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Editorial: Bancadas hechizas

La formación de grupos parlamentarios sin mucha afinidad entre sus miembros puede acabar entorpeciendo la labor legislativa.

Editorial

Acción Republicana

Jorge Castro (ex Frente Amplio), Marita Herrera (ex Fuerza Popular), Julio Rosas (ex APP) y los otrora integrantes de PpK, Pedro Olaechea y Salvador Heresi, conforman la nueva bancada Acción Republicana. (Foto: Andina).

Cuatro nuevas bancadas se han formado recientemente en el Parlamento al amparo de una interpretación del Tribunal Constitucional sobre los alcances de la llamada ‘ley de bancada mixta’. Se trata de Cambio 21, la Bancada Liberal, Unidos por la República y Acción Republicana.

Cabe precisar sobre esta última que, para ser reconocida oficialmente, enfrenta todavía un cuestionamiento derivado del hecho de que uno de sus integrantes –el legislador Salvador Heresi– es militante del partido Peruanos por el Kambio, con bancada propia en el Congreso. Pero, independientemente de la suerte que esa observación corra, es evidente que estamos ante un fenómeno político que merece ser objeto de reflexión.

Sometida a la presión del ejercicio del poder, la cohesión de un grupo parlamentario muestra con frecuencia fracturas que se arrastraban de antes. Durante el primer gobierno de Fernando Belaunde, por ejemplo, al romperse la Democracia Cristiana y formarse a partir del grupo escindido el Partido Popular Cristiano, la división naturalmente se reflejó en el Congreso. Y del mismo modo, se podría decir que, si bien tuvo una manifestación en la configuración de la representación nacional, el alejamiento de Nuevo Perú de la bancada del Frente Amplio, en julio del 2017, se gestó fuera del Legislativo.

En tales casos, la conformación de un nuevo grupo parlamentario integrado por los ‘disidentes’ de la bancada o el partido de origen es lógica y, además, funcional. Esto último porque se está ante un bloque que actuará de acuerdo con un cuerpo de principios e ideas; y, en esa medida, de manera previsible.

No ha sido esa, sin embargo, la constante en los desmembramientos y posteriores agrupamientos de los que hemos sido testigos de un tiempo a esta parte. La mayoría de renuncias a las bancadas ya existentes en estos años y meses ha sido a título individual. Y aun los desgajamientos producidos de modo colectivo –el de los llamados ‘avengers’ de Fuerza Popular o el de los tres inconformes con el indulto a Alberto Fujimori de Peruanos por el Kambio– no parecen haber obedecido a motivaciones cabalmente ideológicas.

Por esa misma razón, no es de extrañar que las nuevas bancadas estén constituidas, en su mayor parte, por legisladores de procedencia muy distinta y a veces contradictoria.

¿Cuál es, por citar un caso, la sutil conexión que vincula al ex miembro de Alianza para el Progreso Julio Rosas con el ex integrante del Frente Amplio Jorge Castro en la flamante Acción Republicana? El primero ha sido un pastor evangélico y tiene posiciones adamantinas en la defensa de ciertos valores tradicionales, mientras el segundo es un izquierdista de viejo cuño y retórica revolucionaria…

Y así como ocurre en esa bancada, las confluencias insólitas asoman también en los otros grupos congresales debutantes. Ex fujimoristas con ex ppkausas conviven en ellas con una saludable tolerancia que no se dispensaban cuando pertenecían todavía a sus equipos de origen, pero –supuestamente– sin haber renunciado a los planes y principios con los que postularon al Congreso

La unión entre ellos responde, como es obvio, más a una necesidad de hacer masa crítica para acceder a ciertos derechos parlamentarios relacionados con el uso de la palabra en los debates, la posibilidad de presidir comisiones, postular a la Mesa Directiva, ser parte de la Junta de Portavoces y contar con asesores, recursos y ambientes propios, que a un repentino descubrimiento de afinidades. Se trata, pues, de bancadas hechizas con la que difícilmente se podrá negociar en bloque para la aprobación de iniciativas legislativas, por la sencilla razón de que muy probablemente tendrán ideas distintas y distantes al respecto.

La circunstancia de que ahora se presenten en sociedad bajo consignas como la de luchar contra la corrupción y defender la autonomía de los poderes del Estado no cambia mucho esa realidad, pues nadie puede estar en desacuerdo con empeños tan genéricos.

Nada de esto pretende, por cierto, cuestionar la legitimidad del derecho de formar nuevas bancadas reconocido por el Tribunal Constitucional y ejercido por una veintena de congresistas a lo largo de esta legislatura, pero sí llamar la atención sobre el riesgo de que la labor esencial para la que fueron elegidos acabe entorpecida.

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