Un pequeño consuelo para quien pierda, por Roberto Abusada
Un pequeño consuelo para quien pierda, por Roberto Abusada
Roberto Abusada Salah

Presidente del Instituto Peruano de Economía (IPE)

Muchos analistas han señalado que nuestro futuro inmediato es muy auspicioso porque los candidatos que se disputarán la Presidencia de la Nación comparten una visión económica promercado. Aunque lentamente, la economía está creciendo, tenemos ahorros, reservas, acceso al crédito internacional, deuda pública exigua y un sistema financiero sólido; todas esas cosas de las que suelen hablar los economistas. Podemos, en suma, defendernos bastante bien dentro de un mundo complicado.

No estoy de acuerdo. Creo que el próximo domingo el presidente que saldrá electo enfrenta una tarea monumental: acelerar el crecimiento al mando de un Estado con tal deterioro institucional que ha devenido ya en disfuncional.

Tuvimos que mirar al abismo al finalizar de la década del 80 para atrevernos a cambiar nuestro régimen económico y empezar a crecer después de tres décadas de estancamiento, y en efecto hemos progresado. La gran mayoría de peruanos vive mejor hoy que hace un cuarto de siglo. La pobreza se ha reducido a la tercera parte, y la población ya comprendió la idea de que sin crecimiento económico y estabilidad no es posible el progreso social. Sin embargo, la complacencia de nuestros gobernantes ha permitido que a la par de esta indudable mejora, ocurriera el desastre de un deterioro institucional tan acelerado como el de nuestro crecimiento durante la década que terminó en el 2013.

Veamos primero qué ha pasado con el crecimiento de la economía. A diferencia del pasado, en las últimas dos décadas nuestro crecimiento ha estado empujado por la demanda interna y externa, el crecimiento del consumo, las exportaciones y particularmente el crecimiento de la inversión privada. Esta última ha crecido en los 20 años entre 1994 y el 2013 a la espectacular tasa de 10% por año. Y la demanda externa por nuestros productos (el valor de las exportaciones) creció a una tasa anual de 12%. 

Es cierto que en este período hemos enfrentado una relación favorable entre los precios de nuestras exportaciones y aquellos de los de nuestras importaciones (términos de intercambio). Esa relación en el período mencionado ha mejorado a una tasa promedio anual de 3,6%. De otro lado, también es cierto que en esos 20 años hemos sufrido el embate de la crisis asiática, la crisis rusa (en el Perú quebraron nueve bancos) y la Gran Crisis que empezó a fines del 2007 y que aun es fuente de inestabilidad global. 

Los dos motores del crecimiento –la inversión y las exportaciones– se han apagado súbitamente en medio de la inacción gubernamental. La inversión privada viene cayendo por dos años y medio, y el valor de nuestras exportaciones es US$ 9.000 millones menor que en el 2013. El crecimiento de la economía en este año y el siguiente estará empujado principalmente por el consumo privado (que requiere de crecimiento económico si ha de sostenerse), y por la producción de los proyectos mineros que empezaron a construirse durante gobiernos anteriores.

Estoy seguro de que un buen manejo económico puede hacer mucho por mejorar el crecimiento económico en el corto plazo. Sin embargo, cualquier conducción competente de la economía sucumbirá si el desastre institucional en que vivimos no encuentra vías de rápida mejora. En las evaluaciones de calidad institucional de 140 países que realiza el Foro Económico Mundial (FEM), el Perú muestra un deterioro alarmantemente acelerado en los últimos 5 años. En el ránking de Instituciones Públicas el Perú ocupa hoy el puesto 126 entre los 140 países evaluados por el FEM; una caída de 26 puestos en 5 años, y en algunas categorías que conforman esta evaluación hay retrocesos inauditos: 12 puestos en Seguridad, 26 en Ética y Corrupción y 44 puestos en Eficiencia del Gobierno. 

Agravando estos datos están la Confianza en los Políticos y la Fiabilidad en los Servicios de la Policía, que en los puestos 130 y 135 respectivamente nos colocan dentro de los peores del mundo. Súmense los problemas de la regionalización y una legislación laboral absurda. Pensándolo bien, es posible que quien pierda el domingo encuentre consuelo cuando repare en aquello que se ha librado de enfrentar.