(Ilustración: Rolando)
(Ilustración: Rolando)
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

Una vez más, la mayoría legislativa pone al gobierno al borde de la crisis. En esta ocasión, el turno de pasar por la hoguera del Congreso ha sido del ministro de Economía, Alfredo Thorne, a quien una alianza de todas las bancadas de oposición ha decidido no renovar la confianza. A Thorne se le acusa de haber presionado al contralor Edgar Alarcón para que emitiera un informe favorable a la adenda al contrato de construcción del aeropuerto de Chinchero. Forzar la salida del ministro ha sido a todas luces un acto de prepotencia. Cualquiera que haya escuchado el audio entre Alarcón y Thorne podrá darse cuenta de que no hay evidencias de actos indebidos de parte del ministro.

Con Thorne, son ya tres las cabezas ministeriales que se lucen en la sala de trofeos de guerra de la oposición –Saavedra y Vizcarra fueron las víctimas anteriores– y al menos una más podría estar en camino. El problema para los opositores –en particular para el fujimorismo que controla con mano de hierro el Parlamento– es que no está para nada claro que debilitar al gobierno signifique ganar la pulseada. La aprobación del Congreso es bastante inferior a la del gobierno –28% versus 37%, según la última encuesta de Ipsos–, mientras que la de Keiko Fujimori no es muy distinta a la del presidente Kuczynski. Tres ministros después y sin grandes proyectos legislativos de su autoría, el fujimorismo no tiene mucho que mostrar.

En la vereda de enfrente, el Ejecutivo pasa a estas horas por el típico trance de los gobiernos liderados por movimientos personalistas que carecen de un partido político cohesionado: soledad legislativa y confusión entre sus voceros. Si el humalismo y el segundo gobierno aprista estaban algo mejor a estas alturas –al menos en lo que se refiere al nudo gordiano de la popularidad– es en gran medida porque no tenían que enfrentar a un Congreso en el que un partido de oposición controlaba la mayoría. En el fondo, desde que las urnas solo arrojaron 18 parlamentarios, se supo que el frente político sería el talón de Aquiles del gobierno. En donde se esperaba más, dado el perfil tecnócrata del presidente y su entorno, era en el terreno de las políticas públicas. Sin embargo, desde las facultades legislativas iniciales, el gobierno no ha logrado proyectar una agenda de reformas creativas que ataquen problemas medulares. Si las reformas están, pues no han logrado hacerse visibles. Ese es un déficit más difícil de justificar.

¿Cómo salimos del entrampamiento? En primer lugar, el gobierno debe recuperar el perfil reformista. El enfoque debería estar en áreas de gestión a las que a la oposición le resulte muy costoso oponerse; por ejemplo, el diseño de políticas contracíclicas para reactivar la economía, o una agenda más clara para mejorar la capacidad de gasto de los diferentes niveles de gobierno. Las reformas podrían atacar también la pobreza extrema. Podría pensarse en un plan integral para levantar los niveles de las provincias y distritos más pobres del país. En resumen, se pueden encontrar espacios en los que una voluntad obstaculizadora solo deje en evidencia a la oposición.

En segundo lugar, el fujimorismo debería entender que una oposición obstruccionista puede resultarle muy caro en el 2021. Al controlar la mayoría legislativa será muy fácil para quien termine siendo su principal rival –ya sea Verónika Mendoza, un ‘outsider’ o el anti-establishment de turno– construir el relato de que el fujimorismo fue, cuanto menos, corresponsable de todas las deficiencias que se le atribuyan a este gobierno. Un posible fracaso de la actual administración podría ser entendida por una buena parte de los votantes como el fracaso del modelo establecido en la Constitución de 1993, de la cual ellos son, para honra suya, los autores. Tener sitiado al gobierno difícilmente les ayudará a romper la barrera del 49,9%.

Finalmente, para salir del entrampamiento, la prensa y los líderes de opinión también cumplen un papel relevante. En una democracia sin partidos la prensa suele tener un rol aún más importante en dar forma a la opinión pública, puesto que las organizaciones políticas no son un referente para la gran mayoría de ciudadanos. En las últimas semanas han sido demasiadas las voces que han hablado de un gobierno sin rumbo. Una narrativa de ese tipo solo contribuye a envalentonar aún más a la oposición y a generar una espiral de pesimismo que, finalmente, se ve reflejada en las expectativas de los agentes económicos. Existe una diferencia entre el análisis realista y hacer un ‘punching bag’ del gobierno.