabilidad y estabilidad. La situación ha cambiado radicalmente y lo que está en juego es la defensa de la democracia contra un proyecto que requiere ser dictatorial.

Los medios de comunicación deben saber que están en la mira. La prensa libre es uno de los obstáculos fundamentales de todo proyecto autoritario. Impedir a la prensa ingresar a la juramentación de ministros y anunciar que solo se dará publicidad estatal a radios de provincias (léase, radios amigas para comprar sus líneas editoriales) son símbolos ominosos de lo que buscan.

El primer objetivo de su “revolución” –lo ha declarado públicamente – es cerrar un Congreso que les impide avanzar en sus objetivos. Por ello, es sumamente importante que las bancadas democráticas sepan responder a esta amenaza con cabeza fría, inteligencia y usando las herramientas constitucionales. Complejo equilibrio, en la medida en que suena abominable darle confianza a este Gabinete. Pero no dársela puede ser el pretexto que Vladimir Cerrón, quien corta el jamón en este gobierno (y su hermano en la bancada), busca para “agudizar las contradicciones”.

A los ciudadanos nos toca expresarnos en las calles. Y para que ello se pueda dar, es imperativo que los partidos políticos no usen esas manifestaciones en su beneficio. Por favor, alguna vez, con el país ya en el abismo, demuestren algo de grandeza. Solo banderas peruanas con un crespón de luto y no oradores que quieren llevar agua para sus molinos.

Eso no significa que los partidos no hagan política, pero sí queremos que millones de peruanos, hoy espantados por lo que viene ocurriendo, salgan a protestar pacíficamente para evitar una dictadura, tienen que pensar en el país y no solo en sus objetivos políticos inmediatos.