"Realmente vale la pena ver la serie y leer el libro. Y vale la pena hacerlo tratando de reconocer también en qué errores caemos nosotros". (Foto: Netflix)
"Realmente vale la pena ver la serie y leer el libro. Y vale la pena hacerlo tratando de reconocer también en qué errores caemos nosotros". (Foto: Netflix)
Daniela Meneses

Periodista y abogada

En el 2008, Marie Adler, entonces de 18 años, fue violada por un hombre que entró a su casa en la madrugada. En los días que siguieron, los policías y las personas más cercanas a ella comenzaron a sospechar que Marie había inventado la historia. Presionada, la joven terminó retirando su denuncia y fue acusada por hacer una falsa declaración. En el 2011, dos detectives mujeres le seguían el rastro a un hombre que violaba a sus víctimas de una manera muy similar a la denunciada por Marie. La historia puede verse hoy en la recién estrenada serie “Inconcebible” (Unbelievable) y leerse en el libro de no ficción “A False Report”, escrito por los periodistas T. Christian Miller y Ken Armstrong.

Tanto la serie como el libro atacan una terrible idea que sigue estando presente, de forma consciente o no, en la mente de demasiadas personas: que hay maneras “correctas” de reaccionar frente una violación sexual; una especie de ‘checklist’ que las víctimas tienen que cumplir para poder calificar como tales. Y una manera en la que se ataca esta concepción es permitiéndonos ver de cerca cómo dos personas que quieren muchísimo a Marie, y que habían servido en distintos momentos como sus madres de acogida, caen precisamente en este error. Es, de hecho, una de ellas, Peggy, quien desencadenó los eventos que se ven en la serie cuando le contó a la policía que no tenía un buen presentimiento sobre la veracidad de la acusación.

Para Peggy, relatan Armstrong y Miller en el libro, la voz de Marie al contarle por teléfono que había sido violada no sonó sincera, su posterior recuento de los hechos fue emocionalmente desapegado, y algunos detalles eran poco creíbles. Según Shannon, la otra madre de acogida, Marie le contó que había sido violada con un tono sin emoción, “como si me contara que estaba preparándose un sándwich”. Tampoco podía entender que Marie quisiera comprar sábanas idénticas a las que la policía se había llevado. Para Peggy y Shannon tampoco tenía sentido que Marie contara su violación a muchas personas, y no la tratara como algo privado.

En contraposición a este escrutinio de las acciones de Marie, aparecen los detectives encargados de los delitos relacionados. El caso de Doris –quien reportó su violación de una forma bastante seca y directa– fue investigado por un detective que había aprendido gracias a su trabajo en la unidad de crímenes sexuales que no existía una forma correcta en la que las víctimas respondieran. Otra detective no ve importancia en que, otra de las víctimas, Amber, llamara a su novio antes que a la policía. La detective “sabía que [las mujeres que habían sido violadas] podían reaccionar al crimen de todas las maneras posibles. Podían estar histéricas. O introvertidas. Podían decirle a un amigo, o a nadie. Podían llamar a la policía inmediatamente, o podían esperar una semana. Un mes. O incluso años”.

Entender la diversidad de las reacciones de las víctimas no solo es importante durante el proceso policial y judicial, sino también para el proceso interno de estas. En “Violación: De Lucrecia a #MeToo”, la periodista alemana Mithu Sanyal critica la idea de que para las víctimas de violación solo habría un modo de actuar aceptable: el colapso total. Sanyal no quiere decir que esa no sea una reacción válida, sino que no es la única aceptable. Y que debemos de dejar de imponérsela a las víctimas: “Quizás ya no esperemos que las víctimas [...] lloren y pasen el resto de su vida en conventos, pero todavía tienen que probar con todo su ser que lo que les ha pasado fue una violación y no un crimen menos grave”. Sanyal ha visto de cerca la importancia de no imponer sentimientos a las personas: en una de sus charlas, una mujer le dijo que por mucho tiempo ella misma dudó que hubiera sido violada, no porque no pasó, sino porque no creía mostrar “los síntomas adecuados”.

Realmente vale la pena ver la serie y leer el libro. Y vale la pena hacerlo tratando de reconocer también en qué errores caemos nosotros. Por ejemplo, como Peggy y Shannon, yo también me sentí extrañada al ver la aparente facilidad con la que Marie contaba su violación a un grupo de chicos. Ahora, sin embargo, entiendo que mi mirada partía de ideas equivocadas. Y también por qué, para Marie, era tan importante contar su historia. La respuesta está en el libro.