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Trump y Venezuela
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Mucho se ha comentado a estas alturas sobre la captura del presidente Maduro el pasado 3 de enero, en medio de mucha incertidumbre y falta de información, lo que hizo que muchas de las evaluaciones iniciales reflejaran más las posturas previas, ilusiones, deseos o temores de quienes opinaban antes que el rumbo de los acontecimientos. En una situación como esta, una guía de orientación son los principios, que se aplican sin importar el contexto: así, algunos invocaron el respeto al derecho internacional, condenaron la intervención estadounidense y expresaron preocupación por las consecuencias que tendrían prácticas como las ocurridas; otros privilegiaron la necesidad de liberar al pueblo venezolano de una tiranía opresora y corrupta, y avizoraron oportunidades para una democratización.
Con el paso de los días, algunas cosas parecen ir quedando claras. Primero, estaríamos ante un cambio muy importante en el tipo de relación entre Estados Unidos y América Latina, y en el orden político internacional. Habría que tomar muy en serio la nueva estrategia de seguridad para Estados Unidos presentada en noviembre; en ella se reivindica la Doctrina Monroe de 1823, según la cual se declara al hemisferio occidental como espacio de preeminencia de Estados Unidos, ampliada por el corolario Roosevelt de 1904, que “legitima” la intervención de EE.UU. en América Latina ante situaciones de “inestabilidad”. El corolario Trump niega “a competidores no hemisféricos la capacidad de posicionar fuerzas u otras capacidades amenazantes, o de poseer o controlar activos estratégicamente vitales en nuestro hemisferio”.
Durante el segundo mandato de Trump, la pregunta era hasta dónde llegaría la retórica y hasta dónde la práctica, y la intervención en Venezuela parece haber aclarado el punto. Trump ha sido explícito en justificar los ataques en nombre de “recuperar los derechos petroleros estadounidenses”. Abandonar el respeto al derecho internacional en nombre de los intereses estratégicos abre por supuesto la puerta para la intervención arbitraria de EE.UU. en todo el hemisferio, y también la acción de potencias como Rusia y China en sus “áreas de influencia”.
Segundo, si bien la caída de un autócrata como Maduro podría ameritar una celebración, su captura no necesariamente está asociada a un proceso de democratización en Venezuela, lamentablemente. Ya mencionamos que la intervención militar de Trump invoca la recuperación del petróleo en primer lugar y, complementariamente, la lucha contra el narcotráfico y la corrupción. Se está trabajando con el poder establecido en Venezuela, encarnado en Delcy Rodríguez, no con los líderes de la oposición democrática. Queda todavía pendiente resolver la angustiante pregunta de cómo puede un pueblo oprimido por una dictadura librarse de ella, cuando intentó la protesta callejera masiva y la movilización electoral que condujo a un triunfo en las urnas, pero no pudo imponerse dada la eficacia represiva del régimen al que se enfrenta. Ni invocar el respeto al derecho internacional ni la intervención imperial parecen resolver el problema de los venezolanos.
Finalmente, la gran pregunta es qué tipo de concesiones considerará Trump aceptables del nuevo gobierno venezolano. ¿Se contentará con concesiones en materia petrolera y de combate al narcotráfico? ¿Se incluirían además algunas medidas liberalizadoras, pero sin ceder el poder? ¿Podría pensarse en el inicio de un proceso de transición a una democracia plena en plazos razonables? Lamentablemente, no se perciben señales de lo último por el momento.

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