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La tortuga asustada, por Santiago Roncagliolo

“Muchos analistas consideran que el referéndum, anunciado para el 1 de octubre, simplemente no se realizará”.

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(Ilustración: Rolando Pinillos Romero)

"Un nacionalista es como una tortuga asustada. Se encierra en su caparazón, mira solo para adentro y se siente seguro, aunque para ello deba olvidar que existe más gente en el mundo".(Ilustración: Rolando Pinillos Romero)

(Ilustración: Rolando Pinillos Romero)

Usted, lector peruano, quizá no lo sepa, porque la prensa internacional ya está aburrida del tema. Pero en caso de que le importe, los soberanistas han anunciado un nuevo referéndum para la independencia de Cataluña. Sí. Otro más.

En los últimos cinco años, ya han organizado uno y amenazado con declarar la independencia unilateralmente varias veces. El actual presidente catalán había prometido que para julio de este año ya habrían roto con España. Y aquí seguimos.

Como es un espectáculo tan viejo, ni siquiera los medios de comunicación españoles han ardido. Una moción de censura parlamentaria contra el presidente Rajoy, sin posibilidad de prosperar, ha despertado mucho más interés. El mayor impacto mediático que han conseguido los independentistas es la declaración de Josep Guardiola, ex entrenador del Barcelona, que llamó a España “Estado autoritario”, demostrando que, por suerte, él nunca ha visto un Estado autoritario de verdad.

Muchos analistas consideran que el referéndum, anunciado para el 1 de octubre, simplemente no se realizará. De hecho, hasta sus patrocinadores parecen creerlo. En cierto modo, anuncian el evento precisamente para que España lo impida. Así, el nacionalismo catalán podrá seguir victimizándose. A falta de un proyecto, el único pegamento político es un enemigo.

Un referéndum es posible, en realidad. Solo que, al igual que los de Canadá o Escocia, tendría que hacerse de acuerdo con el Estado central. La tercera fuerza en el Congreso de los Diputados de España, Podemos, defiende la consulta. Y la segunda, el PSOE, podría hacerlo según las circunstancias. Eso sí, para negociar en el Congreso, los nacionalistas deberían mostrar algún respeto por el resto de españoles, con los que han convivido durante más de quinientos años.

El independentismo prefiere pensar que todas esas personas son iguales que Rajoy, y que con ninguna de ellas se puede hablar.
No es de extrañar. Por naturaleza, un nacionalista considera que sus problemas son gravísimos, pero los ajenos, dan igual. Resulta increíble que aún pretendan convencer (y convencerse) de que la Unión Europea los recibiría con los brazos abiertos. Europa se está desangrando entre nacionalismos: ‘brexit’, Marine Le Pen, Wilders. Lo último que necesita es uno más. Ha rechazado a todos los líderes catalanes que le han pedido apoyo. Ha hecho explícito su interés por una España unida. Pero los soberanistas se han tapado los ojos y las orejas con banderas: “¿Cómo no nos van a querer en Europa? –se repiten– ¡Si somos geniales!”.

Un nacionalista es como una tortuga asustada. Se encierra en su caparazón, mira solo para adentro y se siente seguro, aunque para ello deba olvidar que existe más gente en el mundo. Si permanece así demasiado tiempo, la tortuga acaba volviéndose xenófoba. Hoy, en Cataluña, mucha gente me repite: “Yo solo compro cosas de aquí”. “Yo solo contrato a gente de aquí”. “¿Por qué no escribes libros sobre cosas de aquí?”. No son malas personas. Al contrario. Para ellos, esa pobre gente no catalana –como yo– es digna de compasión.

No obstante, tras cinco años de parálisis, muchos catalanes también saben que esto no lleva a ninguna parte. Incluso para una eventual independencia, Cataluña necesita del resto del mundo. Reconocer a los demás es imprescindible para llegar a acuerdos con ellos. Aislarte no resuelve los problemas. Solo impide enfrentarlos.

Los próximos meses revelarán cuál de las dos actitudes predomina. Con este referéndum, el soberanismo pretende azuzar a la tortuga para que mantenga la cabeza oculta. Y quizá funcione. Pero un lustro de solipsismo estéril también podría darle vuelta al animalito, y dejarlo varado en la arena, achicharrándose al sol, mientras las demás tortugas se echan al mar.

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Josep Gaurdiola

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