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Fue la economía, por Fernando Berckemeyer

“A Hugo Chávez se lo llevó la muerte pocos meses antes de que el gobierno que legó a Venezuela pusiera la primera tarjeta de racionamiento de alimentos”.

Fernando Berckemeyer Ex director periodístico de El Comercio

Venezuela

“Lo que estamos viendo, por muy positivo y promisorio que es para la tragedia venezolana, no significa algo así como la activación de una consciencia internacional”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

Ilustración: Víctor Aguilar Rúa.

La respuesta internacional contra la instauración de un segundo gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela es mencionada en algunos lugares como una reacción en pro de la democracia y el Estado de derecho. Y lo es, en la medida en que el régimen que el chavista preside es una dictadura desde el punto de vista de cualquier estándar que no quite todo sentido a la palabra. Pero no por ello debe pensarse que el punto de quiebre para determinar esta respuesta fue el que se dice: el intento del dictador de instaurarse en el poder para un segundo mandato nacido de unas elecciones-pantomima.

Ya desde los años de Hugo Chávez había en Venezuela elecciones con opositores perseguidos, medios acosados, ausencia de autoridades electorales (o de cualquier tipo) independientes y grupos de votantes cuyo comportamiento electoral el gobierno vigilaba y, cuando le era contrario, sancionaba (como hacía, por ejemplo, con los empleados del Estado, el mayor empleador del país).

Ya había también con el comandante un régimen que había concentrado todos los poderes en unas mismas manos, de modo que quienes se oponían a él no tenían ningún tipo de garantías para sus derechos.

Y había perseguidos políticos y todos los indicadores, en realidad, por los que hoy podemos afirmar que en Venezuela hay una dictadura.

La gran diferencia es que antes, en las épocas de los altos precios del petróleo, en las que las medidas del socialismo del siglo XXI recién comenzaban a implementarse o eran demasiado jóvenes para lograr en la economía venezolana lo que invariablemente termina logrando en todas partes, había bonanza. Ergo, podía haber dictadura pero no había una oposición mayoritaria como para que el gobierno tuviera que mostrar todo lo que puede hacer una dictadura: todavía no sucedía, por ejemplo, que el Helicoide, la sede del servicio de inteligencia bolivariano (Sebin) en Caracas, se llenase de opositores torturados, o que el cuerpo de un concejal de oposición saliese expulsado al vacío desde el piso 10 de otro edificio del Sebin en la capital, como sucedió el año pasado.

Los atropellos democráticos que se producían consistentemente, como las tomas de las diferentes instituciones públicas y la persecución y los cierres de medios, parecían solo pérdidas teóricas frente al trasfondo de los US$400.000 millones que únicamente en “inversión social” llegó a repartir Hugo Chávez en una década (según la Cepal), reduciendo la pobreza de forma significativa (temporalmente). Las noticias sobre la dictadura en el exterior, en consecuencia, no eran tan grotescas como lo llegarían a ser, y de cualquier forma, ¿qué país se compraría el problema de “intervenir” en una dictadura que tenía el aplauso de la mayoría de su población?

Luego las nacionalizaciones, los controles de precios y de divisas, la impresión de moneda, todas las medidas, en fin, del socialismo del siglo XXI –que, si juzgamos por ellas, resultó ser el socialismo de cualquier tiempo– empezaron a rendir sus frutos. A Hugo Chávez se lo terminó llevando la muerte poquísimos meses antes de que el gobierno que legó a Venezuela tuviera que poner la primera tarjeta nacional de racionamiento de alimentos. Su declarado sueño de hacer una revolución a la cubana se había cumplido, al menos en cuanto a los resultados, de manera increíblemente precisa.

A partir de ahí, con la escasez y la inflación ya disparadas, y con la pobreza creciendo aceleradamente hasta llegar a superar un anonadante 90% de la población, mientras el PBI se reducía a la mitad en seis años, la dictadura dejó de ser una dictadura con aprobación mayoritaria para volverse una dictadura con oposición no solo mayoritaria, sino crecientemente desesperada y unida. Lo que hizo que el régimen ya no enseñara únicamente los dientes frontales, sino todos. Su implícita divisa era “por la repartición o por la fuerza”, y se había quedado sin opciones para el primer sustantivo.

En paralelo, la crisis económica fue produciendo una migración que se estima podría sumar ya los cuatro millones de personas y que, si mantiene su vertiginoso ritmo de crecimiento, en un año más acabará superando a la producida por la guerra siria. Centrada en otros países de Sudamérica, esta migración llevó los problemas de Venezuela al interior de varios de sus vecinos de una forma que los presionó para empezar a verlos también como problemas internos. Esto, a su vez, se sumó a otros factores, como la elección en la región de varios gobiernos ideológicamente opuestos al chavismo, para posibilitar la hasta entonces inusitada presión que comenzó con el Grupo de Lima y se intensificó con la cada vez más decidida posición de Donald Trump (quien, por lo demás, no tiene problemas en defender otras autocracias aún más corruptas y sistemáticamente violadoras de los derechos humanos).

Entonces, lo que estamos viendo, por muy positivo y promisorio que es para la tragedia venezolana, no significa algo así como la activación de una consciencia internacional que está sentando precedentes para garantizar las democracias. Parece, más bien, el resultado de una serie de circunstancias que se han sumado a las de la dictadura y en las que el factor decisivo lo ha puesto eso que, según justamente Karl Marx, movía a la historia: la economía.

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