"Un trabajo diligente hubiese pasado por averiguar un poco sobre el proceso, la empresa ofertante y llamar a los representantes de AstraZeneca en la región". (Ilustración: Giovanni Tazza)
"Un trabajo diligente hubiese pasado por averiguar un poco sobre el proceso, la empresa ofertante y llamar a los representantes de AstraZeneca en la región". (Ilustración: Giovanni Tazza)
Eduardo  Dargent

Politólogo, PUCP

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La denuncia presentada por en corrió fuerte en las redes sociales: el Gobierno no había respondido a una oferta de 55 millones de dosis de la vacuna contra el . La evidencia eran unas cartas recibidas el 25 de enero en el (la denuncia fue el 27).

La conclusión indignada de cientos de tuiteros fue que el Gobierno, por insensible o incompetente, no le interesaba traer la vacuna. Y no solo se trató de trolls o radicales antigobierno difundiendo la noticia. , por ejemplo, a quien no podemos acusar de inexperto o talibán, también la compartió consternado.

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Una búsqueda rápida en Internet bastó para mostrar los problemas con la versión. Le recomiendo leer la nota de este Diario o la explicación del periodista sobre el tema, las cuales se complementan bastante bien para mostrar las inconsistencias de lo reportado. Solo menciono dos puntos.

Primero, las vacunas no se negocian a través de intermediarios y mucho menos de la forma en que se presentaba la oferta en las cartas. Un trabajo diligente hubiese pasado por averiguar un poco sobre el proceso, la empresa ofertante y llamar a los representantes de AstraZeneca en la región.

Lo otro es que desde hace una semana hay un conflicto entre la Unión Europea y AstraZeneca por el retraso en la entrega de las dosis comprometidas para este año. La compañía anunció que no se podrá cumplir con la cuota pactada para marzo, que sería según lo trascendido 80 millones de dosis de un total de 300 millones. ¿Era realista enviar 55 millones de dosis al Perú en tres semanas, como señalaba la versión? No.

Podríamos quedarnos con la idea de que estamos frente a otro caso en que un programa de Willax usa la información en forma cuestionable y a favor de su agenda. Pero una mirada más de fondo muestra que además estamos ante un tema más grande que no se explica solamente por una actitud crítica al gobierno.

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En las últimas semanas he visto hasta tres noticias similares en otros medios. Misma historia: una empresa extranjera ofreció a través de sus representantes lo que nos falta para luchar contra la pandemia (oxígeno, pruebas moleculares, vacunas), pero el Gobierno no hizo caso. Puede haber alguna denuncia cierta, nadie puede descartar la incompetencia, pero sí sorprende que la noticia, probablemente basada en la versión de un vendedor frustrado, sea propalada tan rápido.

Creo que estos casos muestran a equipos periodísticos que se van debilitando desde hace años y que han sufrido un fuerte golpe en la pandemia. Estos equipos deberían saber que es común tener a vendedores molestos presionando a través de los medios al Estado, con real o interesada indignación por la ausencia de respuesta. Se confunde así fiscalización saludable ante la frustración por nuestras deficiencias al comprar, con mala información. Y al hacerlo, se diluye el impacto de las críticas certeras.

Esta debilidad de los medios apunta a un tema todavía más grande: nuestra vulnerabilidad ante la mala información. La televisión abierta sigue siendo el espacio por el que más personas se informan en el país. Denuncias como ésta deberían ser discutidas, aclaradas o profundizadas de ser necesario en espacios vistos por muchas personas. Y lo que vemos, más bien, es una televisión despolitizada, con limitados espacios para discutir y debatir estos asuntos. No se combate la desinformación. Y la mala información queda.

Todos los países son vulnerables a noticias falsas o imprecisas. Pero no todos los países son tan vulnerables. Hemos debilitado esos espacios de discusión pública, más autónomos y sujetos a ciertas reglas de verificación, donde la información pueda ser auscultada. Los medios están regalando la cancha en días en que la polarización en redes y en el debate político crece. No es nuevo, pero cada vez es más peligroso.

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