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En la tierra del olvido, por Carmen McEvoy

“Detener el ataque contra el AGN puede enviar señales muy poderosas a una población agotada de tanta delincuencia y falta de respeto por los cargos públicos”.

Carmen McEvoy Historiadora

Corrupción

“En el Perú tropezar con la misma piedra es parte de una historia no solo circular sino trágicamente absurda”. (Ilustración: Rolando Pinillos Romero).

Ilustración: Rolando Pinillos Romero.

En el Perú la apuesta es por la evasión y el olvido. Y acá no solamente me refiero a nuestra incapacidad de recordar los sucesos más recientes. Por ejemplo, al menos un puñado de nombres de los miles de mujeres violadas –incluso asesinadas– por hombres que usualmente no pagan por sus crímenes. Y si por ahí no se quiere abordar la violencia de género, que para muchos simplemente no existe, propongo otro asunto igual de doloroso. ¿Alguno recuerda el lugar donde ocurrió la última de las volcaduras de ómnibus que, como de costumbre, dejan un reguero de cadáveres de madres, padres, hermanos, hijos que nunca llegaron a su destino? ¿Alguien guarda el nombre de alguno de los pastores que se congelaron, junto a sus animales, en las heladas anuales de Puno?

A veces pienso que la superabundancia de información que proviene de una realidad sumida en la contingencia más absoluta, condiciona que nuestra memoria reprima los recuerdos o simplemente los tire al tacho de la basura. Porque recordar duele y más aun si se descubre que dicho acto no sirve para nada. Las violaciones continúan al igual que las fotos de cientos de auquénidos muertos, en una suerte de hecatombe anual que de verdad parte el alma. Porque en el Perú tropezar con la misma piedra es parte de una historia no solo circular sino trágicamente absurda. En la que los bien intencionados usualmente pierden mientras los delincuentes intuyen, desde el inicio del partido, que ganarán por goleada.

Mi trabajo, desde hace casi tres décadas, consiste en recordar. Y lo hago visitando archivos y leyendo papeles viejos cuya información sirve de insumo para las historias que comparto con mis lectores. De ahí que uno de los lugares más cercanos a mi corazón sea el Archivo General de la Nación (AGN). Fue ahí donde descubrí los millares de cartas que forman el fantástico Fondo Documental Manuel Pardo y Lavalle. Ahora que escribo viene a mi memoria el frío invernal de Lima, colándose en la sala de lectura, mientras yo leía absorta las misivas que me permitieron revivir la campaña electoral (1871-72) más electrizante del siglo XIX. Cuando Sendero nos castigaba diariamente con apagones y atentados sangrientos, leer en un archivo y recuperar, en cientos de fichas, los intentos de construir un partido político moderno, como lo fue el civilismo, se convirtió para mí en una suerte de terapia. Y el Archivo General de la Nación junto con la vieja Biblioteca Nacional, en la avenida Abancay, un refugio contra esa vesania que día a día nos acorralaba. Años después sentí una similar sensación de tarea cumplida cuando encontré la correspondencia completa del mariscal Domingo Nieto en el Archivo General de Chile, que publiqué, y que espero sea repatriada antes de nuestro bicentenario.

Este país “dulce y cruel” como lo llamaba Jorge Basadre –la tierra del olvido que se niega a recordar– siempre nos da sorpresas e incluso nos habla a través de poderosas metáforas. La más reciente es que el Poder Judicial (aquel sembrado de “hermanitos” hambrientos y corruptos) pretende desalojar al Archivo General de la Nación del viejo local donde cientos de historiadores hemos conversado con el pasado y, como producto de ello, hemos rescatado, junto a archiveros probos y esforzados, retazos de nuestra memoria colectiva. El acto, a todas luces arbitrario, de desalojar al AGN opone la inmediatez a la trascendencia y la angurria descontrolada al sacrificio silencioso de centenares de colegas que siguen hurgando en una maraña de papeles viejos por cariño a una profesión de la cual me enorgullezco. Una multitud de historiadores jóvenes, sin becas y sin apoyo de ningún tipo celebran diariamente con su trabajo generoso al Perú de los notarios coloniales, de las rebeliones indígenas o de la ilustración dieciochesca. Y en ese proceso nunca bien remunerado nuestra frágil república, llena de fracasos pero también de asombrosos triunfos, revive y se actualiza.

Detener el ataque contra el AGN puede enviar señales muy poderosas a una población agotada de tanta delincuencia y falta de respeto por los cargos que, desafortunadamente, hemos otorgado a una sarta de maleantes. Porque ya es momento de que esta realidad artificial, esta suerte de ficción –como ha denominado Alberto Vergara a nuestra seudopolítica – se transforme para bien. Y que en lugar de escuchar dónde será la próxima fiesta y cuántas botellas de etiqueta azul es obligatorio llevar a un juez de pacotilla, conversemos sobre los viejos proyectos y sueños de muchos conciudadanos para este Perú que espera el trato digno que merece. En este cambio de rumbo, de valiente golpe de timón, la memoria, al igual que la justicia y un sistema político reformado, deben jugar un rol fundamental. Releyendo la vida y obra de los constructores de la república, de los que nos la regalaron y le dieron lustre –pienso en el gran Carlos García Bedoya– descubriremos que, junto a la hermandad de depredadores, existieron los pensadores y los gestores cuyo mapa mental estamos, hoy más que nunca, obligados a recuperar. Solo así el olvido que nos paraliza se convertirá en memoria que impulse al ejercicio de una ciudadanía que pasa por la consecución de derechos pero también de deberes, entre ellos el servicio y amor al Perú.

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