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Preservar la agrobiodiversidad es hacerlo con nuestro futuro
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Tras seis años como miembro del Consejo Directivo del Fondo Global para la Diversidad de Cultivos (Crop Trust), y habiendo servido como vicepresidenta, cierro un ciclo de servicio internacional que quiero compartir con los lectores de El Comercio. Ha sido una experiencia profundamente transformadora que me permitió observar, desde dentro, lo que significa proteger el patrimonio biológico que sostiene la vida: la diversidad de semillas, cultivos y sus parientes silvestres que alimentan hoy –y deberán alimentar mañana– a una humanidad sometida a presiones sin precedentes.
El mundo enfrenta una tormenta perfecta. El cambio climático altera los ciclos productivos y genera plagas y sequías más intensas. Las tensiones geopolíticas amenazan la estabilidad de los sistemas alimentarios globales. La tendencia hacia la uniformidad agrícola nos hace más vulnerables: cuatro cultivos explican alrededor del 60% de las calorías que consume el planeta. En este contexto, la agrobiodiversidad es un seguro de vida, una herramienta científica y económica para adaptarnos y sobrevivir.
La misión del Crop Trust es asegurar los recursos financieros para conservar la diversidad de cultivos que sustentan nuestra alimentación. Financia bancos de germoplasma y trabaja con centros de investigación, gobiernos y comunidades agrícolas para garantizar que este conocimiento se traduzca en innovación agrícola. Un símbolo de esta estrategia es la Bóveda Global de Semillas de Svalbard, ubicada en el Ártico, donde se conservan más de un millón de variedades de semillas en condiciones para resistir el paso del tiempo y las crisis. Como aprendimos con la guerra en Siria, los conflictos pueden destruir décadas de investigación. El banco de semillas de Alepo fue afectado, pero sus colecciones fueron duplicadas en Svalbard y hoy se regeneran. La resiliencia que brinda la cooperación internacional ha salvado riqueza genética única.
El Perú es uno de los 12 países megadiversos del mundo y cuna de miles de variedades de papas, ajíes, maíces, granos andinos, frutales y plantas medicinales. Nuestra gastronomía existe porque existe esa diversidad. Pero esta riqueza está amenazada por el cambio climático, la degradación de ecosistemas y la falta de inversión sostenida en ciencia agrícola.
Necesitamos fortalecer al INIA asegurando su financiamiento de largo plazo y mejorando su gobernanza. Debemos promover cooperación con instituciones como el Centro Internacional de la Papa (CIP) y multiplicar esfuerzos público-privados que rescaten variedades de papas nativas. Aprendamos de comunidades como el Parque de la Papa, en Cusco, a cuidar los parientes silvestres de los cultivos, que contienen rasgos clave para la adaptación al estrés hídrico y frío extremo.
La conservación de nuestra agrobiodiversidad es la mejor póliza frente a los riesgos que vivimos. Invertir en ella es invertir en seguridad alimentaria, comunidades rurales, innovación productiva, salud nutricional y competitividad global. Todos tenemos una responsabilidad y un rol que jugar. Termino mi labor como directora del Crop Trust con gratitud y esperanza. El Perú, con su riqueza única y pasión por la comida y la tierra, puede ser líder mundial de una agricultura sostenible que hable al planeta entero. Sembrar diversidad es sembrar futuro.

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