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La presidencia etílica, por Santiago Roncagliolo

“Toledo ha dejado claro que está dispuesto a mentir en las acusaciones más leves, irrelevantes y fáciles de demostrar”.

Tazza

“El problema para los ciudadanos peruanos es el descaro con el que salió a desmentir el arresto”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Carlos Julio Arosemena, presidente del Ecuador en los años sesenta, consideraba la bebida como uno de sus “vicios viriles”. Y hay que admitir que, con un par de tragos, estaba dispuesto a todo.
Arosemena perdió el poder debido a un desafortunado incidente durante una recepción en la Embajada de Estados Unidos. Esa noche, como presidente de la República, ofreció un discurso institucional impecable sobre las relaciones bilaterales. Pero a continuación se emborrachó y dijo todo lo que pensaba de verdad sobre el tema. Arosemena ni siquiera era de izquierda, pero la palabra “explotación” salió a relucir. Algunas versiones de la historia añaden que extrajo un trofeo deportivo de la chimenea y lo usó como urinario enfrente de todo el mundo.

Al día siguiente, las Fuerzas Armadas ecuatorianas embarcaron a Arosemena para Panamá. Lo que, por cierto, confirmó su teoría sobre el poder de Estados Unidos.

Siempre que hablo de Arosemena con ecuatorianos –especialmente guayaquileños–, lo recuerdan con cariño y narran miles de anécdotas divertidas: cuando se apareció a cenar con una prostituta en el club más exclusivo de la alta sociedad ecuatoriana. Cuando recibió con besos un tanto indecorosos al presidente de Chile. Cuando se ufanaba, entre citas latinas y cultismos, de que gracias al alcohol él era el único político que decía la verdad.

El alcoholismo es una enfermedad muy dura para quienes la padecen y sus familias. No debe ser ensalzada ni tomada en broma. Y sin embargo Arosemena, que nunca escondió su problema, al contrario, se enorgullecía de él, bebía para decir todo lo que su sociedad callaba sobre el poder y sobre la gente “bien”. Al igual que los bohemios de su época, harto de la hipocresía social, usó la botella como un arma para romper el silencio.

Todo lo contrario ha hecho Alejandro Toledo, ese prófugo por corrupción que insiste en ser víctima de una “conspiración de sus enemigos políticos”, y se dice dispuesto a comparecer ante una justicia honesta y limpia.

El problema no es que Toledo fuese arrestado por la policía de San Francisco por deambular por la calle en estado de ebriedad. Eso, como dije antes, es un tema de salud que él deberá gestionar. El problema para los ciudadanos peruanos es el descaro con el que salió a desmentir el arresto, a asegurar que se trataba de otra confabulación, que él se hallaba en su casa, “escribiendo su libro” y poco menos que tomando el té con pastitas.

¿Es que Toledo no sabe que la policía tiene voceros? ¿Que los periodistas preguntan? ¿Que su foto en comisaría se puede hacer viral? ¿Realmente piensa que esa mentira puede prosperar? ¿O es que nuevamente había bebido demasiado cuando declaró eso?

El ex presidente ha dejado claro –por si quedaba alguna duda– que está dispuesto a mentir como un bellaco en las acusaciones más leves, irrelevantes y fáciles de demostrar. Si quería mantener alguna credibilidad de cara al proceso que le llegará tarde o temprano, habría debido simplemente quitarle importancia al hecho y no ostentar su cinismo con tanto desparpajo. Pero la banalidad de su mentira nos revela otra verdad: que se encuentra solo, abandonado por cualquier asesor con sentido común, incomunicado o desconfiado de sus propios abogados.

A diferencia de Carlos Julio Arosemena, Toledo parece usar el alcohol para mentir. Pero al final, su detención nos ha dejado a todos clara la patética realidad de un hombre acabado, con la dignidad destruida. Quizá con sus mentiras no trataba de engañarnos a todos nosotros, sino solo a sí mismo. Al parecer, realmente lo necesita.

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