Entre la nutrida cosecha de nuevas obras e instituciones que nos dejó la desdeñada era del guano (¿fue de veras falaz su prosperidad?), debe mencionarse con especial relieve a la Escuela de Ingenieros Civiles y de Minas, convertida hoy en la Universidad Nacional de Ingeniería. Fue un 23 de julio de hace 150 años que tuvo lugar su ceremonia de inauguración, en el local de la Universidad de San Marcos, donde estuvo inicialmente alojada hasta la ocupación de Lima por los chilenos.
Durante el Virreinato, la universidad peruana no producía más que hombres de leyes y de letras. En el apogeo del reformismo borbónico, que sacudió al país en las postrimerías del siglo XVIII, se introdujo la formación de médicos y la preocupación por hacer algo semejante para la tarea de diseñar puentes, fuertes militares y explotaciones mineras. La misión Nordenflicht, que arribó al país en 1790, tenía entre sus cometidos poner en marcha una escuela de minas que hiciera de los buscones, “prácticos” y metalurgistas empíricos, que dirigían la producción de plata en el país, hombres entrenados en las reglas de las ciencias físicas y químicas que estaban revolucionando el Viejo Continente. Pero la crisis económica de 1800 dio al traste con esos planes, y ni la producción minera pudo remontar ni la dichosa escuela llegó a abrirse. Poco después sobrevino la independencia, que puso sobre la mesa polémicas más urgentes y dosis de inestabilidad nada propicias para una reforma de ese calibre.
La bonanza del guano trajo algo de orden y mucho de recursos financieros. Entre el aluvión de propuestas sobre lo que cabía hacer con la lluvia de millones que de pronto bendecía a estas tierras –ferrocarriles, atracción de inmigrantes, conquista de la Amazonía, hospitales o compra de armamento–, alguien recordó que teníamos una asignatura pendiente: una reforma educativa que dotase al Perú de expertos y doctos ‘no nada más’ (como dicen los mexicanos) en redactar historias, versos y constituciones, sino en asuntos más terrenales, que en este país eran de una necesidad urgente, como enfrentar epidemias, explotar minas, refinar minerales, levantar edificios complejos u organizar las finanzas públicas. Se abrió así la Facultad de Medicina de San Fernando y se organizó un Cuerpo de Ingenieros y Arquitectos del Estado, que debían calificar a las personas aptas para dirigir trabajos de edificación. Fue esta institución, junto con el deseo de levantar a la minería metálica de la postración en la que se había hundido con la independencia, lo que impulsó la erección de la Escuela de Ingenieros en 1876.
Eduardo de Habich, ingeniero polaco formado en Francia, fue el encargado de contratar profesores en Europa y diseñar el plan de estudios de la escuela. Simultáneamente se creó en San Marcos la Facultad de Ciencias Político-Administrativas, donde debían impartirse cátedras de Economía Política y Ciencia Actuarial que dotasen al Estado de personal competente en dichas materias.
Poco después de su fundación, la Escuela de Ingenieros comenzó a publicar unos anales y un boletín que, luego del paréntesis causado por la Guerra del Salitre, dieron a luz un surtido impresionante de estudios acerca de las potencialidades productivas de la nación. Los ingenieros fueron un nuevo tipo de intelectual en el Perú. Distintos a los historiadores y poetas, que habían retratado al país hasta entonces con gran imaginación y belleza, pero con poco conocimiento directo de lo que hablaban. A diferencia de estos, los ingenieros salían al campo, recorrían el territorio y trataban con los campesinos. Su mirada del país fue menos filosófica y más utilitaria.
La población ilustrada en el Perú era por entonces tan reducida que unas cuantas decenas de hombres, bien organizados y con capacidad de discurso, podían alcanzar un impacto poderoso en la política nacional y en los planes de gobierno. El apogeo económico que vivió el país en las primeras tres décadas del siglo pasado no habría ocurrido sin los ingenieros.
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