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Los reyes filósofos: la tecnocracia, por Francisco Miró Quesada Rada

“Lo malo no es la técnica sino el abuso del poder de la tecnocracia. Esta le ha sustraído poder al pueblo y a sus representantes”.

Francisco Miró Quesada Rada Ex director de El Comercio

Rolando Pinillos

"Lo malo no es la técnica sino el abuso del poder de la tecnocracia". (Ilustración: Rolando Pinillos)

"Lo malo no es la técnica sino el abuso del poder de la tecnocracia". (Ilustración: Rolando Pinillos)

"Lo malo no es la técnica sino el abuso del poder de la tecnocracia". (Ilustración: Rolando Pinillos)

Desde la antigüedad se ha creído que los asuntos de interés público deben ser gestados por un grupo de expertos. Esta idea fue formulada por Platón en su famosa obra “La república”. Al elaborar su utopía, propuso que solo deben gobernar los “reyes filósofos” porque son los que más saben. Para Platón, la aristocracia se fundamenta en el saber, no en el poder y menos en el dinero. La misma palabra significa ‘el poder de los mejores’, de ‘Kratos’ (poder) y ‘Aristoi’ (los mejores). Y los mejores son los que más saben, no los que más tienen.

Esta idea de que el gobierno debe estar conducido por unos sabiondos también se encuentra en otras culturas.

En el caso de los mandarines chinos, miembros de la nobleza concursaban para ocupar cargos públicos. Se llegaba al poder por concurso de conocimientos y no por una decisión del emperador. A esto se llama meritocracia, el poder del mérito. Para ocupar una plaza en el Estado se debe realizar un concurso de conocimientos.

Un caso curioso es el de los turcos. Durante el Imperio Turco, sobre todo en las cruzadas, los soldados capturaban niños a los que llamaban francos porque consideraban que todos los europeos eran de origen franco, es decir, franceses. Estos niños eran llevados a una escuela y se les preparaba para que, cuando alcanzaran la mayoría de edad, fueran ministros al servicio del emperador. Con el tiempo se les llamó ministros esclavos.

Ya en el siglo XX el famoso sociólogo alemán Max Weber y el economista austríaco Joseph Schumpeter fundamentaron la idea del “Estado técnico”. Para que el Estado sea eficiente tiene que estar administrado por especialistas en los diversos asuntos públicos. Estos técnicos tienen el poder por el cargo y la función que desempeñan y no por el voto popular, como sucede con los políticos. Además, deben tener autonomía e independencia del poder político. De allí en adelante el Estado no solo será conducido por políticos sino paralelamente por especialistas en los diversos rubros del aparato estatal.

La necesidad de administrar los asuntos públicos generó la burocracia, término que deriva de la unión del francés con el griego: ‘bureau’ (oficina) y ‘kratos’ (poder). El poder que se ejerce desde la oficina es un poder distinto al que los políticos ejercen desde el Parlamento.

Una gran diferencia entre el poder de unos y de otros es que el poder político, cuando se ejerce en una democracia, es deliberante. Se basa en el diálogo, la negociación, el consenso y el disenso. Además, nace del voto popular.

En cambio, el poder del burócrata se fundamenta en la aplicación de una serie de técnicas, destrezas, normas y reglamentos, los que se aplican casi arbitrariamente (aunque, se dice, respaldados con el conocimiento del experto). Este poder no es deliberativo. Su proceder es como el de un autócrata, pues no pone en tela de juicio sus conocimientos, sino los aplica confiado en que por ello alcanzará sus objetivos. Carece de capacidad de autocrítica.

Cuando este poder se concentra en el Estado, como sucede en el Perú y en otras sociedades, tenemos entonces una tecnocracia. ¿Quién controla el abuso de poder de los burócratas, de los tecnócratas? Pues nadie. No lo hace el Parlamento (salvo algún escándalo) y menos el pueblo que queda al margen del poder de los expertos.

Esta tendencia se ha profundizado por la crisis de la política basada en la desafección que muchas personas tienen de la democracia. Y debido a esta crisis están de acuerdo con que los técnicos reemplacen a los políticos en los asuntos del Estado.

En principio no se debe tener animadversión contra los técnicos en el poder, siempre y cuando respeten las reglas del juego, el Estado de derecho y las prácticas democráticas en la conducción del gobierno. De otra manera se convierten en una tecnocracia que concentra el poder, afectando una serie de prácticas democráticas.

Como bien señala David van Reybrouck, arqueólogo y filósofo belga, el discurso tecnocrático actual se fundamenta en el pensamiento político de la década de 1990, “la lucha ideológica cedió su lugar al principio TINA (‘There is no alternative’, ‘no hay alternativa’). Así se establecieron las bases de la tecnocratización de la política”. ¿Y qué ideología se impuso en aquella época que todavía sigue vigente? Pues el neoliberalismo, en donde la economía margina a la política bajo la idea que el Estado debe ser manejado como una empresa.

Lo malo no es la técnica sino el abuso del poder de la tecnocracia. Esta le ha sustraído poder al pueblo y a sus representantes. Para muestra un botón. La mayor prueba de que el actual gobierno peruano es tecnocrático es el programa de televisión “Conversando con el presidente”. En este espacio el mandatario Pedro Pablo Kuczynski, como experto en gestión, se reúne con otros expertos para hablar entre ellos y no con los otros, la mayoría del pueblo. Si pensaran democráticamente y no gerencialmente, en lugar de eso estarían haciendo audiencias públicas, como antaño las hizo este Diario, para acercar la autoridad al pueblo. Hay que pensar y actuar democráticamente, la técnica debe ser apoyo de las decisiones políticas democráticas.

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