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Tía María y el efecto Concorde, por Jürgen Schuldt

Es irracional que la Southern continúe con el proyecto de Tía María.

Jürgen Schuldt Profesor emérito de la Universidad del Pacífico

Tía María y el efecto Concorde, por Jürgen Schuldt

Tía María y el efecto Concorde, por Jürgen Schuldt

Un concepto básico de la teoría microeconómica es el de costos hundidos. Como argumentaremos, adecuadamente aplicado al caso de Tía María, permitiría fundamentar que sería irracional que la Southern continúe con ese proyecto. Algunos ejemplos ayudarán a justificar la sensatez de suspenderlo definitivamente.

Fulano compró un bello libro, pero, a poco de leer las densas primeras páginas, lo descartó para siempre. Mengano cumplió dos años estudiando Economía, pero se cambió de facultad, desilusionado de la carrera. Así, pese al tiempo, energía y dinero que gastó cada uno –y que representan los costos hundidos–, decidieron renunciar a sus propósitos originales. Paradójicamente, sus decisiones aparentemente absurdas son ilustrativas de un comportamiento perfectamente racional, porque cada persona consideró que habría tenido que dilapidar demasiada energía si continuara con esa actividad, cuando podría disponerla para otra más satisfactoria. 

Pero esas decisiones “correctas” no son comunes. En la práctica, siguiendo con los ejemplos mencionados, terminamos de leer el pesado libro y de culminar la inadecuada carrera, incurriendo en lo que se conoce como la falacia de los costos hundidos, consecuencia de la aversión a la pérdida.

Dos ejemplos adicionales nos facilitarán el análisis de Tía María. Uno es el trágico caso de la guerra de Vietnam (1959-1975), de la que Estados Unidos debió retirarse en 1968, cuando ya se sabía que la tenía perdida. Pero al gobierno le resultaba difícil retirarse porque la nación tenía “una deuda con todos los que habían fallecido”, por lo que terminaron empantanándose en la falacia, asumiendo costos inútiles enormes y lamentando la muerte de 60 mil soldados. Otro caso es el de los aviones supersónicos de pasajeros Concorde, generosamente subsidiados por los “concordantes” gobiernos galo y británico, que decidieron que el proyecto –pese a los exorbitantes costos– debía llevarse adelante a toda costa, tratándose de “una maravilla de la tecnología” que contribuiría al “prestigio y orgullo nacional”. Suspendieron sus vuelos en el 2003, básicamente por los explosivos gastos, el ruido al despegar y la contaminación. Desde entonces se lo conoce como efecto Concorde.

Con ello llegamos al Caso Tía María. En el 2007, la Southern anunció que invertiría apenas US$950 millones en el proyecto, que produciría 120.000 toneladas métricas finas por año de cátodos de cobre. En efecto, comenzó gastando US$220 millones y algo más en el 2008-2009 (Ministerio de Energía y Minas, “Anuario minero 2009”, págs. 55-56). Los suspendió por los cuestionamientos al primer estudio de impacto ambiental (EIA). Ahora la inversión alcanzaría US$1.400 millones (47% superior al presupuesto original) para producir la misma cantidad. 

Por los lamentables hechos acaecidos desde la aprobación del segundo EIA, el director de Relaciones Institucionales de la Southern informó que “dejarían Arequipa” definitivamente (RPP, 27 de marzo). Decisión muy racional, a pesar de los US$348 millones o más millones de costos erogados hasta entonces. En la tarde de ese mismo día, el presidente de la empresa lo desautorizó, prometiendo que el proyecto continuaría, presionado por el gobierno (el efecto Concorde) para evitar “espantar la inversión extranjera”. 

Para continuar y tratar de salvar lo invertido (los costos hundidos), la empresa viene otorgando concesiones (fideicomiso, represa, desalinizadora), inflando aun más el presupuesto. Además, como es casi seguro que las protestas continúen y se pueden extender a otras regiones, las paralizaciones que sufriría la producción serían pan de cada día. Tampoco es de esperar que los precios del cobre suban sustancialmente para cubrir los sobrecostos. Para colmo, en su breve mensaje a la nación, el presidente Ollanta Humala le sopló la pluma del problema a la empresa, la que ha pedido estrechos dos meses para resolverlo.

Son conocidas las múltiples razones por las cuales la gran mayoría de los tambeños rechaza la mina y que, a escala nacional, “un 68% considera que el proyecto debería suspenderse de manera indefinida o, simplemente, debería cancelarse” (Encuesta GfK). El directorio de Southern debería llegar a la misma conclusión, considerando los gastos económicos y sociopolíticos que habrán de afrontar a futuro, al margen de los costos hundidos. Deberían aprender del IPAE, que –pese a los gastos asignados– descartó Arequipa como sede de la CADE 2015 para no caer en la falacia de los costos hundidos.

A futuro las autoridades deberían asegurarse que, antes de aprobar una determinada concesión minera, estén dadas las condiciones geográficas y socioeconómicas de la zona otorgada, para evitar conflictos sociales y asegurar el desarrollo pleno del proyecto.

Finalmente, desafortunadamente casi todos sufrimos de monocromatismo, esa enfermedad nacional que solo nos permite ver el mundo en blanco y negro, por lo que en esta materia únicamente concebimos dos posibilidades: “minería, sí o sí” o todo lo contrario. De donde cada bando colige que solo existen promineros o antimineros, una modalidad perversa de descalificar al otro, cancelando así toda posibilidad de diálogo con el “enemigo”. Volvamos a enfocar los problemas en tecnicolor, a fin de evaluar cada proyecto caso por caso, para validarlo o recusarlo política y racionalmente, sin apasionamientos e intereses personales.

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