"Desde la caída del Muro de Berlín, las democracias occidentales vivieron un período de casi un cuarto de siglo en el que el debate estuvo orientado al centro del espectro político" (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Desde la caída del Muro de Berlín, las democracias occidentales vivieron un período de casi un cuarto de siglo en el que el debate estuvo orientado al centro del espectro político" (Ilustración: Giovanni Tazza)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

Desde la caída del Muro de Berlín, las democracias occidentales vivieron un período de casi un cuarto de siglo en el que el debate estuvo orientado al centro del espectro político. Las fuerzas centrípetas las componían, por un lado, una derecha firme en su defensa de las economías libres y cada vez más abierta a la inmigración y los avances sociales como el matrimonio igualitario y la equidad entre hombres y mujeres. Del otro lado, la izquierda era llevada a aceptar el modelo económico liberal, alejándose de sus orígenes marxistas.

Este consenso alrededor de las sociedades abiertas, en un sentido amplio de la palabra, empezó a mostrar profundas grietas con la explosión de la gran recesión del 2008. La crisis condujo a que las fuerzas del sistema fueran seriamente cuestionadas por su rol en mantener un modelo económico que convive con niveles de desigualdad económica difícilmente tolerables. Y cuando empezaba a superarse la debacle económica, se desató la ola de millones de refugiados de Medio Oriente hacia la vieja Europa. El resultado fue el despegue de un discurso nativista que endureció el debate político alrededor del continente y permitió el desembarco del populismo y el voto por el ‘brexit’.

¿Cuál es el balance a dos años del ‘’ y de la aparición del fenómeno Trump? Estados Unidos y Europa parecen asistir al fin de la competencia política en torno al centro. En la principal economía del mundo, el desafío al sentido común liberal ha surgido desde un ‘outsider’ como , que ha penetrado el Partido Republicano para transformarlo de manera profunda. El viejo partido de Abraham Lincoln ha permitido que Trump lo desplace de su clásico mandamiento pro libre mercado y lo lleve por una senda excesivamente aislacionista. El Estados Unidos de Trump está cada vez menos cohesionado alrededor de la narrativa del sueño americano, y más ensimismado en el miedo al otro, sea cual sea el origen de esas diferencias.

En el corazón de Europa, las viejas fuerzas hegemónicas de izquierda y derecha son amenazadas por partidos –viejos, como el Frente Nacional francés, y nuevos, como el Movimiento Cinco Estrellas italiano– de claro corte antisistema. Casi todos tienen en común el rechazo a las “anquilosadas instituciones de la Unión Europea” y al “desembarco de musulmanes en Europa”. Como Trump al otro lado del Atlántico, buscan poner fin al ideal liberal de la sociedad abierta. La tragedia es que no solo buscan derribar el modelo económico, sino el sistema entero de convivencia sobre el que han estado basadas las sociedades occidentales desde la posguerra. El regreso a la tribu terminaría acercando a Occidente a la Rusia de Putin.

¿Están condenadas las democracias occidentales a un inexorable deterioro? No necesariamente. En Italia, por ejemplo, donde la coalición de Cinco Estrellas con la xenófoba Liga inicia un experimento inédito, los sistemas de contrapesos siguen siendo robustos y la democracia no va a colapsar de la noche a la mañana. Sin embargo, lo que el ascenso del populismo ha conseguido es cambiar la naturaleza de la competencia y la narrativa política. Si el consenso era hasta hace poco que la recuperación económica tras una crisis hacía que la política volviera a su cauce original, esta vez no parece ser el caso. Alemania ha tenido años de sólido crecimiento y, aun así, un partido que coquetea con postulados nazis se ha convertido en la principal fuerza de oposición.

La era de la alternancia entre el gradualismo de centroizquierda y de centroderecha ha terminado. En la mayoría de países las elecciones serán enfrentamientos entre los defensores de la sociedad abierta –personificados en políticos como Emmanuel Macron– y los valedores de la tribu –representados por figuras como Marine Le Pen–. En algunos casos, como en Italia, ganará el populismo y en otros, como en Francia, no será el caso. Pero lo normal será que de uno de los dos lados estén discursos nativistas como el de Trump.

Por suerte nunca todo está perdido. Si había un problema con la competencia centrista es que esta importaba poco, porque a los ciudadanos les costaba distinguir las diferencias entre los partidos. El ascenso del populismo ha vuelto a poner la lucha política en el centro de la vida de la gente. Los ciudadanos se movilizan –ya sea a votar o a protestar– cuando las cosas importan. Esta vez, no cabe duda, las cosas importan.