No es la primera vez que suenan tambores de guerra en el Amazonas. Este famoso río ha sido por largo tiempo la esperanza de las élites de los países andinos para contar con una salida hacia el Océano Atlántico, que hasta hace medio siglo fuera, con diferencia, la cuenca comercial más importante del planeta. La delimitación de las fronteras entre las naciones de dicha región se volvió una tarea de romanos, que más de una vez terminó en guerras insensatas o estuvo a punto de provocarlas. Quienes creíamos que tales conflictos eran historia pasada acabamos de comprobar cuán equivocados andábamos y cómo el tema de una salida soberana hacia el caudaloso afluente descubierto por Orellana sigue removiendo pasiones.
El trazado de la frontera entre el Perú y Colombia fue lento y espinoso. Se mantuvo en vilo desde la época de la independencia, hasta volverse un tema candente durante la era del caucho, entre 1880 y 1920, cuando llegó a ocasionar choques armados como el del combate de La Pedrera, en 1911, donde brillara el entonces joven comandante del Ejército peruano Óscar R. Benavides, quien más adelante lució la banda presidencial por dos ocasiones. En 1922, el presidente Augusto B. Leguía acordó con el Gobierno de Colombia el Tratado Salomón-Lozano que, a cambio de trazar la frontera sobre el río Putumayo (y no sobre el río Marañón-Amazonas, como pretendía Colombia, ni sobre el Caquetá, como pretendía originalmente el Perú), cedería a los colombianos el trapecio de Leticia, donde estaba ubicado este puerto fluvial sobre el Amazonas. El Perú conservaba su posesión del Amazonas, pero cedía al vecino una ventana sobre el famoso río.
El tratado se hizo público recién varios años después, cuando hubo que concretar la entrega de Leticia. Esta fue tomada por los loretanos como una traición. Leguía habría querido quedar con las manos libres para negociar con mayor fuerza la delimitación de la frontera con Ecuador, otro vecino que también pretendía llegar al Marañón-Amazonas. También hay que tomar en cuenta que la difusión del informe de Roger Casement sobre las atrocidades contra la población amazónica cometidas por los caucheros en la región comprendida entre los ríos Amazonas y Caquetá había dejado al Estado Peruano con una pésima imagen frente a la opinión internacional como guardián de los derechos humanos y el patrimonio de vida silvestre de una región que ya comenzaba a considerarse un pulmón de la humanidad y un área de reserva de la vida natural que debía ser protegida.
El problema de usar a los ríos como fronteras internacionales es que en ocasiones su cauce cambia o, como ha sucedido en el caso que hoy enturbia nuestras relaciones con Colombia, aparecen islas en medio de ellos. La cuestión de fondo no es tanto la posesión del islote de Santa Rosa por una u otra nación, sino el encierro en que quedaría Leticia, si las islas de Chinería y Santa Rosa llegan a reunirse y, al pegarse a Leticia, terminan cerrando su acceso al Amazonas, acabando con su vida como puerto fluvial.
Se entiende la pasión y los esfuerzos que los gobiernos y las élites de los países andinos han puesto desde la independencia en controlar la Amazonía y conseguir una salida soberana al río más largo del mundo. De hecho, fue la más importante apuesta del Perú durante la era del guano, adquiriendo barcos de vapor, abriendo guarniciones militares en la selva y sosteniendo el puerto de Iquitos por varias décadas, antes de que este llegara a ser autosuficiente económicamente gracias a la bonanza del caucho. Pero el acceso al famoso río no ha resultado hasta hoy, ni para peruanos ni colombianos, una fuente particularmente lucrativa. Sigue siendo una promesa, como la del tren bioceánico que hoy se anuncia entre Chancay y el Brasil, que ojalá llegue algún día, nunca mejor dicho, a buen puerto.
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