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¿Qué perdemos sin reforma política?, por Carlos Basombrío Iglesias

“Sería terrible llegar al bicentenario con un sistema político que ha fracasado”.

Carlos Basombrío Iglesias Analista político y especialista en temas de seguridad

Reforma política

“Por supuesto que cambiar las reglas de juego no garantizaría per se que tengamos mejores políticos. Pese a las nuevas reglas, los podría haber muy malos ganando elecciones”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

A mi juicio, las propuestas de reforma política que ha enviado el Ejecutivo al Congreso son bastante buenas y, sobre todo, extremadamente necesarias. Sería terrible para el país llegar al bicentenario con un sistema político que ha fracasado, que es odiado por la inmensa mayoría de la población y que ha sido permeable a la corrupción.

Entre las cosas que se podrían conseguir con la reforma tenemos:

1. Menos partidos de papel o en venta al mejor postor. Desaparecen las firmas, que casi siempre fueron un fraude. Se exigen militantes con nombre propio y con derechos (mínimo 0,075% del padrón electoral) y mecanismos mucho más exigentes para conservar la inscripción. Es decir, un menor número de partidos, pero más representativos.

2. Se acaba el “vota por mí”. En primarias abiertas supervisadas por la ONPE, seis meses antes de la elecciones generales, los ciudadanos podremos elegir a qué candidatos queremos en la lista y determinar así el orden de esta. Con circunscripciones electorales más pequeñas queda abierta la posibilidad de que todos los de la lista puedan, si tienen los votos suficientes, ser elegidos.

3. Mayores sanciones y restricciones a dineros ilícitos. Habría una sola campaña y ya no las de miles de individuos que quieren ganarle a otro de su propio partido buscando dinero de donde sea. Lo más caro –publicidad en TV– solo sería posible si es canalizado a través de la ONPE. También son positivas las rendiciones obligatorias de gastos durante la campaña y las sanciones severas para incumplimientos. Y se podría indagar mucho más sobre el pasado de los candidatos.

4. Más debate de propuestas e ideas. Con menos publicidad efectista, menos partidos y sin campañas individuales, habría la oportunidad de una mayor discusión de ideas y propuestas.

5. Gobiernos más estables. Se acaba la permanente incapacidad moral como causal de vacancia presidencial. La censura ya no procede para ministros, solo para el Gabinete en su conjunto. En el último año no hay posibilidad de disolver el Congreso ni de censurar al Gabinete. Los candidatos a la presidencia pueden postular a la vez a una curul, lo que fortalece la actuación por bancadas.

6. Menos bribones buscando impunidad. No pueden postular quienes tengan sentencia condenatoria en primera instancia por delitos dolosos. Se instaura la obligación de declarar procesos penales en curso y la presentación de la declaración jurada de intereses. Asimismo, la Corte Suprema retira la inmunidad parlamentaria.

El Senado y la reelección quedan pendientes, dado que la ciudadanía lo ha ordenado así, por abrumadora mayoría, en el referéndum. Pero después del 2021, luego de una amplia discusión, debiera volver a votarse el restablecimiento del Senado con el modelo propuesto por la Comisión Tuesta o uno similar. También, permitir de nuevo la reelección de alcaldes, gobernadores regionales y congresistas (dos períodos en funciones y luego uno obligatorio en el llano para volver a postular). Esto permitiría desarrollar una clase política que merezca el nombre y que los elegidos puedan tener objetivos menos inmediatistas.

Por supuesto que cambiar las reglas de juego no garantizaría per se que tengamos mejores políticos. Pese a las nuevas reglas, los podría haber muy malos y dañinos para el país ganando elecciones. Pero dependería de nosotros, los votantes, que con mejores condiciones para hacerlo votemos de una manera más responsable.

Ahora bien, dicho todo lo anterior, si la foto actual se mantiene, no se van a producir las reformas o las convertirán en un Frankenstein que podría ser peor que la enfermedad.

De un lado, porque el fujimorismo está demostrando poco interés en que ellas se aprueben a tiempo; creo que no solo porque no las comparten, sino porque lo usan como una forma de oponerse al gobierno. De otro lado, porque el presidente Martín Vizcarra, que tanta energía y tino mostró para impulsar el referéndum, ahora no logra comprometerse con ella. El primer ministro Salvador del Solar está más comprometido, pero que el presidente se la juegue ayudaría mucho a conseguirla. También, el que la ciudadanía entienda que, si bien la reforma no haría milagros, sí abriría una oportunidad para tener una mejor clase política.

¡No hay riesgos, no puede ser peor! ¿O sí?

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