¿Son los toros un problema moral?, por Fco. Miró Quesada C.
¿Son los toros un problema moral?, por Fco. Miró Quesada C.
Francisco Miró Quesada C.

No cabe duda de que el espectáculo taurino despierta pasiones y encendidos debates entre aficionados y detractores a esa fiesta. Estos últimos claman por su prohibición, buscan sensibilizar a la población para que tome conciencia del sufrimiento al que son sometidos los toros en las corridas, al ensañarse durante las faenas con un animal “inocente”, con desprecio de sus derechos, considerando que toda crueldad debería ser desterrada.

¿Cómo se originó el espectáculo taurino? Tendría sus inicios en las Guerras Púnicas, cuando los romanos conquistaron lo que hoy es España. Plinio menciona que Julio César introdujo la práctica al atacar a los toros con una pica, a caballo. Sin embargo, la primera referencia histórica señala una corrida en el 1080, durante la boda de Sancho de Estrada. Las corridas evolucionaron hasta que en el siglo XVIII surgió el toreo a pie, la lidia tal como se conoce actualmente. 

¿En qué consiste una corrida? Se divide en tres tercios: la pica, las banderillas y la “faena” (la muerte del toro). Cada tercio no solo tiene por fin el lucimiento de los toreros, sino también se va mermando las fuerzas del toro, que, no podemos olvidar, se trata de una fiera. Los toros de lidia son una especie diferente. No son como los animales sin casta. El toro se defiende, y muchas veces hiere y hasta mata. Esa es la lucha, que procura ser plástica, entre el animal y la inteligencia y el arte del hombre.

Todo el desarrollo de la faena de un toro no debe durar más de veinte minutos y está encaminada a la muerte del astado con una espada, a la cual se denomina estoque. A esta se la llama la “suerte suprema”, porque es el colofón de la faena y un momento de mucho peligro para el torero cuando la ejecuta, pero, repetimos, el torero, además de valor, tiene la ventaja de usar sus conocimientos para salir airoso frente a la arremetida del toro.

Los amantes de la consideran esta lucha un arte, plasmado en la pintura, literatura, música, etc. Al respecto, confieso que tengo una actitud cínica, porque, aunque conscientemente digo que las corridas deberían ser prohibidas, he asistido a muchas de ellas y he visto a grandes figuras históricas, como “”, muerto en el ruedo y recordado por su toreo señorial que marcó toda una etapa de 1939 a 1947, año de su muerte. También he visto a Armillita, gran dominador del capote y la muleta, pero la mejor corrida que he visto en mi vida fue protagonizada por el mexicano Luis Procuna, diestro desigual, de grandes triunfos y grandes fracasos. El día que lo vi en Acho no había comenzado muy bien e incluso el toro lo derribó rasgándole la taleguilla. 

Procuna se puso de pie y comenzó a dar con la muleta una serie de pases verdaderamente escalofriantes por lo cerca que le pasaban los afilados pitones del animal. El público captó el profundo dramatismo del momento y siguió la faena entre un clamor pocas veces visto. 

La edad de oro del toreo moderno la iniciaron y José Ortega “Joselito”. Belmonte acortó las distancias entre toro y torero, además comenzó a ligar los pases de la faena. Antes de él se había toreado más con las piernas y a partir de él, con los brazos. Paradójicamente, pese haber tenido numerosas cogidas, no murió en el ruedo y se suicidó en 1962. 

Mi padre, Racso, fue uno de los mejores amigos de Belmonte. Lo conoció en Lima y años después pasó una larga temporada junto a él en Sevilla. Belmonte fue un hombre de origen humildísimo que se forjó una gran cultura como autodidacta. Racso escribió un ensayo filosófico, “La renovación estética por el toreo”, basado en el arte de Belmonte.

La fue una iniciativa de Manuel Solari Swayne, “Zeñó Manué”, crítico taurino de El Comercio. Creo que quienes están en contra de la tauromaquia tienen todo el derecho de manifestarse contra ella, pero sin apelar a la violencia ni al insulto. Al fin y al cabo, cada quien es libre de sus acciones. 

Hoy la tauromaquia, además de España, tiene muchos seguidores en Portugal y, sobre todo, en Francia. En Hispanoamérica, México es una gran nación taurina como también lo son el Perú, Colombia, Venezuela y Ecuador.