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Es otro país; date cuenta, candidato
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En el 2001, el Perú tenía cerca de 15 millones de electores. Hoy somos 27,5 millones. Y casi la mitad de quienes votan se encuentra entre los 18 y 39 años. No es un dato anecdótico ni una curiosidad demográfica: es el elefante en la sala de las últimas campañas electorales. Fernando Tuesta lo ha comentado recientemente con meridiana claridad, aunque muchos prefieren seguir hablando como si ese elefante no estuviera ahí.
A pesar de ello, buena parte de nuestra clase política insiste en comportarse como si el problema fuera la falta de memoria del electorado. Como si los votantes hubieran olvidado gobiernos, crisis, promesas incumplidas y viejas disputas ideológicas. Pero el diagnóstico es otro, bastante más incómodo: no se trata de un electorado sin memoria, sino de uno con otra biografía. Una biografía que no conecta con muchas de las referencias que siguen ocupando el centro de los discursos políticos, que ahora se destilan vía TikTok.
El resultado es una escena casi entrañable, si no fuera porque en verdad es preocupante: candidatos hablándole al país que fue, no al país que es. Mensajes diseñados para tópicos, que ya no son relevantes y que solo se actualizan en la mente de quienes compiten por gobernarnos. Esto es según un informe del IEP: hombres, mayores de 60 años y limeños, en su mayoría.
Debates atrapados en ejes clásicos –derecha e izquierda, conservador y progresista–, mientras una parte creciente de los votantes está ocupada en algo más prosaico: sobrevivir, proyectarse, no caer.
Esta enorme desigualdad de públicos, de la que habla Tuesta, explica mucho mejor el desencanto político que cualquier teoría sobre apatía ciudadana. Porque el nuevo universo de votantes, en verdad no es indiferente, es exigente. Consideremos que esa masa mayoritaria de electores creció en un contexto de expansión económica, mayor acceso a la educación y un salto tecnológico sin precedentes. Se le prometió movilidad social, meritocracia y oportunidades.
Y, en cambio, se le entregó estancamiento, subempleo y una seguidilla de escándalos que hicieron de la política un sinónimo de privilegio mal administrado.
Aquí aparece el verdadero giro que muchos partidos aún no quieren ver. Las nuevas demandas no pasan por banderas ideológicas clásicas, sino por ejes como estabilidad versus precariedad, acceso versus exclusión, futuro viable versus supervivencia permanente. No se trata de cambiar el sistema, sino de hacerlo habitable. No se trata de una revolución, sino de un reformateo.
En términos de innovación –concepto muy citado en campañas y poco aplicado en política–, este electorado no pide disrupción sino iteración. Menos refundaciones épicas y más mejoras incrementales. Menos promesas grandilocuentes y más políticas que acumulen resultados. Ajustes continuos, costos claros, plazos razonables, impactos medibles. En suma, que funcionen las cosas.
Como decía Tuesta, la campaña ya empezó. Y el desafío no es convencer al nuevo contingente de electores de recordar el pasado, sino de creer que el futuro puede ser un poco menos incierto. Y eso no se logra con revoluciones impostadas, sino con reformas bien hechas.

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