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Rompiendo las cadenas, por Carmen McEvoy

En la lucha electoral actual ha resurgido una riquísima y olvidada tradición intelectual de la cual debemos enorgullecernos.

Carmen McEvoy Historiadora

Rompiendo las cadenas, por Carmen McEvoy

Rompiendo las cadenas, por Carmen McEvoy

En el invierno de 1873, el presidente Manuel Pardo le recomendó, por carta, a Carlos González de Candamo, comisionado de su gobierno en París, subrayar “la buena fe y la honorabilidad” del Perú. La tarea para el intermediario con los acreedores europeos no fue fácil. 

Varias décadas de un manejo económico y político deficiente dañaron la imagen de un país al cual la recesión internacional encontró débil y endeudado. El objetivo de González de Candamo no solo pretendía desviar la atención del magnicidio de José Balta y de la ola de violencia que lo sucedió. Lo fundamental fue convencer a un grupo de banqueros desconfiados de que el Perú contaba aún con capacidad de pago y recursos para sobrevivir.

Pardo le señaló también a su comisionado que los agentes del gran capital eran “insaciables en su codicia” e implacables en ajustar “las cadenas” con las que mantenían aprisionado al país. 

Discípulo del economista Michel Chevalier, que revolucionó la política de inversiones del Segundo Imperio francés, Pardo esbozó diversas propuestas al gobierno militar de turno, como que el Estado Peruano invirtiera parte de la riqueza guanera en infraestructura. Así, Pardo reclamó la construcción del ferrocarril trasandino, la industrialización de la sierra central, a la que percibía como polo de desarrollo y punto de avanzada para la conquista de la Amazonía.

El desarrollismo peruano con su apuesta por una economía capaz de promover el trabajo y el bienestar nacional han formado parte de una tradición intelectual peruana, que se remonta a los inicios de la república. El abogado arequipeño José Simeón Tejeda, ex miembro del convencionalismo liberal de 1855 y organizador de la campaña presidencial de Pardo en 1871-1872, señaló en su libro “La industria y el poder” que la verdadera república descansaba sobre los hombros de su clase trabajadora. Ello pese a la escasa por no decir nula representación de los artesanos en el Congreso.

En “Imaginar el desarrollo” (1993), el historiador Paul Gootenberg estudia las ideas de un grupo de estadistas, abogados, industriales, financieros e historiadores que se propusieron transformar “la prosperidad falaz” en desarrollo permanente. Los intelectuales Manuel Atanasio Fuentes, Luis Benjamín Cisneros, Norberto Casanova, Luis Esteves y Manuel Pardo, entre otros, defendieron la constitución de un Estado fuerte y dinámico. 

Así, la diversificación de las exportaciones, la expansión del mercado interno y la integración nacional son parte de un programa asociado a una fe ciega en la capacidad transformadora de la tecnología moderna. Para Gootenberg, en el Perú surgió una doctrina que fue presagio de las ideologías “desarrollistas” que América Latina ensayaría en el siglo XX.

Hace algunas semanas, hemos sido testigos de que “la plata como cancha”, la audacia como bandera y consigna, y la continuidad de un modelo económico agotado no es el único “capital intelectual” con el que contamos los peruanos. En la lucha electoral ha resurgido una riquísima y olvidada tradición intelectual de la cual debemos enorgullecernos. Que ella sirva para renovar la esperanza de que existe una “promesa” de justicia, bienestar y felicidad esperando por nosotros.

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