"Es cierto que el presidente del Consejo de Ministros es, por ley, el portavoz del gobierno, pero sería bueno que, aparte de la voz, portase de vez en cuando también un poco de sustancia en sus mensajes". (Ilustración: Mónica González)
"Es cierto que el presidente del Consejo de Ministros es, por ley, el portavoz del gobierno, pero sería bueno que, aparte de la voz, portase de vez en cuando también un poco de sustancia en sus mensajes". (Ilustración: Mónica González)
Mario Ghibellini

Periodista

Hasta que por fin alguien le cortó la viada rapera al señor . Poseído por un extraño don de lenguas y espoleado quizás por esa sensación de omnipotencia que suscita el golpismo impune, el presidente del se había dedicado, desde que asumió el cargo, a chapurrear sin duelo sobre lo humano y lo divino. Y a hollar en medio de ese parloteo, desde luego, territorios que no le correspondían.

No le tocaba, por ejemplo, decirles a los miembros de la Comisión Permanente que “no acaban de entender sus responsabilidades en este nuevo escenario político” y que el “exceso de atribuciones” podría acarrearles consecuencias penales. Ni tampoco proclamar (a propósito de los congresistas disueltos que quisieran postular en las próximas elecciones): “Desde la perspectiva del gobierno, ratificamos la no reelección para el actual proceso de enero”.

No importa que inmediatamente después hiciera la salvedad de que la última palabra la tenía el JNE: la intromisión –esto es, el gesto de campaña en contra de algunos de los postulantes en esos comicios– ya estaba hecha. Y envuelto en el torbellino de los aplausos complacientes, seguramente pensó que pasaría piola.

Pero ahora el Jurado Electoral Especial de Lima Centro ha anunciado que les abrirá a él y a la ministra (que cuando se trata de incurrir en declaraciones sandias también tiene lo suyo) una investigación por presunta violación del principio de neutralidad en las elecciones en marcha y la música del ‘after party’ que se inició en el Ejecutivo tras la disolución del Congreso de pronto se ha interrumpido.

No es que Zeballos vaya a terminar denunciado constitucionalmente o cosa por el estilo (lo más probable es que el episodio acabe con una exhortación a mantenerse ajeno al proceso), pero por fin alguien le ha dicho “cállate” a este perpetuo dictaminador de lo que tiene que hacer el prójimo. Y la vergüenza que se deriva del coscorrón alcanza evidentemente a todo el régimen.


—Collar de perlas —

En honor a la verdad, la vocación del actual jefe del Gabinete por el desatino a la hora de discurrir ante la prensa no es nueva. Había dado ya muestras de ella, por ejemplo, cuando era titular de Justicia y se pronunció a favor del retorno del rol empresarial del Estado. Como se recordará, ante la reacción que produjo su adhesión a una de las recetas que más déficit y corrupción le trajo al país en su historia, tuvo que recurrir al manido expediente de las palabras “sacadas de contexto” y retroceder fingiendo que los que avanzaban eran los otros.

Con el ojo clínico que lo caracteriza al momento de armar equipos ministeriales, sin embargo, el presidente Vizcarra lo promovió a primer ministro tras el zarpazo del 30 de setiembre, y entonces su despropósito oral no conoció límites.

Empezó revelando que, cuando se discutió la iniciativa de disolver el Parlamento a partir de la interpretación de la presunta “denegación fáctica de la confianza”, algunos ministros habían planteado objeciones “técnico-normativas” (es decir, la habían considerado inconstitucional) y no paró hasta sentenciar solemnemente –ante la resolución del JNE que reconoció el derecho de los congresistas disueltos a postular en enero–: “Respetamos la autonomía y decisión que ha tomado este ente electoral”. Una verdad de Perogrullo cuya sola enunciación es como para echarse a temblar. ¿Es que acaso existía en su mente alguna posibilidad de no respetar lo decidido?

En el camino, además, dejó regadas perlas sobre las razones por las que Jorge Meléndez no debía renunciar al Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (“Ha dado las aclaraciones y precisiones que corresponden”, aseveró 13 días antes de que renunciara) y sobre la posición del Ejecutivo con respecto al proyecto Tía María cuando se conoció que el Consejo Nacional de Minería le había confirmado la licencia (“Este gobierno no va a imponer el proyecto minero”, decretó en perfecta contradicción con lo establecido por ese consejo, teóricamente autónomo).

Es cierto que el presidente del Consejo de Ministros es, por ley, el portavoz del gobierno, pero sería bueno que, aparte de la voz, portase de vez en cuando también un poco de sustancia en sus mensajes.

Tan conocida se ha vuelto la escasa pertinencia de Zeballos en sus intervenciones públicas que, según cuentan los enterados, un mudo pavor recorre las oficinas de la PCM cuando lo ven acercarse a un micrófono. “¿Qué descalabro va a producir esta vez?”, se preguntan sus subordinados mientras lo ven avanzando hacia lo inevitable con ese gesto congestionado que se dibuja en su rostro cuando tiene que hilar ideas abstrusas. Y acto seguido, se parapetan tras alguna columna para escucharlo, móvil en mano, a fin de poder empezar a redactar la futura nota aclaratoria al tiempo que las aladas palabras van brotando de su boca.

“Silencio en la sala” es, de acuerdo con nuestras fuentes, la sugestiva expresión en clave que utilizan algunos de esos funcionarios para correr la voz de alarma cuando se enteran de que su jefe va a pronunciar uno de sus oráculos.


—Irregular e imperfecto—

El que no se entera o no parece enterarse del problema, en cambio, es Vizcarra. Demasiado ocupado en coordinar con el representante de la Conmebol la final de la Copa Libertadores a jugarse la próxima semana en Lima (a todas luces, una tarea presidencial), ignora las tormentas que siembra el verbo, siempre irregular e imperfecto, de su primer ministro.

Y sobre todo no se inquieta por la posibilidad de que la gente se pregunte que, si ese es el primero, cómo será el último.

Más temprano que tarde, sin embargo, se lo harán notar las encuestas; y entonces seremos por fin testigos de una despedida sin palabras.