(Ilustración: Giovanni Tazza).
(Ilustración: Giovanni Tazza).
Ignazio De Ferrari

Politólogo. Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico

El Perú es y ha sido históricamente un país de emigrantes. Si algo ha tenido nuestro país es períodos de crisis sociales, económicas y políticas, que han llevado en diferentes momentos a miles de peruanos a abandonar el país. Según data del INEI, entre 1990 y el 2017, más de tres millones de peruanos abandonaron el país sin retornar, lo que equivale al 10% de la población total. Cuando en la década de 1970 el Perú era una dictadura y una democracia, y cuando una década después nuestra economía colapsaba, Venezuela se convirtió en un lugar de acogida para decenas de miles de compatriotas. En el 2010 se calculaba que 100 mil peruanos vivían en la tierra de Bolívar.

El Perú es y ha sido históricamente también un país de inmigrantes. A la llegada de los españoles se sumó en el transcurso de la República la inmigración china, japonesa y de una variedad de países europeos, en particular Italia. Estos inmigrantes y su descendencia contribuyeron a construir el país que somos hoy. A su vez, nuestra capital es un verdadero microcosmos del Perú. En ella conviven ciudadanos originarios de todos los rincones del país, fruto de diferentes olas de migración interna. No podemos siquiera empezar a entender nuestra cultura y nuestras diversas formas de pensar y sentir sin una reflexión sobre el impacto de las migraciones en quienes somos.

Entender las migraciones también es necesario para dimensionar las diferentes formas de discriminación que se reproducen cada día en nuestro país. Nuestro racismo se da, en buena medida, fruto de choques culturales en los cuales quienes vienen de otras partes no son aceptados por los que se perciben como dueños y representantes de la cultura local. Esa es, por ejemplo, la historia del racismo que han sufrido y siguen sufriendo los migrantes e hijos de migrantes del Ande que llegan a vivir a la costa. En todas las sociedades existe permanentemente la necesidad de construir identidad, y, más a menudo de lo que quisiéramos, esta construcción se da como rechazo al otro.

La xenofobia cada día mayor contra los inmigrantes venezolanos reproduce lo que históricamente se ha dado a escala local en nuestro país: la búsqueda de reafirmar lo propio como negación del otro. En nuestra historia se ha tratado, sobre todo, de identidades fragmentadas con diferentes subgrupos de peruanos que se discriminan entre sí, lo que hace casi imposible el desarrollo de una identidad y un proyecto nacional. La llegada de ciudadanos venezolanos nos “une”: reafirma lo peruano, pero en oposición al venezolano, al “veneco”. La construcción de identidad o de un relato común como negación de otra cosa puede ser un arma muy poderosa, pero también saca lo peor de nosotros mismos. ¿No queremos que nuestra identidad sea la afirmación de algo positivo?

Esto, en el fondo, nos debe llevar a reflexionar sobre si queremos ser una sociedad abierta, que busca estar conectada con el mundo, o si queremos ser una sociedad cerrada, aterrada al cambio y basada en nuestros instintos más primitivos como la tribu. El proyecto económico de Occidente, que pusimos en marcha en el Perú hace un cuarto de siglo, con su apuesta por el libre flujo de bienes, capitales y servicios, presupone una sociedad abierta para alcanzar su máximo potencial. Es hora de discutir con más seriedad en la región la necesidad de agregar el libre tránsito de personas a nuestro catálogo de libertades.

En el fondo, ser una sociedad abierta pasa por reconocer que las fronteras, como las personas, han estado en constante movimiento en la historia de la humanidad. La realidad es que ni los estados más ricos pueden controlar del todo sus fronteras. Menos aun nosotros. Es momento de que todos –el gobierno nacional, los gobiernos locales y la sociedad civil– nos hagamos cargo de la realidad que nos toca: mientras Venezuela no se arregle, sus ciudadanos seguirán emigrando. La verdadera disyuntiva no es si logran o no entrar al Perú, sino si esa inmigración va a ser ordenada y regular o caótica e irregular.

El Gobierno Peruano ha pasado de ser un ejemplo regional en la acogida de venezolanos a utilizar la política migratoria para recuperar la aprobación perdida en los últimos meses. A la exigencia de una “visa humanitaria”, se suma algo más preocupante. Según organizaciones de base trabajando en la frontera norte, las autoridades están empezando a negar el derecho a solicitar refugio. Esto es ilegal, pues atenta contra la definición del refugiado de Cartagena y contra el artículo 20 del reglamento de nuestra propia ley de refugio.

Durante años, sino décadas, hemos levantado la voz ante la xenofobia que viven nuestros compatriotas en el extranjero. Normalizar esa xenofobia contra los venezolanos en el Perú significa, en términos morales, renunciar a defender a los peruanos que padecen discriminación más allá de nuestras fronteras.

La migración venezolana nos confronta, en definitiva, con la pregunta de qué significa pertenecer a esta comunidad nacional, qué significa ser peruano. Porque los miles de venezolanos que llegan a trabajar y a hacer una vida en estas tierras irán adoptando muchas de las costumbres de este país. Sus hijos nacen y nacerán bajo nuestro sol, y serán peruanos con todas las de la ley. Y, como sucede con todos los flujos migratorios, nosotros también adoptaremos algunas de las costumbres venezolanas. Quizá algún día, si este experimento de convivencia funciona, estemos tan orgullosos del cebiche como de las arepas.