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El silencio de Estados Unidos, por Gisèle Velarde

La migración siria y la adaptación en suelo extraño.

El silencio de Estados Unidos, por Gisèle Velarde

El silencio de Estados Unidos, por Gisèle Velarde

Diversas reacciones ha generado el silencio de Estados Unidos ante la migración siria. El modesto ofrecimiento de recibir a 10.000 refugiados el próximo año fiscal resulta cuestionable ante los 500.000 inmigrantes que Alemania ofrece recibir, sobre todo si tenemos en cuenta la naturaleza inmigrante de la sociedad estadounidense en contraste con la sociedad alemana. Es una opinión consensual que la recepción de inmigrantes responde a los intereses del país receptor. Sin embargo, el caso de Estados Unidos merece una reflexión.

¿Por qué el país de los inmigrantes por excelencia guarda silencio ante el éxodo sirio? Pues porque en los ciudadanos estadounidenses existe una tensión profunda entre los ideales liberales, desde los cuales se han organizado las instituciones públicas, y el conservadurismo –teñido de miedo– y la ausencia de interés por lo culturalmente “otro” que caracteriza a los estadounidenses como individuos. 

Esta tensión aparece de diversos modos en los debates filosóficos en torno a la inmigración cuando, por un lado, se promueve la apertura de las fronteras sustentada en el principio liberal de la igualdad moral de todos los seres humanos y la arbitrariedad del país de nacimiento, y, por otro lado, se recurre al principio de autodeterminación de la comunidad para argumentar contra la inmigración. La tensión aparece también cotidianamente en la oposición del pueblo estadounidense a ciertas leyes y en la tirantez entre los reclamos de derechos humanos universales y los propios de la soberanía política. 

Que Estados Unidos se promueva abiertamente como la encarnación universal del principio liberal no va necesariamente de la mano con el modo como sus ciudadanos se comportan en el mundo real y en circunstancias especiales. El reto está en cómo continuar siendo liberales cuando las situaciones son contrarias a nuestros intereses particulares. Así, los estadounidenses tienen ante sí la difícil pregunta: ¿cómo recibir a los sirios que quieren vivir en nuestro país sin sentir disgusto ni sentirnos víctimas ante nosotros? Esta pregunta presupone una más relevante que nos toca a todos: ¿es posible conciliar lo propio con lo ajeno? ¿Cuánto de lo foráneo debemos dejar entrar en nuestras vidas? 

Al parecer, cuanto más orgullosos nos sentimos de lo que logramos y/o definimos como “propio”, somos menos proclives a aceptar lo diferente. Esto explica en parte por qué la sociedad estadounidense está estratificada en etnias, donde los grupos de Canadá, Australia y Reino Unido son los más aceptados, pues comparten logros como el desarrollo y elementos comunes como la raza blanca y el idioma nativo. 

Contrariamente, un estadounidense de raza negra no es ‘americano’ sino afroamericano, y un hijo de peruanos que nace en Estados Unidos tampoco es ‘americano’ sino latino, cual sea su raza y aunque posea el mismo idioma nativo. Quizá para los sirios lo mejor sea quedarse donde sean bien aceptados. Lamentablemente ahora no están en condiciones de negociar en qué calidad se quedan, pero muchos han conseguido preservar su vida –el derecho fundamental–. Ante el futuro incierto, les queda ahora la esperanza.

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