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Se reacomodan las piezas para otra crisis, por Fernando Rospigliosi

"Todo esto refuerza la impresión de que el gobierno de PPK es pésimo y difícil de soportar por tres años y medio más".

Fernando Rospigliosi Analista político

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"Desde el comienzo de este gobierno, la pugna interna en Fuerza Popular estuvo motivada por la situación del ex presidente".  (Ilustración: Giovanni Tazza)

Con la esperada ruptura del fujimorismo, se empiezan a situar nuevamente las piezas para la próxima definición de la crisis política, que tuvo un hito en diciembre con la votación de la vacancia del presidente Pedro Pablo Kuczynski (PPK) y el indulto a Alberto Fujimori.

Desde el comienzo de este gobierno, la pugna interna en Fuerza Popular estuvo motivada por la situación del ex presidente. Kenji no engañó a nadie, siempre fue explícito en su propósito de liberar a su padre a cualquier precio. Ese era su objetivo político supremo y creía que podía conseguirlo aliándose con el gobierno de PPK.

Pero Keiko tenía otras prioridades. La primera, golpear y debilitar a PPK y, si la ocasión se presentaba, vacarlo, como ha ocurrido en América Latina con 15 presidentes en las últimas décadas.
No eran, por supuesto, diferencias programáticas o ideológicas. Esas han venido después, más como una coartada para intentar justificar la pelea que como una firme convicción.

El siguiente paso de Kenji es arrebatarle una tajada del partido a su hermana en las próximas elecciones municipales y regionales. No es difícil. Solo necesita un vientre de alquiler –un partido con inscripción–, y captar a algunos de los muchos descontentos que no obtuvieron un lugar en las listas de Fuerza Popular (FP).

No obstante, su respaldo a un gobierno desacreditado y precario es su flanco débil, y sus adversarios no dejan pasar ninguna oportunidad para enrostrárselo.

Aunque no todo está dicho en el Congreso –podrían producirse nuevas deserciones en el keikismo–, FP cuenta todavía con un número considerable de parlamentarios como para seguir asediando al Gobierno y, finalmente, tratar de forzar la destitución del presidente.

Los dos grupos izquierdistas, compitiendo entre sí, están ahora unidos en el propósito de acabar con PPK. Verónika Mendoza arrimándose a Gregorio Santos está entrando a un juego peligroso. No solo porque muestra descarnadamente que le importa un comino la lucha anticorrupción –‘Goyo’ está procesado con evidencias abrumadoras en su contra–, sino porque se va arrinconando en el extremo izquierdo, liquidando sus posibilidades de ganar una elección nacional.

Las otras bancadas en el Congreso están divididas respecto a la vacancia de PPK, incluyendo al Apra, Acción Popular y el acuñismo.
Lo que definirá finalmente una votación será, como muestra la experiencia en América Latina, lo que ocurra en las calles, dado que el otro factor, los escándalos que involucran al presidente, no cesa de incrementarse.

La huelga de los productores de papa, con bloqueos de carreteras, violentos enfrentamientos con la policía, muertos y heridos, indica que el descontento social está llegando a niveles muy peligrosos, teniendo en cuenta que ese es el ingrediente decisivo para derribar a un gobierno si es que existen los otros dos: escándalos de corrupción y la masa crítica de congresistas para llevar hasta el final el juicio político.

En el caso de la huelga agraria ocurrió lo de siempre. No hubo inteligencia ni prevención –a pesar del antecedente del paro de dos días ocurrido hace poco–, y sí hubo respuestas apresuradas cediendo en casi todo pero no contentando a todos, y el refuerzo de la ya muy extendida idea de que tenemos un gobierno débil e incompetente.
Nadie estuvo al frente en esta crisis. PPK carece de liderazgo y está ocupado en salvarse el pellejo, en cómo responderá ante la Comisión Lava Jato, a la que ahora ya no puede evadir, y en cómo justificará sus incoherencias y contradicciones. Y en qué manera neutralizará las declaraciones de Jorge Barata a fin de mes.

La presidenta del Consejo de Ministros, la llamada a tomar el liderazgo a falta de un presidente, desapareció. El cargo es muy bonito para pasearse en Davos y codearse con los líderes mundiales, para sonreír en inauguraciones y para poner a amigos y allegados en puestos estatales, pero cuando las papas queman –literalmente– no es capaz de organizar la respuesta del Gobierno y menos aún de dar la cara ante la opinión pública.

Todo esto refuerza la impresión de que el gobierno de PPK es pésimo y difícil de soportar por tres años y medio más. De que está hundiendo al país e impidiendo aprovechar la bonanza internacional, sobre todo el alza del precio de los metales.

Y se extiende como una mancha de aceite la idea de que sería mejor, o menos malo, Martín Vizcarra en Palacio de Gobierno.

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