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La santa y los pecadores, por Santiago Roncagliolo

“El caso de Marisa Glave ilustra la idea colonial de que las mujeres tienen la culpa de provocar a sus propios atacantes”.

Tazza

“En esa época, causaba admiración que una mujer destruyese su propia anatomía para evitar las tentaciones de la carne”. (Ilustración: Giovanni Tazza)

Puedes discrepar con la congresista Marisa Glave. Puedes manifestarte en contra de sus ideas, discutirlas, incluso ridiculizarlas. Pero no puedes mandarle piropitos por Internet. Eso implica afirmar que, cuando una mujer habla, tú solo eres capaz de mirarle el pecho.

Si además trabajas como periodista de un medio que cubre información política, y por tanto debes hablar con o sobre Glave, los piropitos dejan de ser una broma pesada y se convierten en delito. Insinuarte repetidamente a alguien de tu entorno laboral se tipifica como acoso sexual.

Si para colmo publicas fotos de ella en ropa de baño, fotos que le han sido tomadas en su vida privada y mientras dormía, das a entender que estás obsesionado con ella y además te le puedes acercar furtivamente. Eso ya bordea el límite que separa a un púber con acné de un psicópata.

Por todas esas conductas, un juzgado ha dictado una orden de alejamiento contra el periodista César Rojas Vidarte. Además, la fiscalía de protección de mujeres le ha abierto una investigación penal. El periodista se ha defendido diciendo que hace el mismo tipo de bromas con Cristiano Ronaldo y Alan García, pero precisamente, no son del mismo tipo... ni Rojas tiene un acceso intimidante a ellos.

Lo más perturbador del caso es que, en redes sociales, incluso desde púlpitos periodísticos, mucha gente considera la denuncia de Glave como un exceso de victimismo, o un atentado contra la libertad de expresión. Alguna tuitera –increíblemente femenina– ha afirmado que la culpa de la foto la tiene Glave, por exhibirse. Es decir, que si una mujer no quiere ser acosada, básicamente debe encerrarse en su casa.

Leo esta noticia precisamente mientras termino la biografía “Santa Rosa de Lima: la evolución de una santa”, de Stephen Hart. Hart –como Fernando Iwasaki o María Emma Mannarelli en otros textos– explica que, por comportamientos iguales a los de Rosa, otras mujeres acabaron ante la inquisición acusadas de brujas.

Sin duda, nuestra santa patrona practicaba una caridad ejemplar hacia los pobres y los enfermos, aunque tampoco en eso era única. En “Las hijas de los conquistadores”, Luis Martín describe la caridad de las beatas, y reivindica a las mujeres de todas las clases sociales que formaban la red de beneficencia colonial.

¿Entonces por qué precisamente Rosa es la única santa peruana? En parte, se consideraba ejemplar el odio pertinaz a su propio cuerpo. Rosa se apretaba cadenas en el cuerpo. Se rapaba la cabeza. Metía las manos en cal viva. Lucía una corona de espinas. Se negaba a comer. Dormía sobre maderas incrustadas con púas de botellas rotas.

Hoy en día, tenemos nombres clínicos para esos desórdenes, como bulimia o depresión, y tratamos a las adolescentes cuando se autolesionan. Pero en esa época, causaba admiración que una mujer destruyese su propia anatomía para evitar las tentaciones de la carne. Al fin y al cabo, no se les iba a pedir a los hombres que se contuviesen, ¿verdad? Pobres chicos. Desde Eva, en la tradición judeocristiana, la responsabilidad de los pecados masculinos es de sus víctimas, que alborotan a los pecadores.

El caso de Marisa Glave ilustra un remanente colonial que miles de peruanas sufren en silencio hasta hoy: la idea socialmente aceptada de que ellas tienen la culpa de provocar a sus propios atacantes. Nuestra inercia cultural dicta que, para evitar la violencia machista, las mujeres deberían esconder su cuerpo o afearlo. Glave –y el sistema de justicia– están demostrando que, en el siglo XXI, es más efectivo denunciar a los acosadores. Con más mujeres, jueces y fiscales como estos, quizá algún día podamos dar por terminado el siglo XVII.

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