“Poetas de a pie”, por Abelardo Sánchez León
“Poetas de a pie”, por Abelardo Sánchez León

Yo nunca pude ser un bacán porque recién a los 34 años aprendí a manejar. A finales de mi adolescencia Alejandro López intentó enseñarme, pero no pudo. Entonces, lo dejé. Reconocía al tiro las diversas líneas de micros y en París viví deambulando en las interminables estaciones de metro. Hace poco me percaté de que la mayoría de los de los años 50 no sabía manejar: Eielson, ni hablar, a él le gustaba caminar en medio de la naturaleza o meterse a nadar en el mar de Cerdeña; Paco Bendezú, adolorido por la gota, debe haber ignorado para qué servía un auto; Javier Sologuren, que vivía a la entrada de Los Cóndores y enseñaba en La Molina, se movilizaba en angustiados colectivos de la época; dudo que Romualdo haya manejado, quizá por el énfasis que le ponía a la poesía social; quizá Blanca Varela ha manejado, era una mujer autónoma e independiente, pero nunca la vi al volante, pues en la época en que la frecuentaba tenía un chofer querido por todos. El único que manejaba era Pablo Guevara. Vivía, claro, en Pachacámac y le gustaba el cine: un arte de gente intrépida. Belli, que tiene un poema inspirado en una carcocha, probablemente un auto vetusto y desvencijado en su recuerdo, no ha debido manejar. Un esmerado burócrata como él no maneja auto. Pero quizá sí, inspirado por la poesía de vanguardia; por Balla, por ejemplo. Eso no sucede con Juan Gonzalo Rose, porque los tímidos no manejan en Lima.

En los años 60 las cosas cambian, pero no mucho. No me imagino a Rodolfo Hinostroza manejando; Henderson nunca debe haber manejado nada; Marco Martos tampoco. Creo que los poetas sanmarquinos de la época no le entraban al auto. Ni el eterno seductor César Calvo. Los únicos que han conducido han sido Toño Cisneros y Mirko Lauer, y los dos en un escarabajo, entrando con las justas, Toño muy pegado al vidrio y con el asiento bien adelantado. Julio Ortega era de caminar provinciano y conversaba de literatura por la Wilson. Luchito Hernández quizá, pero sus poemas aluden más al mar que a la mecánica.

Los poetas del 70, bullangueros y callejeros, no necesitaron de autos: Watanabe taxeaba, es cierto, pero Verástegui, Pimentel o Ramírez Ruiz no manejaban. A Juan Ojeda lo atropelló un auto en la avenida Arequipa y a Luis Hernández un tren subterráneo en Buenos Aires. Sin duda, hay personas que conducen y otras que son conducidas. Fuera del ámbito de la poesía recuerdo que Paco Igartua no manejaba. En estos tiempos se calcula que ingresan cientos de autos cada semana a Lima, por eso nosotros, atorados por el smog y el estrés, recordamos a nuestros poetas atropellados por el olvido.