¿Sabes la última?, por Hugo Coya
¿Sabes la última?, por Hugo Coya
Hugo Coya

Periodista

Una supuesta “descompensación” cardíaca de Pedro Pablo Kuczynski en Cusco a dos días de las elecciones, la renuncia a la candidatura de Alfredo Barnechea ante su posible derrota, fotos y videos adulterados para vincular a Verónika Mendoza con el terrorismo, encuestas inventadas y una amplia gama de noticias falsas. La guerra sucia alcanzó su máximo nivel durante las postrimerías de la primera vuelta electoral. 

Quizá la versión más delirante haya sido aquella de un supuesto complot del gobierno del presidente Ollanta Humala con altos mandos militares y terroristas de Sendero Luminoso para coordinar una serie de atentados que generasen zozobra a fin de propiciar una ruptura del orden constitucional.

Para dar verosimilitud al “trascendido”, aparecieron audios de una mujer y un hombre no identificados compartidos por WhatsApp en los que se aludía como “fuente” a supuestos parientes cercanos a los uniformados que les habían contado acerca de los siniestros planes y que recomendaban no ir al Centro de Lima el 5 de abril.

¿Podría alguien creer que Humala y los militares se unirían a Sendero Luminoso para, en forma coordinada, ayudarlo en una asonada? Y... ¡oh sorpresa!... nada menos que el 5 de abril. Pues hubo numerosas personas que creyeron todo esto y dieron como cierto al compartirlo, a pesar de que la intención era evidente: causar el fracaso de la marcha antikeiko.

Pero no es el único caso. En las últimas semanas, los peruanos hemos escuchado, visto y oído los más disparatados rumores y chismes que crecieron como bolas de nieve sin saber cuál era su origen exacto. 

Incluso, una encuesta aseguraba que Alan García estaba en segundo lugar y que iba a pasar a la segunda vuelta. Hasta el propio ex presidente y sus seguidores hicieron alusión a ella en reiteradas oportunidades, cuando existían grandes evidencias de que se trataba de una más de las tantas patrañas que circulaban en el país. 

Aprovechándose de la incertidumbre electoral y el estrecho margen entre los candidatos que ocupaban realmente el segundo lugar, algunos estrategas políticos y sus troles decidieron apostar por el despliegue de una nutrida artillería de hoax, como se acostumbra llamar a las noticias falsas que circulan boca a boca, por Internet, correo electrónico o redes sociales.

Nada nuevo bajo el sol. Los chismes, rumores y psicosociales son prácticas antiguas en la política, pero, en esta ocasión, alcanzaron niveles pocas veces vistos.

En su libro “The Psychology of Rumor”, los estadounidenses Leo Postman y Gordon Allport demuestran que esta táctica política es de larga data, al recordar que el presidente de Estados Unidos, Thomas Jefferson, quien gobernó entre 1801 y 1809, fue acusado de ateo por pretender limitar los privilegios eclesiásticos en Virginia, un hecho inadmisible en aquella época. 

Varios siglos antes, los emperadores en la antigua Roma nombraban delatores —del latín ‘delatio’— cuyo trabajo era circular por las calles, y escuchar rumores y chismes para hacerles conocer el vox pópuli.

Ahora, gracias a la creciente presencia de las redes sociales en nuestras vidas, su eficacia y propagación es mucho más rápida. En cuestión de segundos, miles de personas se dedican a comentar hechos que les llegan de supuestas “fuentes seguras” y que les piden compartir para alertar o informar, en aras de una inexistente utilidad pública.

Las intenciones son claras. Las cadenas con contenidos nauseabundos se esparcen y su hedor permite que sus autores destruyan la reputación de algún adversario político, tuerzan la intención de voto, generen incertidumbre o, peor aun, el pánico.

Cuando ocurre situaciones como estas, cabe preguntarse: ¿qué hace que las personas acepten estas versiones? Los especialistas aseguran que para que estas informaciones falsas sean creíbles tiene que haber algún obstáculo para acceder a ciertas informaciones y, al mismo tiempo, poseer algún halo de verdad, un cierto detalle circunstancial que las hagan verosímiles.

La falta de transparencia constituye un imán que atrae la curiosidad, enciende la imaginación, contribuye a que muchas mentiras se vuelvan admisibles. Esto a pesar de que se sabe que no toda noticia que circula por Internet es verdadera ni que todo rumor es necesariamente falso. ¿O es que un rumor se puede volver real si todo el mundo lo cree?

¿Conoces la última? Es una pregunta a la que pocos se resisten y más aun en una sociedad tan sedienta de información como la peruana, donde casi todo se reglamenta y casi nada se cumple. ¿O alguien tiene dudas acerca de la inutilidad de prohibir la divulgación de encuestas siete días antes de los comicios? ¿Cuántas personas ganaron o perdieron dinero con la especulación financiera generada por la incertidumbre de los últimos días?

Los rumores y chismes parecen inherentes a la naturaleza humana, pero una auténtica democracia no puede promoverlos con normas arcaicas que refuerzan el desconocimiento, la desinformación y la desconfianza.