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La voz que nunca se apaga
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No existe certeza sobre el momento en que el ser humano empezó a hablar, pero sí sabemos que, desde entonces, la palabra se convirtió en una prolongación de su espíritu. Hoy, miles de años después, la voz sigue siendo un puente, y quien la sostiene, la modula y la orienta continúa siendo tan necesario como siempre: el locutor.
Su presencia, lejos de la idea de obsolescencia que algunos proclaman con apresuramiento, permanece viva en cada formato radial que aún acompaña nuestras jornadas. Y ahí está el locutor, no solo transmitiendo información, sino dando ritmo, claridad y textura a lo que escuchamos. La locución, en su sentido más amplio, se expresa también en otros escenarios que pueden parecer cotidianos, pero que requieren un dominio tan antiguo como la palabra misma: presentaciones, exposiciones, ceremonias institucionales, matrimonios, conciertos.
La vigencia de la radio se confirma, además, con cifras que hablan por sí solas. En zonas rurales, donde las condiciones tecnológicas avanzan a un ritmo distinto, la radio continúa siendo la principal fuente de información para tres cuartas partes de la población. A ello se suma que más de un tercio de los hogares rurales no tiene acceso a Internet, lo que convierte a la señal radial en un bien indispensable, no en una reliquia.
La confianza que inspira no es menor: seis de cada 10 oyentes regionales consideran que la radio es el medio más confiable para enterarse de lo que sucede. Y el mapa nacional confirma esta vigencia: más de 5.200 estaciones de radio operan actualmente en el país, la mayoría fuera de la capital. Organismos internacionales como la Unesco y la Amarc reconocen a las radios comunitarias como pilares de la democracia en zonas donde la comunicación no es un lujo, sino una herramienta de supervivencia.
Por todo ello, la locución –en su forma radial y en todas las demás– sigue siendo una disciplina que merece respeto y reconocimiento. No porque evoque tiempos pasados, sino porque permanece en el presente con una utilidad y una dignidad irreemplazables.
En un mundo que a veces parece haber cedido demasiado espacio al ruido, la voz bien puesta, clara y honesta del locutor recuerda algo esencial: que la palabra, cuando es cuidada, no solo informa, sino que une, orienta y acompaña. Y mientras exista alguien dispuesto a escuchar, ese oficio seguirá vivo. Porque la voz, cuando es verdadera, nunca se apaga.

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