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El remedio peor que la enfermedad, por Hugo Calienes Bedoya

El remedio peor que la enfermedad, por Hugo Calienes Bedoya

El remedio peor que la enfermedad, por Hugo Calienes Bedoya

El 16 de mayo el Ejecutivo envió al presidente del Congreso de la República el proyecto de ley que crea la Superintendencia Nacional de Educación Superior Universitaria (Sunedu) con el propósito de avalar la propuesta de la nueva ley universitaria presentada por el congresista Daniel Mora, proyecto que adolece de innumerables defectos jurídicos tanto de forma como de fondo, entre los cuales destaca, y que además lo inhabilita, su inconstitucionalidad. Hábil maniobra pero igualmente plagada de errores y de medias verdades que no es el caso desmenuzar en este artículo en el que solo me limitaré a un “botón de muestra”.

En la exposición de motivos, uno de los argumentos fuertes esgrimidos es que la  universidad peruana está tan mal que es desconocida en el ránking de Shanghái. Los que han utilizado este dato tan clamorosamente alarmante, ¿qué saben de este ránking? ¿Se han tomado la molestia de investigar su filosofía? Nadie duda de su prestigio, pero todas las universidades conocen que este se creó para calificar solo a 500 universidades cuando en el mundo existen 11.992 (dato de Webmetrics). Por lo tanto, los criterios que utiliza son de elitismo intelectual. 

Por ejemplo, de los cinco ítems evaluadores, el primero  se refiere al número de premios Nobel que han salido de esa universidad (San Marcos tiene a Mario Vargas Llosa y lo comparte con España); en el segundo ítem, al número de premios Nobel (o científicos de similar talla) que dan clases en esa universidad; los demás van por esa línea referidos a la investigación. ¿Para las 11.492 universidades que no figuran en el ránking les aconsejamos que creen la Sunedu? Seamos serios. Un argumento similar podríamos emplear para descalificar al país Perú diciendo que no figura en el grupo de los G-7. 

Si queremos compararnos con universidades de larga data, ricas en recursos para investigar, con un profesorado a dedicación exclusiva porque el sueldo les permite vivir del trabajo universitario, imitémoslas bien y en todo: ese sería un buen comienzo. Si las leyes, por sí solas, pudieran cambiarlo todo, qué fácil resultaría gobernar, nos apuntaríamos al “paraíso del positivismo legal”. La cultura que subyace en instituciones como la universitaria (pública y privada) es más fuerte que las leyes, es vida, y la ley debe estar a su servicio y no encorsetar la vida en una ley. La universidad peruana ya inició el proceso de cambio con las acreditaciones y continuará a mayor ritmo si recibe la ayuda incondicional (hechos, no palabras) desde el Estado. 

No se necesitan especiales luces para darse cuenta de que por este camino solo se conseguirá asfixiar a la universidad. La Sunedu de Daniel Mora precisaba quiénes debían conformar el consejo directivo, la del Ejecutivo le da un maquillaje democrático recurriendo al concurso público. Este gobierno tendría que estar agradecido con la universidad privada y dentro de ellas a las católicas por permitir que miles de jóvenes cumplan el sueño de ser profesionales, pero va contra la historia. ¿A quién se le ocurre resucitar, o crear, dinosaurios extinguidos hace siglos? ¿Qué país cuenta con una Sunedu?

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