"Somos protéticos", por Marco Aurelio Denegri
"Somos protéticos", por Marco Aurelio Denegri

Dícese prótesis de todo lo que sea una adición, extensión, agregación o ampliación de nuestros sentidos y facultades y de ciertas partes del soma femenino.

La prótesis más característica del ser humano, y también la más peligrosa y terrible, es el arma, vale decir, el instrumento o medio que nos permite atacar o defendernos. Hay armas ofensivas y defensivas, armas de fuego, armas nucleares, armas biológicas, en fin, cualquier cantidad de armas, de todas las clases y para todos los gustos.

Se dice que el hombre descubrió las armas. Yo creo, juntamente con Ardrey, que fue al revés: las armas descubrieron al hombre, es decir, revelaron quién es verdaderamente el hombre: un asesino potencial, que para colmo y remate no es organizado y por eso el etólogo Tinbergen lo caracterizó certeramente llamándolo asesino desorganizado.  

Nuestra especie es protética. Jacques Derrida, deseoso de subrayar la artificiosidad del ser humano, decía que la nuestra era una naturaleza tecnoprotética (technoprothétique). Imaginárnosla sin prótesis, en general, y sin armas, en particular, es imposible. Freud ya lo había advertido y en consecuencia, y con gran propiedad, llamó al hombre “el dios de la prótesis”. 

Para Marshall McLuhan, es obvio el carácter totalitario de lo protético, o de las extensiones, como él decía. En efecto, cuando lo protético se esparce por todas partes en una sociedad, entonces la penetra y satura. 
 
La proteticidad que nos caracteriza tiene a mi ver el inconveniente principal de alejarnos de nosotros mismos. Piénsese tan sólo en la necesidad (tan promovida) de estar interconectados. El estarlo es un fenómeno de  extraversión, un movimiento del ánimo que sale fuera de sí por medio de los sentidos. 

La proteticidad del ser humano es hoy pura alteración o alienación y el mentís más palmario del ensimismamiento. Hecho grave porque ningún otro animal, sólo nosotros, tiene un intus o intro, una interioridad o dentrura, una intimidad, un penetral o fuero interno. 

Bien decía por eso don José Ortega y Gasset que cuando el mono, en el zoológico, ya no tiene ningún estímulo que lo mueva, ni el ofrecimiento que le hacen los circunstantes de plátanos y maníes, ni las risas y comentarios de la gente que contempla y celebra sus monadas; cuando el mono ya no tiene estimulación ninguna, entonces comienza a dormitar y luego se duerme, porque el mono, carente de lo que se llama  los adentros, o sea lo interior del ánimo, no puede introvertirse ni ensimismarse.