De primera impresión es evidente la tentación de poner en el mismo saco, de un lado, la captura de Nicolás Maduro, dictador venezolano, a inicios de año por parte de las Fuerzas Armadas de EE.UU. y, de otro, el ataque de este último país e Israel en contra de Irán, que terminó con el asesinato de ayatola Ali Jamenei. En ambos casos, EE.UU. sacó del tablero global –por la fuerza– a un autócrata con las manos manchadas de sangre. Y en ambos casos hay incertidumbre sobre el orden, o desorden, que seguirá la transición de poder.
Pero las similitudes no van mucho más allá. A diferencia de Maduro, Jamenei viene de una tradición política de larga data con fuertes raíces religiosas. Luego de la revolución de 1979, la teocracia iraní gobernó con puño de hierro y aplastó protestas de estudiantes, comerciantes, reformistas, y en general de cualquiera que opinara de forma contraria al régimen. A finales del año pasado, la crisis económica desencadenada por la inflación, la depreciación de la moneda y la escasez de agua y energía llevaron a miles de personas a las calles. Entrado el 2026, quedaba la sensación de que el régimen podría estar entrando en su etapa terminal.
Otra diferencia sustancial con respecto de Venezuela es el posicionamiento de Irán como una potencia regional. Aparte de tener una economía cuatro veces más grande que el país latinoamericano, el régimen islámico chiita ha sido exitoso en reclutar y sostener milicias externas como los hutíes en Yemen y Hezbolá en el Líbano. El desarrollo de su programa nuclear es una preocupación que deberían compartir no solo sus vecinos, sino el resto del planeta. Además, Irán ha cultivado amistades poderosas en el plano diplomático, como China y Rusia, que podrían desestabilizar aún más la situación.
Más allá de la discusión sobre la legitimidad de una intervención militar de este tipo, todavía es pronto para saber las consecuencias de la caída de Jamenei. El vacío de poder puede traer más violencia. Hasta ahora, autoridades iraníes hablan de casi 150 fallecidos en su país. En tanto, Israel y otros países de la región sufren la represalia iraní con ataques dentro de sus fronteras. Reza Pahlavi, el hijo mayor del sha derrocado en 1979, tiene interés en tomar las riendas en este período, pero no es claro que lo pueda conseguir. La Guardia Revolucionaria sigue por ahora vigente.La historia nos enseña que derrocar al dictador puede ser la parte fácil. Ahora viene lo más difícil y peligroso.