(Ilustración: Jhafet Ruiz Pianchachi).
(Ilustración: Jhafet Ruiz Pianchachi).

Para mí, la obra cumbre del cine de humor político contra la dictadura es “El gran dictador”, protagonizada por . El momento más hilarante del filme ocurre cuando Hinkel (o sea ) alcanza el éxtasis y juega con el globo –que, en el fondo, es el mundo– dando rienda suelta a su cratolagnia; es decir a su lascivia por el poder, por tener todo el mundo controlado entre sus manos, dándole caderazos y nalgazos con todo su cuerpo.

Es la representación del poder total y absoluto, que controla plenamente a la humanidad, exigiendo que se le rinda pleitesía, con la tierra a sus pies y su grandeza incuestionable, que produce la admiración de su lugarteniente, Garbitch (basura), quien personifica a Joseph Goebbels.

Chaplin también protagonizó otra película, aunque esta es crítica del sistema capitalista y de la sociedad industrial, sobre todo en los Estados Unidos (“Tiempos modernos”). Con Chaplin, que en el fondo es un socialista democrático muy a lo anglosajón –como lo es ahora Bernie Sanders–, ni el dictador ni el sistema económico dominante quedan en pie ante la implacable lógica de su humor crítico, ácido, y hasta trágico, que le imprime no solo él, sino también el resto de los actores que nos hacen reír y que, en su ironía, nos mandan un mensaje por la libertad, la democracia y la justicia social. ¿Qué hubiera hecho un Chaplin del siglo XXI con la globalización y el neoliberalismo? Seguramente, maravillas.

El humor es democrático, lúdico. Se filtra sigilosamente entre nosotros y nos hace seres humanos libres, a pesar de la tragedia de la tiranía y su gran huella y de un sistema que nos aplasta –aunque te haga creer que no lo hace–. El humor solo puede difundirse públicamente y llegar a los ciudadanos en democracia. Esto es así porque cuando nos burlamos de las autoridades, tenemos la garantía de que al día siguiente no vendrá la Gestapo, la SS o la KGB a tocarnos la puerta. Porque en una dictadura, sobre todo cuando esta es totalitaria, resulta imposible tomarle el pelo al líder máximo o a los dirigentes del partido que, como los dioses, aseguran estar conduciendo a su pueblo hacia “un mundo mejor”. Aunque millones de personas se estén muriendo de hambre, como ocurre en por culpa de ese maldito culto a la personalidad.

En una dictadura, programas como “Los chistosos”, columnas como las de Luis Felipe Ángel (Sofocleto) que los más jóvenes no alcanzaron a disfrutar, y las caricaturas que se publican en los periódicos y que se difunden en la red burlándose de políticos y funcionarios públicos, serían prohibidos de raíz y sus autores silenciados, deportados, apresados o hasta torturados, según los niveles de ferocidad del dictador y sus secuaces.

Esa es la destrucción total de lo humano –porque no hay nada más humano que el sentido del humor–. Los ciudadanos podemos reírnos y burlarnos de aquellos que se creen conductores del destino de la humanidad –o, entre nosotros, de los peruanos–, y ello debe estar garantizado por un sistema que permite, incluso, burlarse de él. Y eso solo es posible en democracia. Como se observa, la relación ‘democracia-sentido del humor’ es prácticamente inmediata.

Por el contrario, en las dictaduras de cualquier pelaje ideológico, todo humor –sea fino o vulgar–, y sobre todo cuando involucra al líder máximo, es reprimido. Porque en estas, los ciudadanos no se pueden reír del líder, pues este último es considerado una divinidad y, por lo tanto, cualquier mofa contra él puede tomarse como un sacrilegio.
Por eso, el sentido del humor, que algunos lo reprimen por diversas razones, es el último refugio de la humanidad contra la tragedia de la dictadura.

Parafraseando a Aristóteles, solo Dios y los animales carecen del sentido del humor. Dios, porque no sabemos si lo tiene. Y los animales, porque no lo tienen. En las dictaduras, el humor es privado, se encierra en las casas y solo se exhibe entre la familia o los amigos. En las democracias, por el contrario, se hace público.