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Redes sociales: el poder de los influyentes, por Hugo Coya

“¿Las redes sociales están induciendo a algunas personas a creerse más importantes de lo que realmente son?”.

Hugo Coya Periodista

Redes sociales

“Las redes sociales se transforman en una guerra sin ganadores ni perdedores absolutos, pues esos roles se pueden intercambiar a una velocidad vertiginosa”. (Ilustración: Giovanni Tazza).

Ilustración: Giovanni Tazza.

Que en el Perú uno se puede morir de cualquier cosa menos de aburrimiento resulta un pésimo chiste, pero también la cruda y triste realidad. Basta estar conectado con frecuencia a las redes sociales para constatar cómo se suceden hechos bochornosos, paradójicos, jocosos, protagonizados por personas que creen poseer cierta ascendencia para orientar a la opinión pública.

Uno de los casos más recientes es el de la actriz que criticó una película, pidió que no vayan a verla y provocó el efecto contrario al contribuir a su difusión. Muchas personas que desconocían siquiera que el filme existía lo descubrieron a partir de la singular mención, se volcaron a los cines –y me incluyo entre ellas– para tratar de entender las razones por las cuales alguien abogaba por la censura de una obra en pleno siglo XXI, premiada en varios festivales internacionales y yendo, inclusive, en contra de su propia profesión.

Claro, podría tratarse apenas de un tiro que salió por la culata, de quien, guiada por el impulso, por un aspecto que suponemos vio y no le gustó, lanzó el controversial mensaje sin medir las consecuencias y acabó realizando un dislate involuntario.

No es la primera vez que ocurre algo parecido ni tampoco será la última, puesto que nadie está libre de equivocarse, de decir una tontería a cualquier hora del día o la noche, ya que la grandeza de la humanidad radica, precisamente, en su imperfección.

¡Qué tire la primera piedra quien no cometió un error en la vida! ¡Qué levante la mano aquel que, en un arrebato, no se dejó llevar por la furia para luego arrepentirse! Los impulsos iniciales, muchas veces, suelen ser los peores consejeros.

Sin embargo, la recurrencia de estos acontecimientos nos lleva a cuestionarnos si son el fruto apenas de la casualidad, de un bien delineado plan para ganar notoriedad al provocar el rechazo o solidaridad hacia una causa, o si las redes sociales están induciendo a algunas personas a creerse más importantes de lo que, realmente, son.

Desde el comentarista deportivo que pretende defender sus posiciones políticas a costa de apelar al insulto y acaba ocasionando más burlas que adhesiones hasta los ‘chicos reality’ que, con reiteración, intentan presumir de su supuesto talento, haciendo gala de desconocimientos básicos de cultura general que deberían poseer personas que concluyeron, por lo menos, la educación primaria.

O el caso de ciertos líderes de las redes que comentan o elogian un nuevo artilugio que salió al mercado como si fueran un usuario desavisado para inducir a adquirirlo sin revelar que recibieron un estímulo o se encuentran de alguna manera involucrados con la marca en cuestión. Las anécdotas sobran en este mundo de las simulaciones y los grandes egos vulnerados, donde la superficie prevalece por encima de la profundidad.

Así, las redes sociales se transforman en una guerra sin ganadores ni perdedores absolutos, pues esos roles se pueden intercambiar a una velocidad vertiginosa. El vencedor de hace unos segundos cometerá en los próximos un yerro que lo volverá en el nuevo derrotado hasta que aparezca otro para ocupar su lugar.

Mientras dura su fama, la celebridad ocasional creerá conquistar un nuevo peldaño en la escalera que la conducirá al Olimpo de la fama al constatar el abultamiento de sus cuentas de Twitter, Instagram o Facebook. Fingirá desconocer que, bajo reglas no escritas, esos incondicionales que comienzan a fluir a borbotones no son necesariamente adeptos sino gente que aguarda con cierto placer morboso a que vuelva a incurrir en una situación similar para saborear el momento.

En esta carretera virtual de ida y vuelta, llena de atajos, de caminos sin asfaltar y de gente que no respeta las más elementales señales de tránsito (siquiera las reglas mínimas de ortografía), se trastocan existencias, se bloquea la racionalidad, se conduce sin brevete ni clases de manejo para someter al juicio social a todos con las afiladas armas que nos proporciona apenas un pequeño conjunto de palabras e imágenes.

Desde lo alto del pedestal en que se encuentra, el famoso en ascenso seguirá pontificando, dando consejos, opiniones con la certeza de que es un gran influencer, pretendiendo no desconfiar, ¿o sí?, de que la buena reputación es mucho más que poseer un gran número de seguidores.

Con la visión nublada por los likes que suma, mantendrá la popularidad sin importar que igual podría estar cincelando, a la larga, también su descrédito o desprestigio. No interesa, es difícil apretar el freno cuando se ha entrado en la lógica perversa de meter el carro para que el choque sea menos sangriento, menos doloroso, echando por tierra esa lucha constante que, en teoría, emprendemos todos de tratar de crear impresiones favorables como si fuéramos actores que interpretamos cada día un papel frente a los demás, como sostenía el sociólogo canadiense Ervin Goffman en su libro “Frame Analysis” (“Los marcos de la experiencia”).

La voracidad por convertirse en tendencia dejará atrás el perfil repleto de situaciones divertidas, extraordinarias, triunfadoras que antes hacían verosímil el hecho de que nada malo le sucedía y traslucirá esa otra faceta que estaba lejos, muy lejos de lo que le ocurría en la esfera más íntima de su cotidianidad.

Adiós a la dramaturgia social, a los buenos modos, a las apariencias edulcoradas que lo exhibían socialmente como persona de buen talante. Ahora está donde siempre quiso estar, es mucho más que alguien conocido, se volvió ‘trending topic’ porque se ubica en el centro de la polémica, disfrutando ese rol que lo mantiene vigente y, de la manera en que la política se decanta en estos tiempos, podrá soñar incluso con una nueva promisoria carrera.

Entonces se sentirá recompensado, triunfador, saboreando la victoria, recibiendo el confite de sus parciales y las expresiones de espanto de sus detractores, aunque todos ellos se circunscriban por el momento a las redes sociales mientras el resto del mundo seguirá su marcha.

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